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vaga melancolia que me hizo derramar una Ingrima; fui á sentarme en un banco de césped que estaba distante, y miéntras que todos se entregaban á una loca alegria, yo me complacia en llorar. Los sonidos armoniosos de la música, la embalsamada atmósfera que se respiraba en aquel sitio, la luz amarillenta de la luna.... todo era hermoso, y al mismo tiempo todo iba mezclado de languidez y dulce melancolia. Sentia un horroroso vacio en el corazon, porque tu sabes que nunca babia amado, y esta imperiosa necesidad, se despertó en mi alma. Queria amar, pero con delirio, con frenesi, con un amor ardiente, como mi corazon; y todos los jóvenes que me rodeaban, que hacian sonar en mis oidos palabras amorosas, eran frios, faltaba á sus ojos esa espresion que se comunica hasta nuestra alma y la enciende en un fuego divino. Yo permaneci & su lado insensible, volvl los ojos y vi en torno mio a las jóvenes al lado del que amaban, felices, contenlas, embriagadas de placer, adormecidas á la sombra de un porvenir de amor y de esperanzas Yo tambien quise amar! mi corazon

aspiraba á tener celos, afecciones profundas, ardientes: necesitaba amar para poder vivir. Sin embargo, veia á aquella multitud de jóvenes, que pasaban cerca de mi, que me miraban con ojos apasionados, y que sonreian con dulzura; pero todos eran indiferentes: mi corazon permanecia inmóvil, helado. Una hora hacia que mi frente abrasada se apoyaba en mis manos, una hora que nada veia de lo que me rodeaba, cuando me sacó de mi enagenamiento la voz de mi prima Clemencia, que se acercó á ml acompañada de un jóven.—Muy triste estás, Cecilia, me dijo, ¿qué tienes? ¿por qué no has querido bailar?—No tengo nada, le respondi, nada absolutamente.—Tú me engañas, replicó; vamos, ¿no quieres que yo sea tu confidenta? ¿estás acaso enamorada?—Enamorada! repetl; no, no, puedes creerlo.—A lo que veo, dijo Clemencia, no quieres que sea yo tu amiga.—Si, pero no tengo nada que confiarte. —Señorita, añadió el jóven que la acompañaba, es imposible que el corazon de vd. no abrigue algun amor.... ¡tan jóven! ¡tan bella!—Hasta entónces apenas habia fijado los ojos en él; pero su voz resonó en lo intimo de mi corazon; y alzándolos del suelo los clavé en él respondiendo con timidez.—Crea vd. que no.—Clemencia es su amiga de vd., pues bien, ¿no quiere vd. que sea yo su amigo? replicó él.—Gracias, mil gracias, le respondi.—¿Tendrá vd. la bondad de aceptarme por compañero de baile? —Sl, prima, sl, dijo Clemencia, es preciso que

