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loromas curioso de cuantos se conocen hasta Y lomándome de la mano me condujo á don

nqm.

Asombrado me quedé de oir á mi amigo, por que en mi entendimiento no cabia la existencia de semejante animal.

—Esos son delirios de vuestra imaginacion que se ha acostumbrado ya á animalizarlo todo, le contesté algo enfadado, porque vi que nada podia sacar para escribir ese dia que era lo que me importaba; mas el repuso entónces.

—¡Delirios! escuche V. y no me interrumpa. Hay en efecto toros políticos, como hay zorras y cangrejos igualmente políticos de los que me reservo para'otra vez hablarle á V. Si, señor: hay toros políticos, cuya existencia yo no habia sospechado;!pero de la cual no me cabeya la menor duda, porque he visto uno: y para convencerá V. voy á hacerle su descripcion exacta. Como A'- sabe, hay muchas diferencias entre las diversas especies de ese género, de suerte que el bisonte de América, por ejemplo, tiene cosas que le faltan al toro. Exactamente sucede lo mismo entre el toro político y el simple toro, en este por lo regular domina un color, ósi hay varios, nunca pasan de tres; en aquel la multitud de colores es lo que mas lo hace notable; el negro, el rojo, el verde, el azul y sobre todo el color de oro se ven en él; y el último especialmente en abundancia. El loro simple anda en cuatro pies: este, no sé porque rara casualidad, se sostiene en dos; aquel tiene cuernos, y este a la vista carece de ellos. V. dirá que segun mi descripcion comparativa, nada hay de comun entre los dos; y tendria V. mucha razon, si á ella me limitara yo; mas no señor, que en las propiedades está precisamente el punto de contacto y por ellas solamente pude clasificar ese animal semi-hombre y semi-brulo. Brama por supuesto cuando está irritado; y lo que mas lo caracteriza es la actitud de embestir que toma entónces, y no queda en esto, sino que embiste realmente. Con que ya V. ve que mi clasificacion no puede estar mejor hecha: hay toros políticos, cuyo descubrimiento, que se me debe á mi, hará indudablemente progresar la ciencia.

—Me va V. convenciendo de la existencia de semejantes animales, solo por que no creo á V. capaz de mentir con tal descaro; pero le confiesoá V. que nocomprendo, cómo sean, y que creo que no he de pasar á darle entero crédito á la relacion, hasta que no los vea por mis propios ojos.

—Pues si solo eso aguarda V. nada hay mas fácil.

de diré luego.

Casi por encantamento me vi llevado á un lugar estensfsimo dispuesto en forma de una ciudad, con'sus edificios, sus calles, y sus plazas, con multitud de gente transitando por estas y coronando las azoteas de aquellos, gente que al parecer estaba alegre, pues reia, como si fuera feliz. Al verme en semejante sitio no pude menos do preguntarle á mi amigo, qué significaba aquello.

—Que ha de significar* me contestó; la cosa es clara, esta es una ciudad, y la gente que transita por ella, un pueblo entero.

—Y ¿qué tienen que ver una ciudad y un pueblo entero con el espectáculo de que venimos á ser testigos?

—Curiosa, pregunta! la ciudad es la liza, el lugar en que el susodicho toro maniobra y el pueblo entero es el espectador.

Cada vez me confundia mas, porque todo aquello me parecia sobre natural, obra demagosy encantadores: una ciudad en la que jamas habia estado yo, y á la que habia sido trasportado en momentos: un pueblo cuyos rasgos caracteristicos en hada se asemejaban á los del libre y esforzado pueblo mexicano, y sí en mucho á los de alguna raza bárbara; la ciudadsegunmi amigo destinada para plaza de toros, y el pueblo entero destinado para espectador de las corridas, todo, todo aumentaba mi confusion; y yo eMaba allí y me estregaba los ojos, y me daba á veces cabezadas contra las paredes, pues me creia el juguete dealguna pesadilla. Mi amigo se reia de mi sandez y sin decirme nada, aguardaba que mi asombro fuera á mas. De repente me cogió del brazo, é indicándome un edificio que teniamos á la vista, edificio de mal gusto, pero que era el que ocupaba mayor espacio en la ciudad,

—Mire V. me dijo, al través de esos cristales: ¿ve V. esa multitud que hierve dentro?

