Imágenes de páginas
PDF

rior áladelos de las regiones templadas; mas de las esperiencias del mismo Davy y de algunas de Despretz, resulta que esto es falso, pues el primero determúióen Ceylan lalemperaturade siete hombres de distintas edades, y halló que la media era de 37.° 49', siendo asi que en Inglaterra habia sido 36." 7', y habiendo hecho el mismo qulmico otras varias esperiencias en ei mismo lugar en distintos tiempos., y con personas de ambos sexos y de distintas edades, ha que la temperalura media del cuerpo no varia igualmente en los diversos climas con el sexo y con la edad.

l'na vez probado que la respiracion es la fuente principal del calor animal, réstanos ahora saber si lodo el calor es producido por ella» ó si no lo es todo, di terminar la cantidad que a ella se le debe. Cuando la Academia de Medicina de Paris ofreció un premio al que demostrase por medio de esperiencias exactas la accion precisa de los pulmones en este fenómeno , exijió ademas el que se determinase con precision la cantidad de calor producida en la combustion del carbon. M. Despretz alcanzó entónces el premio, despues de haber satisfecho á la Academia con una serie de esperiencias laboriosas, de las que resultó, con respecto á la segunda parte de la proposicion de la Academia, que no todo el calor era debido á la respiracion, sino únicamente los cuatro quintos en los animales herbivoros, y los tres cuartos en los carnlvoros, observándose en las aves casi la misma relacion; resultado casi con forme con el de M. Gaulttier de Claubry que dice que la respiracion no produce ni ménos de los siete décimos, ni mas de los nueve décimos del calor total del cuerpo, y que únicamente en los animales jóvenes que pierden una porcion de su calor propio, es en los que no se obtiene mas de los siete décimos. En consecuencia, solo una parte del calor animal proviene de la respiracion: ¿de donde proviene pues el resto?

liaremos ahora algunas ligeras reflexiones sobre los grados de calor y de frio que el hombre puede resistir. Es evidente que el hombre tiene mas medios de obrar contra el frio que contra el calor, produciendo este ya por grandes movimientos musculares, ya por una alimentacion abundante y estimulante, ya por la misma produccion de su calor inherente, por su energia moral, y por otros medios,como con el uso de vestidos de lana que son malos conductores del calórico, siendo asl que apénas le quedan algunos muy débiles para resistir al calor. Le es pues mas dificil al hombre resistir un gran calor que un gran frio, y esta difi

cultad es mayor ó menor, segun el medio porque le es comunicado aquel: si es ungazpor ejemplo, les será mas fácil que un liquido, si un sólido, mucho mas dificil que este. Basta ya de calor. R. A.

tocos.

El número de personas dementes que ha) en México es el de 1G0; 81 en San Hipólito, hospital de locos, y "9 en El Divino Salvador, hospital de locas.

I Di:A DEL DESPOTISMO.

Montesquicuensu inmortal obra "El esplritu de las leyes" ocupa algunos capltulos en dar idea de los gobiernos republicano y monárquico; mas al hablar del despótico, todó lo que dice es lo siguiente. „Cuando los salvages de la Luisiana quieren coger una fruta, cortan el árbol en su pié, y, caido, le quitan el fruto. He aqul el gobierno despótico."

Un pueblo que sale repentinamente de la esclavitud, precipitándose en la libertad, puede caer en la anarquia, y la anarquia casi siempre produce el despotismo.

Yo quisiera ver un hombre sobrio, casto, moderado y equitativo que dijera que no bay Dios; al ménos hablaria sin interés; pero es una quimera encontrar este hombre.

La juventud es la edad del amor, origen de las sensaciones mas deliciosas y de las penas mas amargas, móvil de las acciones mas nobles, de los estravios mas terribles.

Mientras el teatro siga en el estado en que hoy está, en vez de ser el espejo de la virtud, y el templo del buen gusto, será la escuela del error y el almacen de las estravagancias.

