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Lira el año de 1807, época en que aun México, era la corte de una colonia: corte mezquina, remedo burlesco de las corles de los reyes, con su semi-rey y con su farsa de nobleza. Esta, hija de las riquezas y no de las hazañas de cien antepasados honrados y belicosos, era quizá la mas ignorante, y al mismo tiempo la mas fátua de todas las clases de nuestra sociedad de entónces, porque muy del caso será advertir aqul que un mayorazgo, un titulo, el primogénito de un conde ó de un marqués, con las inmensas riquezas que á la muerte del padre le quedaban, se creia dispensado de saber aun las cosas mas triviales, indispensables para el trato familiar, y pasaba sus dias en francachelas y desórdenes, en medio de los cuales proyectaba una fundacion religiosa, ó hacia una pingüe donacion á algun convento con el pilsimo objeto de ganarse por este medio el cielo. ¡Sacrilega mezcla de impiedad, de religion y de orgullo, Que confundidos formaban la careta que para aparecer en la sociedad nos legaron nuestros abuelos, aquellos que agitados por un delirio de muchos años quisieron que de en]medio de la sangre de millares de vlctimas brotara una religion pura y sin mancha.

Este era en efecto el carácter distintivo de nuestra sociedad; era esta una matrona de dos caras, de las que en una se veian las huellas profundas de la mas desenfrenada prostitucion y en otra la máscara, no de la virtud, sino de

la mas simulada hipocresia. ¿Quién al encontrarse en México á principios del siglo XIX, no se hubiera creido en el centro de una de aquellas ciudades de la edad media en que la religion y el desórden caminaban á la par por sus calles tortuosas y sombrias? La ciudad por otra parte, presentaba en su seno uno de aquellos contrastes quizá esclusivos: la clase elevada de la sociedad, henchida de riquezas y pródiga hasta el exceso; la clase infima desnuda, hambrienta, siempre quejosa y encontrando siempre sordo á sus voces al magnate que la despreciaba, que la hollaba, como nosotros podemos hollar al réptil venenoso que va á morder nuestro pié. ¡Cuadro miserable que debe conmover las entrañas del verdadero amigo de la humanidad! ¡Tiempos funestos que deben convencer á los que entre nosotros suspiran por ellos todavia, de lo mucho que hemos ganado con nuestra república, con nuestra libertad, que aunque vacilantes ahora por las ambiciones particulares, jamas llegaran á caer, porque tarde ó temprano el patriotismo levantará su brazo para sostenerlas.

Mas dejando á un lado reflexiones inútiles, si se quiere, vuelvo á mi objeto, ó por mejor decir, comienzo mi narracion: eran las ocho de la noche del 15 de agosto de 1807, y en uno de los sitios mas hermosos de las orillas de México, á la puerta de una casa de soberbio aspecto, se hallaban parados multitud de coches, en cuyos arncses y soberbios blasones, fácil era conocer que pertenecian á los primeros persnnages de la corte delos vireyes de Nueva-España. Multitud de damas y caballeros elegantemente ataviados bajaban de ellos, y entre tanta gente que á la casa se dirigia, dos jóvenes, aunque de distintasVdades, llamaban especialmente la atencion por su gentileza, y por lo ajustado de sus vestidos á la moda del tiempo. Estos iban distraidos al parecer con su conversacion, y el mayor, que tendria unos treinta años, decia al menor que cootaria veintidos:

—El baile será de los mejores que en México se den este año. La señora de tus pensamientos, Julian, desplegará en él todo el encanto de sus gracias; y tú, pobre jóven, de corazon enamorado y ardiente, la seguirás embriagado, verás tal vez comenzar esta noche tu felicidad, y mas de cuatro mozalveles avezados á las luchas de amor envidiarán tu posicion

—Demasiado lisongero aparece á lus ojos el éxito de mis amores, Alfonso, contesló Julian. Por lo que mira al baile, no dudo que este excederá en mucho á cuantos se han dado este año, porque el condees rico y viejo, y ama ciegamente á la condesa; cuyo cumpleaños hoy celebran, y la que tú sabes que posee un gusto delicado y no poco amor propio, para ser menos que las otras en sus conviles; mas por lo que toca á mis amores, mucho dudo el verla rendida esta misma noche á mi voluntad.

—Esas son dudas inútiles, cuando otras veces la has dicho ya que la amas, y ella al parecer no ha llevado á mal tu declaracion, pues por el contrario, con mucho agrado ha recibido tus galanterias.

—Es cierto eso; pero tambien lo es que con preteslos y evasivas muy finas, si tú quieres, no me ha contestado esas veces, como yo hubiera querido; y mucho temo que esta noche me suceda otro tanto.