te alegres.—No tengo absolutamente gana de bailar, le respondi, escúsame de hacerlo contra mi gusto. A este tiempo se acercó otro ven á pedirla que bailase con él: Clemencia dijo en voz alta.—Alfonso, quédese vd. aqul, para hacer compañia á Cecilia; puesto que no quiere bailar no la molestaré; y luego acercándose á ml, me dijo al oido.—Solo á ti te dispenso esta confianza; no le dejaria al lado de ninguna otra jóven; y sonriendo con coqueteria se alejó dando la mano A su compañero, y lanzando una mirada á Alfonso, que me llenó de despecho.--Mis ojos la acompañaron con otra llena de rábia: sus últimas palabras me dejaron entrever un rayo de funesta luz.... conoci que amaba, y era amada de Alfonso.... iy penetré tambien que yo le amaba! La ira, la desesperacion, los mas violentos celos se apoderaron de ml alma: ¡he aqul mis deseos cumplidos! el infierno me sugirió la idea, la necesidad de amar.... y entónces maldije mil veces al amor! Alfonso se sentó á mi lado. Cuando antes me pedia que bailase con él, y me hablaba con tanta dulzura, crei que despues continuaria con la misma amabilidad, y tuve esperanza de que sus palabras aliviaran la pena que sentia, imaginando me preguntaria el motivo de mi tristeza, supuesto que me habia brindado con su amistad: llegué & esperar.... oh! locura! delirios de una pobre muger que ama por la vez primera!.... Alfonso estaba alll.... i mi lado.... pensativo, silencioso... ¡ni una palabra para ml!... segula, fijos sus rasgados y espresivos ojos negros en los movimientos de Clemencia.... tal vez tenia celos.... al ménos lo deseaba ardientemente, queria que padeciera como yo.... Clemencia era fátua, su coqueterla refinada me fastidió desde el primer momento.... despues.... despues.... la aborreci de muerte. AI cabo de algun tiempo de silencio, me dijo Alfonso distraido....—¿Aun está vd. triste?—Sipero ¿qué importa? vd. es feliz y no debe cuidarse de las penas de los desgraciados, le respondi fuera de mi y con desprecio. El se sonrió siempre distraido y volvió á quedar en silencio. Yo temblaba de rábia; aquella indiferencia me lastimaba el corazon.... lloré.... lloré desesperada.

Quedé por un momento con la cabeza inclinada sobre el pecho, sin ver ni oir cosa alguna, anonadada, como una loca.

—Cecilia! me dijo Alfonso, con voz dulce, ya no distraido como antes, ¿qué tiene vd. por Dios? descúbrame vd. su corazon, ¿no quiere vd. ya que sea su amigo?—Nada, le respondi, no tengo nada.--Siempre nada! esto es imposible, una jóven no vive sin penas; el amor.... —El amor! no, no le conozco, interrumpl con amarga sonrisa.—¿Dice vd. la verdad? replicó con interés.—La verdad, le respondi con frialdad.

Ah! que incomprensible es el corazon de una muger celosa! yo que antes ansiaba por una sola palabra suya, ahora le respondia con indiferencia, porque queria que notara mi frialdad. ¿Y qué le importaba? ¿no amaba y era amado? ¡Horrible posicion la de una muger que ama sin esperanza de ser correspondida!

Clemencia volvió por fin: un rayo de alegrla brilló en los ojos de Alfonso. Ella se sentó á su lado, se hablaron en voz baja, al parecer con calor; la tristeza de Alfonso desapareció enteramente. Entretanto, yo no sabia donde estaba, sentl un fuerte desvanecimiento y me pareció que iba á caer desmayada. Mi hermano por fortuna estaba frente á mi, le hice señas, y se acercó.—Me siento mala, le dije, si te parece nos retiraremos.—En efecto, estás muy pálida, me respondió, y dándome el brazo nos dispusimos á partir. Mi tia mostró mucho sentimiento por mi indisposicion, me instó para que me quedara, pues á la mañana siguiente debian partir lodos; pero oponiéndome yo fuertemente, mandó poner su coche y salimos. La despedida de Clemencia fué cariñosa; sus caricias acabaron de llenarme de amargura.... era mi rival! Alfonso correspondió á mi saludo con fria polltica. ¡Oh! aquella noche cruel, jamas se borrará de mi memoria!

III.

Ocho meses se pasaron, pero no del mismo modo; yo veia á Alfonso todos los dias, ya en casa de mi tia, ó ya en la mia, cuando esta y Clemencia iban á visitarnos.