Los progresos de la literatura interesan mucho al poder, á la gloría y á la conservacion de los imperios; y el teatro influye inmediatamente en la cultura nacional.

Si la pena debe corresponder al delito, ¿cuál merecerá el infame funcionario que entregándose al peculado, sacrifica el erario, y deja el mas pernicioso ejemplo á sus sucesores?

I.

L'n grito terrible de ¡venganza! se escuchaba en la montaña de Efhrain, en la llanura de Bethel, y en las márgenes del Jordan no se oian otras voces que las de venganza y muerte á los hijos de Benjamin, porque han cometido una maldad nunca oida desde que Moisés sacó al pueblo de Israel de la servidumbre de Egipto. Venguemos, decia el pueblo escogido, el ultrage hecho a un levita del Señor: no, no quedará impune tan atroz delito.

Este grito que se estendia rápidamente por todas las comarcas de Israel, penetró bien pronto hasta la pequeña aldea de Jesser, de la Iribu de Judá, en donde vivia la jóven virtuosa Zara con Ruben su anciano y respetable padreZara esbelta como la palma del desierto, pura como la rosa de Jericó, é inocente como el cándido cordero que trisca alegre en la pradera» gozaba bajo el tecbo paternal felices y tranquilos dias; empero amaba con pasion á un benjamita llamado Jonás, de quien era tiernamente correspondida. Jonás era el idolo de su tribu por su valor, su prudencia y su generosidad; y unia ademas auna gallarda presencia un carácter afable y cortés: este jóven aguardaba con ansia la fiesta de los tabernáculos para pedir al anciano Ruben la mano de su querida

Zara.

Era esta la fiesta en que se reunia la mayor parte del pueblo al derredor del arca dela alianza, que estaba en Silo, para celebrar la memoria de los beneficios que Dios habia concedido á sus mayores, durante su peregrinacion por el desierto; mas una maldad atroz cometida por sus hermanos los benjamitas, exllo la indignacion de las demas tribus y la guerra mas sangrienta se presentaba contra Benjamin, lo cual vino á destruir las mas lisongeras esperanzas de ambos jóvenes.

La hermosa Zara temblaba al considerar los peligros que amenazaban á Jonás, porque era indudable que en una guerra en que estaba comprometida su tribu, habia de tomar una parte muy activa en sus disenciones. Ignora

ba la jóven el motivo que habia dado origen á la animosidad de Israel contra Benjamin; pero sl estaba cierta de que la guerra era inevitable.

Una larde en que Zara y su anciano padre estaban sentados á la puerta de su casa, disfrutando de la brisa que en aquellos ardientes climas se levanta al ponerse el sol; la tierna jóven hizo recaer la conversacion sobre los disturbios que agitaban en aquel tiempo al pueblo israelita, diciéndole:—¿Cuál es el motivo, padre mio, de esta guerra que se prepara contra nuestros hermanos de la tierra de Benjamin? ¿qué delito han cometido para haberse atraido el ódio de nuestros otros hermanos?—Hija mia, le contestó Ruben, los benjamitas han cometido una atroz maldad, han insultado dela manera mas horrible á la muger de un levita, maldad nunca cometida en Israel.—¿Pero esa maldad, en qué lugar ó cómo fué cometida? repuso la inocente Zara.—Voy á contarte en pocas palabras, le contestó el anciano, la historia de semejante desgracia.

Un levita que habitaba en la falda dela montaña de Efhrain, tuvo un disgusto con su esposa, la cual se separó de él y se fué á vivir á la casa de sus padres en Betblehem de Judá; el levita estrañaba mucho á su consorte y queria reconciliarse con ella, pensó en irla á buscar á la casa de sus padres y volverse á unir con ella; tomó al efecto dos jumentos, los cargó con algunas provisiones para el camino y con un criado se dirigió á Bilhlehem en busca de su querida esposa, y llegado que hubo á dicho lugar, su muger y su suegro lo recibieron con el mas cordial afecto. Tres dias se estuvo en su casa muy contento, comiendo y bebiendo alegremente, el cuarto trato de volverse á su montaña; pero su suegro se empeñó en que se detuviese, por lo cual permaneció todavia un dia mas. Al siguiente, á pesar de las instancias que se le haciau para que se quedase por mas tiempo, no quiso acceder, y cargando sus dos jumentos emprendió su viaje llevándose consigo á su esposa.