—Xada temas si sabes acertar este golpe nocturno que de ti únicamente depende: la condesa te ama.

—Me ama; pero no sé qué empeño tiene en disimularme su amor.

—Su empeño es el de todas las mugeres, que jamas ceden á la primera insinuacion, ya porconvenieucia, ya por orgullo: cinco, seis, siete veces necesita el hombre rendirseles para ablandar su carácter.

—Veinte me le rendiré yo á ella, si á la última he de oir de su labio que me ama.

En esta conversacion penetraron en la casa, y se perdieron entre los demas caballeros que subian la escalera.

Era ese dia, en efecto, el cumpleaños de la condesa de Peña-Aranda, de Maria, la espora querida del conde de Peña-Aranda, viejo rico, que cifraba su mayor placer en ver que su inmenso caudal le servia para satisfacer aun los menores deseos de su esposa bella y graciosa, á la que no exigia en cambio sino una caricia para reanimar con su fuego sus miembros entumecidos por la edad. Era este un dia en que año por año se daban festines y saraos, en lo* que la abundancia y el lujo eran excesivos, i los que concurria toda la nobleza, con un fausto que apenas se veria en la metrópoli, y que llenaban de júbilo al viejo conde que desde los apasentos interiores se eslasiaba con la algazara de la fiesta, porque él hacia consistir su felicidad en el gozo de su Maria. Soberbia se esperaba la de esa noche, brillante como noln habia estado ninguna de las anteriores., porque las tendencias de la condesa eran á dejar muy atras á sus competidoras en fausto y en ostentacion.

En un salon ancho y estenso cuidadosamente cubierto por las ricas lelas que en esa época nos venian de la China, telas que han dejado de verse ya entre nosotros, y alumbrado magnlficamente por la muelle luz de la esperma, las mas celebradas bellezas de México ostentaban sus encantos, perfumándolo con las emanaciones suaves de los aromas con que hablan ungido sus cabellos, y encantándolo con sus rostros peregrinos. Multitud de jóvenes, elegantes exagerados de su tiempo las rodeaban con ahinco, unos galanteándolas por costumbre, y otros baldándoles el idioma de una verdadera pasion, haciendo reir á muchas y ruborizando á no pocas. Mas la qne entre todas ellas se llevabalas miradas de cuantos pisaban el umbral de la sala, la que á todas las ofuscaba, como la luz de la luna ofusca el brillo débil de los otros astros, era la reina de la fiesta, Maria, la hermosa condesa que á todas las aventajaba, si no en belleza, en gracia. Sentada en una de lasestremidades de la sala, con toda la hermosura de su rostro y la v ¡veza de sus ojos negros, con su blanco ropaje de finlsima seda, con su velo trasparente, que ocultaba apénas las formas hechiceras de su seno, con su negro cabello esparcido por la espalda y cntretcgido con jazmines y violetas, con su guirnalda y con sus joyas ricas y preciosas, parecia una de aquellas visiones celestiales que agitan los ensueños de los amantes afortunados, ó mas bien una de aquellas imágenes divinas que los pintores ó los poetas crean en uno de sus momentos felices de inspiracion

Alfonso y Julian entraron á la sala, y éste, al verla, al contemplar casi frente á frente á la que tantas veces habia hecho palpitar su corazon de amor, fijó en ella una mirada ardiente, mu de aquellas miradas en que las mugeres, acostumbradas á leer en los ojos los sentimientos del alma, descubren los mas intimos secretos del corazon.

—Alfonso! esclamó Julian en voz baja, apretándole fuertemente la mano á su compañero. Alfonsol ¡Cuan bella está! ¡Jamás habia soñado yo un ángel!

—Calma, serenidad, amigo, contestó friamente Alfonso, mira, esa sonrisa que vaga por sus lábios al verte, esa palpitacion de su seno qne levanta el velo que lo cubre, son indicios de que á mas do que no le eres indiferente, esta misma noche cesará su empeño de ocultarte que te ama, si tú dasun golpe certero, si sabes aprovecharte de las circunstancias.

Una sonrisa de la condesa le indicó á Julian en efecto que lo recibiria con agrado cerca de sí. Este, que no deseaba otra cosa, se dirigió á ella, sin atender á mas, sin pensar en mas que en su amor, embriagado, como dicen que lo están las aves al hálito de cierta serpiente. La hizo una profunda caravana, no sin dejar escapar al inclinarse, un ahogado suspiro, y ella le contestó con una dulce sonrisa, y haciéndole sentará su lado. Oh! era la suprema felicidad para Julian, como lo es para todos los hombres, estar junto á su querida, esprimentar el suave contacto de su ropaje, contar los latidos de su corazon, sorprenderle de cuando en cuando una mirada, imprimir tal vez un beso ardiente en su mano blanda, como las hojas de una rosa entreabierta.