Alfonso me profesaba un tierno cariño; no era ya frio como ántes: me llamaba su amiga, y esto era bastante para contemplarme feliz. Todas las tardes saliamos á pasear el campo con una multitud de jóvenes alegres, Clemencia siempre me dejaba ir con Alfonso, y esta complacencia, me hacia olvidar mil veces que era mi rival y prodigarla caricias, tal vez acompañadas de una lágrima solitaria que jamas fué advertida por la bulliciosa Clemencia. Mi salud estaba muy decaida, las diarias calenturas que me daban me ponian en un estado de laguidez y abatimiento insufribles: mi madre me veia padecer, pero lo atribuia á la mudanza de temperatura: por otra parte mi hermana estaba restablecida enteramente y pensaban volver muy presto aqul; y yo ansiaba morir, pero mo

rir alll! Cuando en nuestros paseos nos alejábamos algun tanto de la alegre compañia, el me pedia con ternura la esplicacion de mi pena, y me suplicaba depositase en su pecho mi secreto. Entónces yo temblaba, mi cabeza ardia, toda mi sangre refluia hácia el corazon.... y le estrechaba la mano con fuerza convulsiva. Poco á poco calmaba esta agitacion, quedaba silenciosa, y el suspiraba.... ¿por qué? jamas lo supe: acaso mi tristeza le compadecia.... una muger meláncolica, enferma y jóven, inspira compasion....sl, Alfonso me compadecia.... por que era yo jóven, solo por esto.... pero yo no imploraba su compasion.... su amor, solo su amor! Entónces crei, sl; una esperanza divina me reanimó, crei advertir en Alfonso algun amor hácia mi y cierta indiferencia con respecto á mi prima.... ¡cruel engaño que me ha hecho infeliz para siempre!

Hacia algunos dias que mi esplritu estaba tranquilo, mi familia esperaba verme recobrar la salud, cuando una tarde vino Clemencia á buscarme para ir á nuestro paseo de costumbre, entró en mi cuarto con muestras de una viva alegria, y arojándose en mis brazos me dijo:—¡Qué feliz soy Cecilia! dentro de quince dias me caso.—¿Te casas? ¿Con quién? le dije con visible agitacion.—¿Cómo? pues no lo sabes? con Alfonso.—Alfonso! esclamé como herida de un rayo. A este tiempo entraron los demas compañeros de paseo, yo me senté, no podia hablar; mi pulso y mi corazon latian fuertemente; una fiebre violenta se apoderó de mi: mi madre lo advirtió y al instante me metieron en la cama. No supe de mi en diez dias, pero recuerdo que en medio de mi delirio suplicaba que no entrasen Alfonso ni Clemencia. Como veian que deliraba no me hacian caso; luego mi madre advirtió que cuando losveia se aumentaba mi mal.... pero nadie comprendió este misterio! ¡Entre todos aquellos corazones no habiauno solo que supiese adivinar las ansias del mio! Ya estaba fuera de peligro, pero siempre encerrada en mi cuarto no me dejaba verde nadie.... en fin, los quince dias pasaron y llegó el fijado para el casamiento. . . .

Cecilia calló un momento, sus lágrimas la impedian continuar.... yo lloraba tambien. Mañana concluirás, le dije, estás muy fatigada. —No, me replicó, tal vez mañana no tendria valor para concluir, además, es tan poco lo que queda que referir ya. Yo me callé y la pobre Cecilia continuó.

Eran las ocho de la noche, la luna brillaba entre nubeculas blanquiscas.... sus pálidos rayos me hacian recordar aquella noche cruel en que le conoci, y se aumentaba mi angustia con esta memoria.