—Si veo una multitud; pero no alcanzo á distinguir, si hombres ó brutos son los que la forman.

—Limpiese bien los ojos, y verá que cuantos alli se encuentran son animales: por una parte, en un aposento retirado verá V. un individuo de la especie de animales de que le he hablado, un toro polttico, quizá el mas ilustre de todos, el gefe de ellos, rodeado de zorras y cangrejos políticos, nuevas especies descubiertas tambien por mi, en sus géneros; y de dos ó tres elefantes políticos, animales muy raros en esta tierra, que viendo que no se les hace caso se separan, no mohinos, sino desconsolados. Por otra parte, y llenando el resto de| edificio, verá V. multitud de toros de zorras y de cangrejos, todos animales políticos, demenos categoria que los primeros, que impacientes braman y gritan y que aguardan sin duda alguna determinacion del primer grupo que le mostré. Oh! este es un espectáculo curiosísimo, al menos para un zoólogo.

Movida mi curiosidad por la relacion de mi amigo, me limpié bien los ojos, fijé mi vista en el edificio, y (cuál fué mi asombro al ver que los animales de que me babia estado hablando, no eran sino hombres como nosotros de carne y de hueso, de bigote y patillas, ó de patillas y melena, y vestidos de paños y de sedas, como lo estan los que se llaman hombres en el sigh> diez y nueve! De una sola mirada abrazé cuanto en su recinto encerraba el edificio, y vi que los que él me habia designado como toros andaban vestidos, como lo andan nuestros militares; que los que él llamaba zorras, cangrejos y elefantes, |o andaban como en nuestra república, la clase que denominan paisanos; que los que él habia llamado bramidos y bufidos, no eran sino voces claras y distintas; y en fin, que cuanto me habia dicho no era sino una solemne mentira. Volvime á él furioso, para declararle que yo no era el juguete de nadie, cuando él riendo me dijo.

—No dude V., creame V. bajo mi palabra, atienda, y verá luego que los que ahora le parecen hombres, no son sino animales.

Por no decir mas, y porque entónces me pareció que lo que decia mi amigo tal vez seria cierto, porque yo de zoologia, como ya he dicho, entiendo tanto, como de chino, volví á fijar mi vista en el edificio. La escena habia cambiado un poco, pues de la inaccion en que al principio habia visto el primer grupo, lo veia ahora agitado: los elefantes salian desconsolados de la pieza; el toro escarvaba el suelo con sus piés, y echaba fuego por los ojos, casi bramaba ya; las zorras trataban de llevarlo para atrás, y los cangrejos, contra toda la propiedad de estos animales, lo impelian para adelante. En el segundo grupo reinaba ya un verdadero tumulto; los toros embestian á las zorras y á los cangrejos, estos trataban de acosarlos á su vez, pero siempre eran rechazados por aquellos; y entretanto el pueblo espectador por fuera, aguardaba impasible la corrida. Me distraje entónces un poco; masá la voz de mi amigo volví á atender, y vi que el toro ge/e, derribando de una patada furibunda á las zorras, se habia dejado llevar, ó mas bien se habia llevado consigo á los cangrejos. Un grito estalló