La armonia de la música habia tocado ya la cuerda mas sensible del corazon de las mugeres, la inquietud las agitaba á todas, y habia hecho nacer en las jovenes el deseo de dar mas vida á los trinos de una flauta, acompañándolos con los movimientos voluptuosos del baile. Todas giraban ya en la sala, como unas sil— lides, embriagadas, porque cada pasion tiene su embriaguez particular. Julian entazado con la condesa, bebia el primer trago de la copa de la felicidad, y otro tanto le sucedia á ella, que con la agitacion del placer que esperimentaba su alma, apenas respondia á las palabras apasionadas de su amante.

—Oh! cuan bella eres, querida mia, le decia este, y cuán cruel al mismo tiempo! ¿Porqué, si al tocar mt mano se enciende tu rostro y palpita tu corazon rápidamente, ocultarme por mas tiempo que me amas?

Ella nada respondia; y Alfonso á veces con la sonrisa en los lábios, á veces con el ceño en la frente, los seguia siempre de léjos sin perderlos de vista. El entusiasmo de los jovenes habia llegado á su colmo, todo era agitacion, á nada se atendia, porque los acentos de la música y el aspecto de mil hermosuras tenian absortos los sentidos. Aprovechándose Julian de esta cirennstancia, casi arrastró á la condesa fuera dela sala, y perdiéndose con ella entre la multitud, salió á uno de los estensos corredores, que ala sazon estaba en parte iluminado por la luz de la luna. Alfonso, que como he dicho, no los perdia de vista, y que cemprendió las miras de su amigo, los siguió, y logrando ocultarse á poca distancia de ellos, sorprendió sus secretos. Julian sostenia á Maria en su brazo junto á un rosal, y despues de un momento de silencio, durante el cual la vió tan hermosa:

—Marta, Maria, esclamó apretándola fuertemente contra su pecho, ah! perdoname si contra tu voluntad te he arrastrado hasta aquí. Tu silencio atormentaba mi corazon, como nadalo habia atormentado; ¿porqué, si me amas, no endulzas con una sola palabra el acibar de mi vida? Maria, Maria, respondeme, dimeque me has amado, dime que me amas, nadie nos escucha; todos ¡insensatos! están ahora embriagados con los vapores que despide el festin. Maria lloraba; mas de pronto por una especie de movimiento convulsivo levantó hácia él sus bellos ojos negros anegados en lágrimas, lo entazó con su brazo por el cuello y entre abriendo sus labios:

—Si, te he amado, te amo, Julian, esclamó, tú, tú has sido el hombre que ha llenado el vacio que habia en mí corazon. Muy infeliz he sido, Julian mío: jóven, con un corazon de fuego, mi destino puso contra él, otro de hielo que jamas he podido soportar. El conde, ¡ah! yo le amo como se puede amar á un padre; pero no como se ama á un amante: á ti, á ti le adoro, porque tu corazon palpita tanto como el mio, porque tus ojos derraman lágrimas de fuego, porque tus manos arden, y tus palabras conmueven mi alma. Ah! Julian, sí el amor puede hacer felices á dos corazones que se comprenden, jamas le volveremos á ver el rostro á la desgracia.

—Angel de mi amor! ¡cuánto han aligerado el peso de mi vida tus palabras! tú me amas, y con tu amor nada falta ya á mi felicidad. Tú padecias tanto como yo, por eso me amaste, porque las penas son el vinculo que mas unen las almas.

—Pero no me abandones, Julian mio: sin (i mañana le es placentera

me mataria el tédio, sin ti

—¿Y qué importa que las circunstancias y el respeto á las exigencias de la sociedad nos separen, si nuestras almas están unidas por un lazo, que ni el tiempo, ni las distancias romperán jamas?

—Ah! sl, pero....

—Nada temas, mañana volveré á verte.

—Y el conde?

—Qué! temes?

—Te amo tanto, que ya no hay desgracia qr.e no imagine para nuestro amor.

—A las ocho de la noche, Maria....

—Sl, Julian, á esa hora por la reja del jardin, yo bajaré la llave.

Al oir esto Alfonso, que todo lo habia escuchado, sacó de su bolsa una preciosa cartera, apuntó en ella con lápiz quizá las últimas palabras, y se dirigió á la sala ántes de ser descubierto por los amantes. Estos, embriagados de felicidad y de amor vojvieron presto; y ya cuando los concurrentes abandonaban fastidiados la sala, Julian se acercó á Alfonso, y le dijo al oido:

—He vencido.