Mi madre estaba comprometida á ser la madrina de Clemencia, y salió dejándome acompañada de mi hermanita Luisa: me dijo que iba solo por estar ya empeñada su palabra, pero que sentia dejarme, por que á cada instante se temia que yo' recayese: su despedida fué distraida, me besó y se fué. Yo estaba tranquila, pero con aquella tranquilidad aparente, precursora de una tormenta horrible, mi primer cuidado fué acostar á mi hermana y quedar sola.... apagué la luz.... me senté junto á la ventana.... la luna derramaba su triste resplandor sobre mi frente pálida, marchita por una pasion devoradora.... Ya me despedia de Alfonso, ya le dirigia tiernas palabras de amor.... él no podia escucharme! De improviso un acceso de locura se apoderó de mi, un deseo único, solo, ardiente.... ¡volver á verlo! El delirio se posesiona de mi cabeza, salgo precipitada, bajo la escalera, y atravesando frenética las solitarias calles, en pocos momentos llegué á la Iglesia.... mi respiracion era la de un moribundo, mis miembros estaban penetrados de un frio glacial.... permaneci en la puerta.... Alfonso y Clemencia estaban arrodillados delante del sacerdote.... Entré silenciosa por no interrumpir con mis sollozos tan augusta ceremonia.... ¡pobre de mi! iba á verle solamente por la última vez: me senté en el último rincon mas oscuro del templo, sosteniéndome fuertemente de una columna.... mi convulsion era horrible. Cuando el sacerdote unió sus manos.... yo cerré los ojos.... y arrojé un grito prolongado y espantoso que resonó en todos los ángulos del templo y llegó á los oidos de la comitiva.—Se acercaron todos, mi pobre madre al reconocerme se arrojó hácia ml, vacilé y cai desmayada en sus brazos. Cuando volvl en ml, me hallé en m¡ lecho rodeada de las personas que habian acompañado á mi prima.... ella y Alfonso estaban tambien, Alfonso abatido, triste, no alzaba los ojos del suelo.... mi madre me miraba y sollozaba amargamente.... parece lo habia ya comprendido todo.... ¡ay de ml! ántes pensar en Alfonso sin ser amada de él, era solo una locura.... despues era un crimen.... por que estaba ligado á otra muger para siempre!

Dos dias despues nos dispusimos á volver aqul: un momento ántes de nuestra partida estaba yo sentada en la sala, distraida, abatida y sola: un ligero ruido me hizo vol ver en ml.... era Alfonso! quise levantarme y huir, peroélme lo impidió, diciéndome: Cecilia, deténgase V! soy muy infeliz.... ahora que estoy ligado á otra muger para siempre.... he conocido los encantos de V.... y la amo con pasion!—Silencio! le dije con voz abogada, cubriéndome el rostro con ambas manos.... ¡oh! aquellas palabrasque en otro tiempo me hubieran dado la vidaeran ya horribles en su boca! Infeliz! al pronunciarlas, sus ojos estaban llenos de lágrimas.... le contemplé un momento con una angustia indecible.... luego lomándole de la mano le dije señalando al cielo.—Alfonso! alll nos uniremos! ahora olvidese V. de mi y....sea feliz! los sollozos embargaron mi voz y sall de la sala. En el corredor me aguardaba mi familia, mi tia y Clemencia. Poco despues salió Alfonso, disimulando su turbacion y sus lágrimas; sin embargo, Clemencia lo advirtió y me dijo en voz baja, suspirando.—Os he hecho desgraciados sin querer!—Tú debes perdonarme le dije, que le haya arrebatado la tranquilidad.... no viviré mucho, mis padecimientos acabarán pronto..., diciendoesto, la abracé con todo mi corazon, y salimos.

Nos condujeron al carruaje todos, ménos Alfonso.... ¡jamás volveré á verlo! lié aqul la historia de mi pasion, de una pasion que arde aún en mi pecho y que carcome lentamente mi existencia.... Aqul terminó Cecilia dejando caer la cabeza sobre mi pecho. Yo la contemplé en silencio y lloré. Su respiracion era fuerte y su frente ardia como un volcán: pasado un momento me dijo:—No puedo llorar... he llorado tanto!.... ¿lo ves? mis ojos están secos.... ni una lágrima!..,, nada! nada!

¡Pobre muger! conoci que deliraba; la levanté con trabajo y avisé á su madre.—Desgraciada!— Ya no tiene remedio! me dijo esta con amargura.—Ocho dias despues lloraba yo arrodillada ante una tumba que tenia grabada esta sencilla inscripcion.

CECILIA.

¡Tres años han pasado y no la puedo olvidar!
México 27 de diciembre de 1843.—Ella.