entonces en el segundo grupo: los toros se reunieron luego con los cangrejos, y fueron á incorporarse con los vencedores del primer grupo, á prestar obediencia al toro ge/e; las zorras vencidas corrian despavoridas sin saber donde esconderse, pues eran embestidas ya por los toros vencedores; y entónces me convenci hasta la evidencia de lo que me habia dicho mi amigo, y ora que en las propiedades de estos, estaba el punto de contacto con el género bos. El pueblo espectador clamaba ya por fin „el toro" el toro-" y al aspecto de éste corria y gritaba y no hallaba donde esconderse para evitar su furor. Yo veia aquella multitud revuelta, acosada por los animales mas feroces que habia visto hasta allí; álas zorras por el suelo casi moribundas; y al cabo de un combate largo y sangriento á los toros políticos, paseando sus miradas ufanos por el campo de batalla, y al pueblo espectador contemplándolos risueño. El especláculo se habia terminado; y lleno yo entónces de júbilo, abracé á mt amigo, y admiré como era debido su ingenio que tambien habia sabido clasiücar aquellos animales. Mas como aun no acababa de comprender lo que habia visto, no pude dejar de preguntarle que por qué era tan manso y tan complaciente aquel pueblo espectador, que venia á admirar y á regocijarse con el triunfo de los que le habian hecho estremecerse de temor?

—Porque esta es su costumbre, me contestó, ó mas bien porque lo han acostumbrado á estas corridas anuales. Que haya una de estas cada año, es costumbre muy vieja.

—Y son de su gusto?

—Tanto, que espero que en lo de adelante tengamos una cada mes.

—Y toros embolados?....

—Xo se acostumbran en estas fiestas.

—Segun eso el pueblo espectador....

—Jamas lidia, porque está destinado para espectador, y nada mas.

Dimos la vuelta, y en momentos volví á encontrarme en las calles de México. Di las gracias á mi amigo por haberme comunicado descubrimiento tan importante, por haberme hecho saber la existencia de un toro político, y volvime á mi cuarto de escritor por tener asunto ya para escribir un articulejo. Tomé papel maquinalmente, puse en él: Galería Zoólogica: con el consentimiento de Juan Soplillo mi carísimo hermano, le puse por titulo El Tora político, y escribi cuanto has leido, pacientísimo lector. Mucho me temo que allá en tus adentros me .estés maldiciendo con el denuedo que tú acostumbras hacerlo cuando no estás en presencia de aquel á quien muerdes, y que no me bajes un punto de impostor y mentiroso; pero pues yo mismo no acabo de saber si es cierto cuanto te he contado, repítete con Torres Naharro que

Al ménos me debes la tinta y papel.

He concluido, y, como no juraria ser cierto en todos sus puntos, cuanto he dicho, no quiero poner mi nombre al pié, bien que para que al articulejo no le falte ninguno de los requisitos de estilo, he dado poder para que ponga el suyo, á—Mi Sorrino.

APÓLOGO.

Una mañana de estío, en que Jesus recorria las calles de Samaria con su discipulo Simon Pedro, la gente se agolpaba á las puertas y ventanas de las casas por verlo, y los niños se acercaban á él para recibir sus bendiciones: cuando acertaron á pasar por un lugar en donde estaba lirado un pedazo de herradura que por acaso alguna caballeria habia largado, Jesus, volviéndose á Pedro, le dijo: levanta ese pedazo de herradura porque puede sernos útil; pero Pedro, que seguramente se creyó degradar con recoger un objeto tan despreciable, hizo que no le habia oido; entónces Jesus, con aquella mansedumbre que era uno de los rasgos característicos del Redentor del género humano, se inclinó, y levantándola, prosiguió su camino hasta una de las puertas de la ciudad, en donde habia un puesto de fruta: al «cual, acercándose Jesus, cambió su pedazo de herradura por un racimo de uvas. En seguida salió con su discipulo fuera de la ciudad, y se encaminó para el desierto.