Estaba ya para ponerse el sol, cuando llegaron álas inmediaciones de Jcbus (Jerusalen), y aunque su criado le instaba para que pasasen la noche en aquella ciudad, el levita se rehusó diciéndole: „No entraré yo en poblacion de gente estraña que no sea de los hijos de Israel, sino que iré hasta Gabáa en donde pasaré la noche; y si no, en la ciudad de llama que no debe estar ya muy distante."

Llegó pues a Gabáa de Dcujamin en donde pidió posada, y no habiendo encontrado uno siquiera de sus habitantes que se la quisiese dar, se retiró á la plaza por no tener en donde pasar la noche. A poco acertó á pasar cerca de él un anciano que venia de trabajar en el campo, y que era tambien de la montaña de Ephrain; pero que vivia como estrangero en Gabáa, el cual acercándose á él le preguntó.—¿De dónde eres y á qué parte le encaminas? El levita le satisfizo, contándole el motivo de su viage y diciéndole al mismo tiempo que en ninguna casa de Gabáa le habian querido dar posada.— Sigueme, le contestó el campesino, pasarás la noche conmigo; pero apresúrate no sea que te observen los de esta ciudad, porque es gente que ha puesto en olvido la ley del Señor. El levita le siguió, y llegado que hubieron á su casa, el anciano le lavó los piés y le sentó á su mesa dándole de cenar ^abundantemente.

He aqul que estando en la mesa, vinieron los benjamitas j cercaron la casa, pidiendo á grandes gritos que les fuese entregado el estrangero para satisfacer su torpeza: el campesino les suplicó que le dejasen y no quisiesen cometer con un hermano suyo tan fea maldad; pero en lugar de calmarse gritaba con mas fuerza aquella gente desenfrenada, que les fuese entregado inmediatamente el forastero, amenazándole con destruirle la casa y matarle. El levita viéndose en tan cruel situacion, no encontró otro recurso para calmar el furor de aquellos miserables que abandonarles á su propia muger, en la que satisfacieron sus torpes deseos.

Al otro dia se levantó muy temprano el levita, abrió la puerta y encontró á su muger acostada en el umbral: creyendo que estaba dormida, la meneó para que despe¡ tase; pero muy pronto reconoció que estaba muerta. La ira se apoderó de su corazon y juró vengarse de los malvados que habian cometido tan horrible delito: levantó el cadáver, y atravesándole sobre uno de los jumentos, continuó su camino, y llegado que hubo á su casa dividió el cuerpo en doce partes y remitió una á cada tribu, contándoles lo acaecido en Gabáa.

La mas justa indignacion se apoderó de todo Israel, y reuniéndóse las tribus han jurado esterminar á Benjamin.

—Pero ¿será posible, repuso Zara, que por la culpa de los habitantes de Gabáa, sean sacrificados hasta los que no han tenido parteen semejante atentado?

—Los ancianos del pueblo, contestó Ruben, atendiendo á esas mismas razones, han pedido que se les entreguen los culpables para castigarlos; pero los benjamitas se han rehusado á ello, por cuyo motivo han resuelto esterminar á toda la tribu. Es necesario, hija mia, arrancar de raiz esa planta venenosa, que llegaría tal vez con el tiempo á inficionar á toda la nacion.