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yuE tome un viejo ricole jóven linda por esposa, y que espere el Don Quijote con su Dulcinea hermosa un dichoso porvenir, me dan ganas de reir.

Mas la jóven desgraciada que gimiendo entre cerrojos pasa la vida encerrada, sin poder sus bellos ojos para ver á otro hombre alzar, me dan ganas de llorar.

Que un militar fanfarron que entró en diez pronunciamientos, me jure que su intencion no fué buscar sus aumentos, sino á la patria servir, me dan ganas de reir.

Pero viendo que otros cien con bandas de generales, de la cara patria en bien, han hecho por medios tales gran carrera militar, me dan ganas de llorar.

Enhambrecido aspirante que metido á periodista es de todo gobernante eterno panegirista, y lo acata cual visir, me dan ganas de reir.

Mas el egoista enjambre que siempre al poder inciensa, y sin tener sed ni hambre, habla, escribe, obra y piensa del que manda al paladar, me dan ganas de llorar.

Si un sátrapa en la ex-alhóndiga de un ex-ministro de hacienda como si fuera una albóndiga la fortuna se merienda que en un mes logró adquirir, me dan ganas de reir.

Mas cuando del dos por ciento usurero y corredor aplican el reglamento á un incauto labrador que en sus garras vino á dar, me dan ganas de llorar.

Que gran turba en movimiento en el Carnaval se ponga, y de sudar el tormento con las máscaras se imponga miéntras debiera dormir, me dan ganas de reir.

Mas cuando, puesto entredicho á la dramática escena, me hace el mascaril capricho sin ganas pedir la cena, y sin sueño irme á acostar, me dan ganas de llorar.

Que las calles de Plateros de dominós y caretas, modistas y peluqueros llenen, y por las banquetas no se pueda ir ni venir, me dan ganas de reir.

Pero cuando me figuro que ciertos deudores mios no me han de pagar ni un duro, porque en tales atavios su dinero han de gastar, me dan ganas de llorar.

Que se anuncie alguna vez y á los niños alborote el ¿sombro de Jerez, y con trompo y papelote no se quieran divertir, me dan ganas de reir.

Mas que cuando se repite palcos y patio se llenen, con gente no de Belchite, y mil aplausos resuenen para que se vuelva á echar, me dan ganas de llorar.

Si en vez de agua de la banda el médico á una nerviosa oler álcali le manda, ó que se eche una ventosa, ó una ayuda recibir, me dan ganas de reir.

Mas si en una indigestion me prescribe un plan dietético, me quita carne y jamon, me ordena agenjos ó emético, ó dá en que me ha de purgar, me dan ganas de llorar.

Si un prójimo se resbala, ó desde un balcon le mojan frac y sombrero de gala, ó en algun caño lo arrojan dos mastines al reñir, me dan ganas de reir.

Mas si de estos algun chasco paso yo, de ira me enciendo, como cerveza en un frasco bulle mi sangre, y oyendo de otros la risa estallar, me dan ganas de llorar.

Cuando al cumplir los cincuenta, que ya alcanzo á penas duras, quiero reducir á cuenta los errores y locuras de mi agitado vivir, me dan ganas de reir.

Pero mi error principal, que ha sido no hacer dineros por ser poeta, y ni un real poder á mis herederos cuando me muera dejar, me dan ganas de llorar.

Cuando de poetas zafios repaso en un cementerio mil absurdos epitafios, aunque en un lugar tan serio hay tanto de que gemir, me dan ganas de reir.

Mas al pensar que algun dia en un sitio como aquel, bajo de una losa fria, con epitáfio ó sin él, me han de llegar á enterrar, me dan ganas de llorar.

Tan lúgubre pensamiento y el temor de fastidiar me dejan ya sin aliento, y este agridulce cantar debe ya tambien morir, y mas si no ha hecho reir.

Que para un triste poeta es el mayor sinsabor que con cara de baqueta le avise adusto lector que ya es tiempo detallar: es cosa para llorar.

Francisco Ortega.

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