Era la hora de sesta, los rayos del sol caian á plomo sobre las cabezas de los dos viageros, el calor se hacia ya insoportable, y parecia que la atmósfera estaba inflamada: Simon Pedro, devorado por una sed ardiente, apenas podia andar. Jesus, viendo á su discipulo fatigado, sacó su racimo de uvas y empezó á comerlas, dejando caer de vez en cuando algunas al suelo: Simon Podro, cada vez que caian las uvas, se apresuraba á levantarlas para templar con ellas la sed que le atormentaba. Despues de haberse inclinado repetidas veces, Jesus se volvió á su discipulo, y le dijo: Pedro, el orgullo ha henchido tu corazon, y tus ojos se han mostrado altivos á la vista de la herradura: sábele, que es mejor inclinarse una vez para segar la mies que nos sustente, que arras

trarse veinte á los ptés de las mesas de los poderosos para recoger sus migajas.

A. Rodríguez.

LA ALDEANA A SU HIJO.

Los dias son frios, las noches son largas; el viento del norte sopla en un tono quejoso. Estate quieto sobre mi seno. Todas las criaturas alegres descansan á esta hora, menos tú, lindo amor mio.

El gato duerme en su hogar, los grillos han dejado ya de hacernos oir su canto; nadie se mueve en la casa mas que un pobre murciélago: ¿por qué no descanzas?

Vamos, no mires esa luz que brilla,- es la de la luna que se refleja sobre los cristales rutilantes de la lluvia. Duerme, querido amor mío duerme y que nada te despierte hasta mañana.

WOKDSWOETH.

REPUBLICAS HISP ANO-AMERICANAS

Cuanto mayores sean los obstáculos que las nuevas repúblicas españolas encuentren en la carrera que han emprendido, tanto mas mérito tendrán en superarlos. Ellas encierran en sus vastos límites todos los elementos de la mas brillante prosperidad: variedad de clima y de suelo, bosques para la marina, puertos para los buques; un doble Oceano que les abre el comercio del mundo. Todo lo ha prodigado la naturaleza á estas repúblicas: allí todo es rico dentro y fuera de la tierra; los rios fecundan la superficie'de esta tierra, y el oro fertiliza su seno. La américa española tiene ante sí el mas placentero porvenir; pero decirla que lo puede alcanzar sin esfuerzo, seria engañarla, adormecerla en una falsa seguridad; los aduladores de los pueblos son tan peligrosos como los de los reyes. Cuando se forma una utopia no se atiende á lo pasado, á la historia, á los hechos, á las costumbres, al carácter, ni á las pasiones: alucinándose con desvarios, nn se preveen los acontecimientos, y se pronostica el mas bello destino.—Chateaurriand.

MATRIMONIO FELIZ.

Vu viagero refiere haber visto en una ciudad un magnífico sepulcro que tenia el epitafio siguiente: Pasagero, admira el portento qv aquí se encierra: un marido y una muger en una paz inalterable.

GALERÍA DE LOS raEYES DE MÉXICO. ■. f Mff •'

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"or la muerte de D. Luis de Velasco, las riendas del gobierno de la Nueva-España quedaron en manos de la real audiencia conforme á lo mandado por Felipe II en Monzon el dia 4 de octubre de 1563. (I) Eran á la sazon oidores los Doctores Francisco de Zeinos, que presidia, Pedro de Villalobos y Gerónimo de Orozco. Valderrama, cuya visita habia comenzado bajo el gobierno de D. Luis de Velasco el mayor, la siguió, y concluida que fué partió para España

1564.—El dia 21 de noviembre de este año, salió por fin la espedicion de Filipinas; mas siendo ageno de este lugar el dar una historia detallada de ella, nos contentarémos con decir que su resultado fué feliz y quedó fundada la ciudad de Manila, que despues desempeñó un papel tan importante en el mundo comercial.

1566.—En este año, siendo alcaldes ordinarios Antonio Cadena y Manuel Villegas: de mesta Juan Enriquez y el Bachiller Alonzo Martínez: procurador mayor Gerónimo Lopez: obrero mayor Francisco de Mérida: mayordomo Diego Tristan: allérez real Alonso de Avila Alvarado: y nuevos regidores George de Mérida y el caballero de Santiago D. Luis de Velasco, hijo del difunto virey, México se vió agitada por una conspiracion que desde en vida del virey D. Luis de Velasco habia comenzado á re»velarse.