—Te lo habia predicho, le contestó Alfonso con una amarga sonrisa. Pobre tonto! murmuró aparte al bajar la escalera.

II.

MAMA, JULIÁN.

Incomprensible es el corazon de la muger; en vano el hombre se afana en penetrar sus arcanos, esos arcanos que solo ella comprende; á medida que mas la contempla, á medida que mas escudriña sus acciones, con ménos claridad ve en el fondo de su alma, mas se confunde; porque semejante aquella al sol, cuanto mas fija este en ella su vista, tanto mas le deslumhra. Hay hombres que creen haber fondeado el corazon, haber sorprendido los secretos de una muger en una hora: ¡insensatos! su orgullo los engaña; no cabe en su necedad que una muger esté dolada de la sagacidad suficiente para afeclar lo que en ella no existe, cuando median razones de conveniencia, para dar á sus mismos hábitos un giro muy distinto del que todos se imaginan que tienen; miden ellos su fuerza moral por su fuerza fisica. Tiene hoy la muger un deseo para cuya satisfaccion no vé medios, no se pára en inconvenientes, mañana lo vé satisfecho, y quisiera que jamashubiera nacido en su corazon; la impresion que hoy le fué agradable, mañana le cansa, le fastidia, y la sensacion que hoy le fué dolorosa

Oh! muger, obra incomprensible de la creacion, conjunto de luz y de tinieblas; tú cuya mision sobre la tierra debería serdepazydecaridad,de amor y de consuelo, ¿porqué contra las leyes mismas de tu naturaleza, le conviertes á veces en la manzana de la discordia, á veces ocultas bajo el atractivo de tus encantos un veneno corrosivo, y ora con un desprecio das la vida, ora con una caricia das la muerte sin que nadie alcance á ver en el fondo de tu alma para comprenderte? En vano el diligente anatómico de la sociedad, el moralista, ha disecado fibra por fibra tu corazon para investigar tu esencia, esta se la ha escapado, como el jugo del sazonado fruto, cuando se le oprime con fuerza entre las manos; tu sola le conoces, y razon tienes en reir, y en despreciar al borntuo que demasiado confiado en si mismo esclama con énfasis: „yo conozco el corazon de la muger."

Esa oscuridad, ese velo misterioso encubre el corazon de Maria, la hermosa condesa de Peña-Aranda: llena de atractivo y de gracia, con un talento, una sagacidad y una sensibilidad nada comunes; y con las inmensas riquezas que proporcionan la comodidad en la vida, rie y muestra su rostro alegre en la sociedad; compite en lujo y en fausto con sus rivales en ellos, y lodos la juzgan insustancial y feliz; pero tambien allá á sus solas suspira, llora y gime, y sin saber lo que falta á su corazon, se cree tanto mas infeliz, cuanto que para aparecer en público, tiene que cubrirse con una careta que á su dolor repugna. Su vida es igualmente incompresible, es una mezcla de felicidad é infelicidad que asombra, es una de aquellas vidas que solo pueden comprender los que han recorrido ese camino. Hija Maria del crimen y de la miseria, y arrebatada de los brazos maternales, cuando en los pechos de su madre bebia aun la vida, sin saber lo que son las caricias de esta, fué llevada á una prision en donde vió correr los primeros años de su vida al lado de su padre, encerrado alll por circunstancias que no importa saber ahora. >"iña, muy niña, era el único ser que con sus cariciasprestaba consuelo á su desgraciado padre que en su calabozo gemia, y que á la escasa bizque una claraboya dejaba entrar, apenas habia podido contemplarlas facciones delicadas de su hija, de aquel ángel que guardaba su sueño, que endulzaba sus horas de amargura. Mar¡a, siempre al lado de su padre, y en una edad ya en que su razon podia distinguir exaclamenle las ventajas del bien y los inconveniente» del mal, los dulces goces que aquel proporciona y

