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fortuna del jóven, rompe tambien ese prisma encantado, lo ha engañado vilmente, sus ilusiones han acabado; ya no hay ante sus ojos sino crlmenes, engaños, perfidias. Veinte años ha visto al mundo como un Edén, veinte años ha sido feliz.—Hoy es desgraciado.—¡Qué diferencia tan cruel! veinte años.... Un dia mas, y la vida ha acabado y sus ilusiones se han marchitado.—¡Pobre jóven! tu corazon se secará y arderán tus ojos; las desgracias se seguirán unas á otras y te martirizarán y destrozarán tu seno.—La dicha ha acabado; eres ya viejo; viejo de veinte años, viejo por tus pesares, viejo ya por tus desengaños;—mas no lemas si dudas delos hombres, hazles beneficios, son siempre tus hermanos; ama á tu patria, aunque es ingrata; ama á tu familia; el amor tranquilo, el paternal, el amor conyugal te serán de alivio, el estudio te será grato. ¡Pobre jóven!—Tus ilu

siones acabaron. ¡Ah! tu eras virtuoso por tus ilusiones, sélo ahora por conviccion; es el único consuelo de esta vida, es la ilusion que le queda al hombre despues de sus padecimientos y de sus desengaños; es una ilusion que se convertirá un dia en realidad, y esc dia será un dia terrible: es un dia en que se olvida este mundo para no acordarse mas que del mal que ha hecho. Ese dia es el dia del descanso, es la única y verdadera felicidad.... ¡Es la muerte, pobre jóven!—J. M. Del Castillo.

Si fuera yo juez, el temor de sentenciar á un hombre que Labia robado porque sus hijos hambrientos le pedian pan, me baria perdonar á todos los ladrones.

El rico recibe con un hijo la bendicion del cielo; el miserable vé escrita en la frente de los suyos, su desgracia, su maldicion!

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Jja mentida conspiracion del marqués del Valle, y la conducta apasionada y cruel que observó la audiencia en el exámen y determinacion de los procesos habian llenado de sobresalto los ánimos de los habitantes dela NuevaEspaña. Calmóse un tanto esta inquietud con la venida del virey, marqués de Falces. De alma bondadosa y enemigo de medidas estremas, no era estraño que D. Gaston de Peralta reprobase las tomadas por la real audiencia, ni que apénas entrado en el gobierno, tratase de remediar los males que ellas habian causado. La calificacion que esta reforma importaba de los actos de un cuerpo orgulloso, apegad o al mando y no muy resignado á desprenderse de él, la vergüenza por que se le hacia pasar con la reprobacion pública de sus procedimientos; y cuando no fuera otra cosa el deseo natural que tenemos todos de concluir por nuestras mismas manos la obra que hemos empezado, empeñaron á la audiencia en buscar un medio

que la salvase de nuevas humillaciones, é hiciese respetable, y sagrada su autoridad en lo sucesivo.

La desconfianza era uno de los rasgos caracterlsticos de Felipe II. Ella le hizo mostrarse mas de una vez ingrato para con sus mejores vasallos. Fácil fué por lo mismo a la audiencia y sus parciales, introducir la duda en el corazon de aquel monarca, sobre la lealtad de su virey. Acusaron á este de favorecer las miras de los conquistadores, de haber enviado á España al marqués del Valle y á su hermano D. Luis, para que no tuviese lugar en ellos el castigo que merecian por su crimen; en una palabra, de querer levantarse con el reino. Tan graves como calumniosos eran estos cargos: Peralta que apénas revestido del mando, habia escrito al soberano, informándole del estado en que encontró los negocios de la Nueva-España, y de la conducta prudente y templada por medio de la cual habia logrado calmar los ánimos harto conmovidos con los recientes trastornos, no debia temer daño alguno de los falsos informes de sus contrarios. Importaba á estos por lo mismo que las cartas del virey no llegasen al trono. No vacilaron, pues, en interceptarlas villanamente, y lograron que se |presentase ante él solo la acusacion, no la defensa. Menguadamente obró entonces la corte, y no bastaron ni bastarán nunca á disculpar su ligereza las estériles satisfacciones que despues se dieron al virey. Sin esperar á que este contestase á los cargos que se le bacian, despachó de jueces pesquisidores á los licenciados Jaraba, Muñoz y Carrillo, con instrucciones de que luego que llegasen á la Nueva-España, hiciesen saber á Peralta su destitucion, y gobernasen segun la antigüedad de su nombramiento, miéntras se enviaba nuevo virey. Jaraba, el primer nombrado, falleció durante la navegacion; y por su muerte pasó á Muñoz el cargo de visitador.