Una lágrima se escapó de los hermosos ojos de la jóven judia, la cual apenas podia disimular su dolorosa sensacion. El anciano, que observó la emocion de su hija, le dijo con toda la ternura de un padre.—Querida Zara, no cstraño que tu tierno corazon sienta las desgracias de nuestros hermanos; pero ellos han olvidado la ley del Señor entregándose á toda clase de desórdenes, y es claro que ya no deben pertenecer á la familia de Jacob. La tribu de Benjamin será destruida, asi lo ha jurado el pueblo de Israel, y los juramentos del pueblo escogido son leyes que no se quebrantan jamas. ¡Infeliz del que faltase á su juramento; pagaria con la vida su perjurio!

II.

Era una de aquellas apacibles y deliciosas noches en que una ligera brisa refresca los climas abrasados del mediodia: el mas profundo silencio reinaba en -toda la comarca de Jesser-la luna brillaba en la mitad del firmamento en todo su esplendor, bañando con su pálida y melancólica luz el pajizo techo de la jóven Zara: dos añonas encinas se elevaban enfrente de la puerta, las cuales parecian dos centinelas que guardaban aquella sencilla y agradable mansion. No léjos de aquel lugar se escuchaba el murmurio de un arroyuelo que se deslizaba sobre los guijarros de que estaba formado su lecho: al pié de una de las encinas habla un banco formado de céspedes, sobre el cual estaban sentados dos jóvenes; oran Zara y Jonás: Jonás que habia atravesado por medio de los mayores peligros para venir á ver á su hermosa judia, y despedirse de ella antes de que tuviese que salir á campaña contrarios israelitas.

—Querida Zara, decia Jonás con el acento del mas profundo dolor, tal vez la muerte nos va á separar muy pronto para siempre; porque todo Israel se ha conjurado contra la tribu de Benjamin: son formidables los aprestos de guerra que se hacen; y por mas esforzados que se muestren mis hermanos, ¿cómo podrán dejar de sucumbir ai excesivo número de los con trarios? Yo por mi parte estoy resuelto á sepultarme bajo las ruinas de mi tribu. ¡Zara, Zara! ¡esta es la líltima vez sin duda que nos hemos de ver!

—No, Jonás, respondió la jóven estrechando le inocentemente entre sus brazos, no quieras esponer tu preciosa existencia defendiendo á los malvados: que perezcan ellos solos, ya que con sus desórdenes han provocado la cólera de Israel. Huye, mi Jonás, de esta tierra de execraclon, huye de ella á un pais estraño: la Idumea no está lejos, á la Siria, al Egipto, al fin del mundo; en donde estés seguro mientras dura esta cruel y desastrosa guerra: huye, porque si tú mueres, yo no te podré sobrevivir.

—Qué me propones, Zara?contestó Jonas, con aire melancólico, ¿qué me propones? ¡Yo abandonar á mis hermanos en el momento del peligro! ¡abandonar á mis padres! ¡abandonarte!.... jamas. Perdoname, mi querida Zara; pero me es imposible obedecerte: indigno fuera de tu amor si dejase de ser digno de mi tribu. Los escombros de Gabáa me servirán de túmulo; pero ese túmulo recordará al pasagero que el que allí reposa, cumplió con su deber como buen Benjamita. Zara, yo creo que me amas bastante para no consentir en que se manche mi reputacion, huyendo cobardemente cuando mi tribu se halla amenazada por sus enemigos. Quiero, prosiguió el jóven, arrebatado de entusiasmo, que mi sepulcro no esté lejos de ti, qne esté en un lugar en donde puedas visitarlo, en donde puedas hollarlo con tus piés, tocarlo con lus manos, regarlo con tus lágrimas, y en el que de tarde en tarde esparzas algunas ñores sobre su fria losa: creeme, Zara, prefiero mil veces un sepulcro al pié de las arruinadas murallas de Gabáa, que ocupar en Egipto el sólio de Faraon.

—Basta, mt Jonás, el Dios de Moisés no permitirá que perezcas, el corazon me dice que los Benjamitas no consentirán en esponer á toda la tribu por defender á un puñado de perversos.