Como quiera que la historia de esta conspiracion ha dado lugar a mil y mil conjeturas, y se encuentra cubierta por el velo del misterio, trataremos de ella con alguna estension, permitiéndosenos agregar nuestra humilde opinion á las muchas que se han enunciado respecto de este funesto episodio de los anales del gobierno colonial.

Gobernaba aun el virey Velasco, cuando se presentó al visitador Lic. Valderrama, un religioso dominico, llamado Fr. Domingo de la Anunciacion, pidiéndole una audiencia secreta. Concediósela el visitador, y Fr. Domingo le dio parte de que acababa de prestar los soll) Ley 16 lib. 2 Ululo 15 de la Recopilacion ¿e In di».

corros espirituales aun moribundo, quien le habia revelado que estaba próxima á estallar una conspiracion, cuyo objeto era declarar independiente de España el pais de Anáhuac. Valderrama despreció la denuncia, y lo mismo hicieron otros varios á quienes dió igualmente aviso Fray Domingo de la Anunciacion.

El marqués del Valle, hijo de Hernando Cortés se encontraba ya establecido en México y admiraba á todos por el lujo y esplendor con que mantenia su casa, gusto que habia adquirido durante su permanencia en Flandes. Su palacio se veia siempre lleno de la flor de la nobleza de México, y entre las personas que con mas frecuencia concurrian á él, se bacian notables por su apostura y gallardia los jóvenes Alonso de Avila Alvarado y [su hermano Gil Gonzalez. El primero se atraia las atenciones de todos por su gentil continente, su amable trato y sus grandes riquezas. El marqués del Valle le distinguia muy particularmente y esta circunstancia, unida á la fogosidad de Alfonso - y á su falta de prudencia, le hicieron aparecer como sospechoso á los hombres que aparentando un celo exagerado por el monarca español, trataban en la realidad de favorecer sus propios intereses.

El dia 30 de junio del año citado de 1556, el dean de Catedral D. Juan Chico de Molina, bautizó en ella á dos mellizos del marqués del Valle, cuyos padrinos fueron D. Lúeas de Castilla y Doña Juana de Sosa. Las fiestas celebradas por el marqués con motivo de este acontecimiento, fueron verdaderamente magnificas. Desde las casas del marqués que ocupaban la acera llamada del Empedradillo, hasta la puerta de Catedral, llamada entónces del perdon, y ahora una de las laterales del templo actual, se formó un pasadizo ricamente adornado, de cuatro varas de altura y seis de latitud. Una salva de artilleria anunció la entrada de los mellizos a la Iglesia, y otra su salida. Al verificarse esta y pasar ellos por el cobertizo en brazos de D. Cárlos de Zúñiga, y de D. Pedro de Luna, disfrutaron los especiadores del vistoso y caballeresco pasatiempo de un torneo de pié, en que doce caballeros arruados de punta en blanco, se combatieron con tanta destreza como valor. A esta diversion se siguieron otras muebas, tales como juegos de cañas y sortija y una caza simulada, que se verificó en un bosque artificial, mandado levantar por el marqués en la plazuela que ocupaba el espacio comprendido hoy entre el Empedradillo y Catedral. El pueblo participó tambien de estas diversiones, y en la puerta del palacio del marqués se le repartió una multitud de viandas, tales como un toro asado, y gran variedad de aves, juntamente con dos pipas de vino, una de blanco y otra de tinto. Este último rasgo de munificencia, por lo escaso que entónces era en Nueva-España aquel licor, Tué admirado generalmente. En la noche, Alonso Gonzalez de Avila, que á fuer de amigo intimo del marqués del Valle, no quiso que le aventajasen en celebrar aquella fiesta de familia, le dió en su casa un magnifico sarao, en que se representó un baile simbólico del recibimiento que el rey de México hizo á Fernando Cortés. Alonso ricamente vestido, hacia el papel del monarca mexicano. En una de las evoluciones del baile, echó al cuello del marqués un hermoso collar de flores y joyas entretejidas, de la misma manera que Moteuczoma habia arrojado otro al cuello de su padre. Concluido el baile, y en medio de la alegria y franqueza del festin, Alonso colocó sobre la cabeza del marqués y de su esposa, unas coronas de laurel, esclamando: „¡Oh!qué bien les estan las coronas á vuestras señorias"!....