los dolores acerbos que este causa; viendo á su padre desnudo y estenuado por las privaciones, no solo de lo superfluo, sino aun de io necesario para la vida, y viéndose ella envuelta en la misma miseria, pensó, si no en cambiar su estado miserable, porque le era imposible hacerlo por sl sola, al ménos en dulcificar la posicion de su padre y la suya propia. Con el empeño, con el teson que la necesidad presta á las almas, logró adiestrarse en tocar con gracia y soltura una guitarrita que la escasa conmiseracion de los carceleros de su padre le proporcionó; y cuando ella conoció que estaba ya en estado de causar con ella algun placer al oido de los que pudieran escucharla, sin que su padre lo supiese, salió de la prision, á poner en planta el recurso que su amor de hija le habia inspirado. Con su cuerpo airoso, su rostro peregrino, su negro pelo suelto, su pié delicado y pequeño, su vestido, aunque pobre, limpio, y ron los dulces sonidos de su guitarrita, pulsada suavemente por sus manos de niña, la atencion de cuantos en la calle la miraron se fijó en ella, porque los extasiaba con.la armonia de su instrumento, porque los cautivaba con su gracia y los conmovia con los suspiros que se le escapaban de su pecho, en medio del júbilo que ella queria afectar. Todos la admiraron, todos la acariciaron, todos pusieron en su mano el socorro que ella en silencio imploraba; y Maria volvió á la prision de su padre, aiegre, porque habia encontrado ya un medio seguro para mejorar la suerte de aquel. En este ejercicio continuó ella llamando la atencion, asl del pueblo, como de las personas mas encumbradas de la corte, hasta que su padre > lo supo- y lloró con ella, porque grande debe de ser la emocion de un padre al ver á un hijo sacrificarse para procurarle su subsistencia y su bienestar; ¡emocion indefinible que admiro, pero que aun no me es dado comprender!

El padre de Maria espiró, y ella sola, á los diez y ocho años de su edad, comenzó á sentir todo el peso de su desgracia. Su vida desde alll fué un tegido de acontecimientos que solo ella era capaz de comprender, que dejaron en su alma impresiones que jamas se borraron, porque si las de la felicidad llegan á olvidarse alguna vez, las de la desgracia nunca mueren en el corazon. Sin ninguna esperiencia de las cosas de este mundo, se dejó elevar de pronto por el vicio y la maldad á una altura en que jamas habia soñado, para caer desde alll y sumergirse en lamas espantosa miseria; juguete do hombres perversos, la barca de su vida zozobró en el mar de la existencia, y su virtud CuTomo I.

Incita de harapos fué á gemir á la súcia habitacion del pobre, y casi á mendigar el pan de puerta en puerta. E1 trabajo de sus manos no bastaba á sus necesidades, y su hermosura iba rápidamente marchitándose y su vida consumiéndose por la falta de los jugos que la mantienen. Mas el destino, la casualidad, ó la Providencia, hicieron que el conde de Peña-Aranda, viejo viudo y rico, la conociera, y que en su corazon naciera un amor hacia ella que el no pudo ocultar. Este amor decidió al parecer del porvenir do Maria, porque el viejo conde empeñado en satisfacer el deseo engendrado en su corazon por una pasion concebida casi en la decrepitud, sobreponiéndose á las preocupaciones de su época, dió su mano de esposo á aquella jóven, miserable; pero interesante por su belleza. Maria la aceptó, y cediendo á aquella propension que todos tenemos de ser algo en la sociedad, de brillar entre los demas, de excederlos tal vez en fausto, sonó con placer en sus oidos, no ya el nombre de María, sino el de la condesa de Peña-Aranda. Un sueño lo pareció su rápida elevacion: subir del seno de la misería á la cumbre de la opulencia: dormir ayer en un miserable cuarto súcio y oscuro, y despertar hoy en un palacio rico y esplendente, es para causar una transformacion total en el corazon humano; y en el de Maria en efecto, esa transformacion comenzó á efectuarse. En un estado ya en que le era indispensable tratar con lo mas selecto de la sociedad mexicana, la que al principio no dejó de mirarla con desdén, por considerarla pegote de la aristocracia, masla que luego la acogió en su seno, porque para esa clase no hay mas vinculos de amistad que los que proporciona el dinero; la condesa de Peña-Aranda quiso embriagarse con su aparente felicidad, quiso ser pródiga, y comenzó á presentarse en los paseos, en los teatros y en las tertulias con un lujo sorprendente. Su amabilidad, sus encantos, y sus riquezas sobre todo, le habian atraido un circulo de jóvenes, entre de, los cuales era ella la soberana, de quienes no recibia sino adulaciones á su belleza, incienso á su orgullo. Mas en medio de tanta ostentacion, ella no era feliz: subida hasta tan alto para no sentir contra su pecho sino un abrazo de hielo; contra su megilla, sino el lábio casi inanimado de un viejo, su corazou sentia la necesidad de amar, habia en él un vacio que no podia llenar sino el amor de un jóven, el fuego de una pasion igual á la suya; y ella estaba inquieta; pero al mismo tiempo no comprendia la causa de su inquietud. Alfonso, el jóven que hemos visto acompa

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