—Zara, mi querida Zara, respondió Jonás, con aire melancólico, no abrigues en tu seno tan lisonjeras esperanzas, porque el desengaño te seria aun mas doloroso. Conozco bastante á la tribu de Benjamin, y sé que despues de

haber tomado una resolucion, primero se mezclarian las aguas del caudaloso IS'ilo con las del Jordan, que ella desistiese do su propósito.

—Pues bien, Jonás, respondió Zara, pongamos toda nuestra confianza en el Señor: yo, relirada en esta pobre aldea, esperaré con resignacion el fin de la campaña; y si la fortuna te enrona con el laurel de la victoria, con qué placer le seguiré á la casa del gran sacerdote, en donde nos uniremos para siempre; pero si ia suerte le fuere contraria, y por desgracia murieres.... te seguiré tambien.

—Zara, hormosa Zara, dijo Jonás estrechandola entre sus brazos, tú me haces el mortal mas feliz de ia tierra; ya no temo á las poderosas huestes de Israel, pbrque tu amor me va á hacer invencible en los combales. Pero ya se asoma la aurora y me obliga á separarme de tu lado, adios Zara, mi bien, mi amor, mi lodo: no llores, serénate; no lemas que me suceda alguna desgracia, porque tus oraciones se elevarán como el incienso sagrado basta el trono del Eterno, y las súplicas del inocente jamas son desechadas en su augusto tribunal.

Zara no pudo articular una sola palabra, porque los sollozos la ahogaban: Jonás la abrazó por última vez, y se separó apresuradamente de ella, porque ya habia aclarado bastante el dia, y al retirarse podia ser descubierto por alguno de sus enemigos.

Hacia ya algun tiempo que Jonás habia desaparecido, cuando Zara pudo recobrarse un tanto de su cruda angustia, y recogiendo sus agotadas fuerzas, dobló una rodilla en la tierra, juntó sus manoseo actitud suplicante, y levantando al ciclo sus negros y rasgados ojos, esclamó. ¡Dios de Abraham, de Isac y de Jacob, no permitas que los hombres se busquen para matarse, destruyendo impunemente la obra de tus manos: suspende, Dios clemente, suspende esta guerra fratricida que va á acarrear tantos desastres á tu pueblo escogido. Señor, si algo valen para contigo las súplicas de esta tu humilde sierva, perdona á los que han provocado con sus maldades la ira de Israel.

III.

Ya no son los tiempos de Josuet, en que el pueblo israelita, reunido bajo el mando de un solo gefe, salia á combatir á sus enemigos, les talaba los campos, les incendiaba las ciudades» y les destruia los ganados; porque estos enemigos eran gente estraña que adoraba á Belial, y ocupaba un pais que pertenecia al pueblo escogido, porque el Señor se lo habia promettdo á Abraham. Ya no van á perseguir en las llanuras de Gabaon, al Jcbuseo, al Amorrheo y al Phereseo, sino á sus propios hermanos, á sus hermanos á quienes están unidos con los vinculos mas estrechos que pueden unir á los hombres, los de la sangre y de la religion.

Los ancianos de Israel se reunieron en Maspha para deliberar sobre lo que se habia de hacer con Benjamin; y resolvieron unánimes llevarle la guerra y destruirlo. Con tal objeto se juntaron en Silo los gefes de todas las tribus con la gente que se hallaba en estado de tomar las armas; cuatrocientos mil guerreros componian el ejército, que solo esperaba la serial de su caudillo para arrojarse como un huracan sobre el pais de Benjamin.

El odio que los hijos de Israel profesaban á aquella tribu, era tal, que en medio de su despecho juraron que ningun israelita daria jamas la mano de una hija suya á benjamita, sopena de atraerse sobre si la cólera y maldicion del pueblo escogido.