La profusion y las inmensas riquezas del marqués, habian excitado ya las sospechas de la audiencia, la cual esparció sus espfas, tanto en la casa de este como en las de sus adictos, y recibió noticia de todo lo que alll pasó en los seis ú ocho dias que duraron las fiestas del hijo del conquistador. Dos hechos eu particular fueron notados por los oidores: el uno, que ya hemos referido, fué la esclamacion de Alonso de Avila Alvarado, al colocar las coronas de laurel; el otro fué una accion semejante á esta, del dean D. Juan Chico de Molina, quien al poner al marqués en la cabeza una gran tasa de oro primorosamente labrada, en que solia beber, le felicitó por lo bien que le sentaba. Sin embargo, no tomó desde luego providencias la audiencia gobernadora, sino que las demoró hasta principios del mes de julio del mismo año. Entónces, segun aparece del proceso, se tuvo noticia de que el siguiente 13 de agosto estaban resueltos los conjurados á llevar á ca

bo su atrevida empresa. Celebrábase ese dia el aniversario de la toma de la capital, con el paseo del pendon ó estandarte, bajo que militaban los que la rindierort. La procesion salia por la calle de San Francisco y volvia desde la que entónces era hermita de San Hipólito, por la calle de Tlacopam (hoy Tacaba). Segun los informes que los oidores habian recibido, frente a la esquina de las casas del marqués en el Empedradillo, en una torrecilla llamada del reló, debia estar oculto D. Martin Cortés con gente armada, y al llegar el pendon, habia de fingir un combate con un navio que iban á colocar un poco adelante, con artilleria y gente igualmente armada. Este combate podria parecer sospechoso en la actualidad, mas en aquella época en que habia una aficion lan decidida á les pasatiempos guerreros, nada tenia ciertamente de particular; sin embargo, la audiencia se aprovechó de aquella oportunidad para hacer aparecer como culpables á los objetos de su odio y de su envidia. Pretestaron, pues, que el combate simulado que debia celebrarse en la esquina del palacio del marqués, no tenia por objeto una diversion inocente, sino el de arrancar el pendon de manos del alférez real, proclamar rey de México al marqués del Valle, y matar a los oidores y i todos los que ofreciesen resistencia.

Celebró acuerdo la audiencia el dia 16 de julio, y mandó llamar á él al marqués, so protesto de que habia recibido un pliego de España, con órden espresa del rey, de que solose abriese en su presencia. Acudió inmediatamente al llamamiento d e los oidores, y en el momento que entró á la sala, hicieron estos guardar las puertas con gente armada, mandároule sentar en un asiento comun, y uno de los oidores dijo al presidente que ordenase lo que se debia hacer: otro oidor tomó la palabra y dirigiéndose al marqués le dijo: „Enlregaospreso d nombre del rey."„¿Por qué causa? preguntó el marqués."—„Por traidor á S. M., fué la respuesta.—„Mentis," dijo empuñando su daga: „yo?msoy traidor dmi rey, ni los ha habido en mi lin'age." Sin embargo, habiendo reflexionado, entregó las armas sin oposicion, y fué conducido preso á un aposento de las casas reales, que al efecto estaba ya prevenido. En seguida prendieron a su hermano D. Martin Cortés, hijo de la Malintzin, y enviaron á la ciudad de Texcoco al alguacil mayor, Juan de Sámano, á prender á D. Luis Cortés, quien estaba alll de justicia ó gobernador. En México redujeron igualmente á prision al alférez real Alonso de Avila Alvarado, á su hermano Gil

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