Llegó el dia señalado para dar principio á la campaña: todo el ejército se postró delante de la tienda que guardaba el Arca del Señor, é imploró su auxilio; pero sus oraciones no eran puras; sus corazones estaban henchidos de orgullo, creyéndose invencibles por su gran número, fiándose mas en sus propias fuerzas que en el poder de Jehová. Salieron, pues de Silo y asentaron sus reales eufrente de los muros de Gabáa.

Los hijos de Benjamin no habian estado ociosos. A los primeros amagos de la guerra se reunieron en su ciudad para cousullar lo que se habia de hacer para resistir á los enemigos: en lo primero que se pensó fué en nombrar un caudillo que reuniese todas las cualidades necesarias para gobernar la tribu en aquellas hor. rorosas circunstancias y que dirigiese al mismo tiempo la campaña. Despues de que se hubieron propuesto á varios de los principales de la tribu para que la presidiesen durante la guerra, ninguno pudo reunir el voto general del pueblo.- se dividieron las opiniones; unos querían á esto por jóven, otros á aquel por viejo; de manera que pronto se vió la ciudad dividida en dos poderosos bandos prontos á decidir por la fuerza de las armas aquello que no habian podido convenir en paz; pero los ancianos mas respetables, les hicieron presente los funestos resultados de su discordia, y que era mas acertado inscribirlos nombres de todos los que se juzgasen dignos de obtener tan alto cargo, y echarlos en una urna de marfil, y el que le to

case en suerte gobernarlos, fuese inmediatamente obedecido por todos.

La propuesta del anciano fué aceptada, é inmediatamente se echó suerte, y esta recayó en Jouás: toda la tribu recibió con satisfaccion y entusiasmo la nueva de que el jóven Jonás era el caudillo que los habia de conducir á la campaña. Jonás era apreciado de todo el pueblo por su valor, su modestia, su afabilidad y sobre todo por su pericia militar: pues siendo como eran los benjamitas inclinados á la guerra, sabian distinguir las ventajas de un buen general. El Benjamita se acostumbraba desde su infancia á toda clase de ejercicios que le hiciesen ágil y robusto, llegando á manejar las armas ron tal destreza, que con la misma facilidad se servia de la mano derecha que de la izquierda.

Jonas, con la actividad de un buen general, fortificólo mejor que pudo la ciudad; armó y disciplinó sus tropas, y esperó con firmeza que se aproximase el enemigo.

Muy pronto se vió sitiado por un ejército que era diez veces mas numeroso que el suyo; pero esto, léjos de intimidarle alentaba su valor. El tiempo pasaba y los sitiadores no se decidian á escalar los muros; Jonas impacieute por venir á las manos con los enemigos de su patria, n<, pudo permanecer por mas tiempo encerrado en la ciudad, asi es que, arrojándose repentinamente con sus valientes soldados fuera de las murallas, arrolló lodos los escuadrones de Israel que se le oponian al paso, llevando por todas partes donde se presentaba la desolacion y la muerte. Un terror pánico se apoderó de los israelitas, al verse combatidos por* todas partes por sus enemigos, y apelaron por último recurso á una vergonzosa fuga, refugiándose los que quedaron con vida en Silo.

Los israelitas, pasados algunos dias, pensaron volver de nuevo á buscar á sus enemigos; pero ántes so postraron delante de el Arca Santa, imploraron el auxilio del Señor, y marcharon en seguida sobre la ciudad Gabáa.

Volvieron, pues, los hijos de Israel á llevar sus numerosas huestes contra los benjamitas, á quienes creian desapercibidos, por lo que entendieron que en esta accion les seria muy fácil el sorprenderlos y vencerlos; pero se engañaron, porque el guerrero que defendia á Gabáa no era de esos seres mezquinos que se embriagan con una victoria. Habia previsto loque debia sobrevenir; y por tanto; en lugar de entregarse al ocio, procuró fortificar mas y mas la ciudad, sin descuidar por eso la observancia de la mas rigurosa disciplina en sus tropas

« AnteriorContinuar »