¡Cuál no seria el asombro de Peralta al recibir la real cédula de que era portador Muñozl El monarca que asi desconocia sus servicios, obraba engañado. Tal fué el primer pensamiento que ocurrió á su alma generosa; y persuadido de ello, trató empeñosamente de conocer la intriga de que habia sido víctima. Averiguóla bien pronto, hizo público el vil manejo de sus enemigos: y dispúsose á partir en cumplimiento del mandato real.

1568—La época del gobierno de Muñoz fué una época de terror. Autorizado para conocer de los procesos pendientes, llegó su crueldad hasta un punto que hizo aparecer humana, en comparacion suya, la anterior conducta de la audiencia. No bastando las cárceles para contener el número de los reos, mandó construir nuevos calabozos, pero tan estrechos, húmedos y pestilentes, que un siglo despues, conservaban todavia el nombre funesto del visitador. Condenó al último suplicio á personas de las familias mas principales: hizo dar tormento á D. Martin Cortés hermano por parte de padre, del marqués que habia quedado en México con poderes de su hermano, y á otros muchos sujetos, cuyo crimen consistia únicamente en relaciones inocentes con los supuestos conspiradores. No podia, pues, ser mas violenta la situacion de los habitantes de la Nueva-España, y licito es conjeturar que si se hubiera prolongado por mas tiempo, se hubieran perdido los frutos de la conquista. La audiencia misma motora y causa principal del nuevo gobierno, jamas habia pasado por tantas humillaciones; y ella que creyó mancillada su dignidad con las

prudentes providencias del Marqués de Falces, al considerar ahora el desprecio con que era tratada por el visitador, debió ver en él el casligo de su villana conducta para con Peralta.

Por fortuna llegó á la corte la noticia de los crímenes del gobernador Muñoz; é inmediatamente se trató de poner remedio á ellos. Hallábanse allí á la sazon los oidores Villanueva y Vasco de Puga que el visitador Valderrama habia hecho salir de México; y fueron nombrados para llevar con toda diligencia la realcédula en que se ordenaba á Muñoz que á las tres horas de haberla recibido dejase el mando en manos de la audiencia y viniese á España á dar cuenta de su manejo. Villanueva y Vasco de Puga llegaron á México el martes santo 13 de abril, y dieron al punto parte á la audiencia de los recados que traian contra Muñoz. Grande fué el gozo que la causó esta nueva; pero era tal el miedo que aun caido le tenian, que nadie quiso encargarse de notificárselos. Por fin despues de un largo debate, resolvió el acuerdo que los oidores recien llegados, acompañados del secretario Lopez de Aburto hiciesen saber el real mandamiento al visitador. Habiase éste retirado á pasar la Semana-Santa al convento de Santo Domingo, y á él se dirigieron los comisionados al amanecer del dia siguiente. Mucho tiempo esperaron antes de entrar; y el recibimiento descortez é insultante que Muñoz les hizo, pues apenas se dignó inclinarles levemente la cabeza, les dió aliento para desempeñar su encargo. Ejecutólo Villanueva, sacándo del pecho la real cédula y mandando al secretario la leyese en voz alta. Quedóse pensativo el visitador luego que la hubo oido, como negándose á dar crédito á la realidad que estaba palpando. El asombro de Muñoz no era como el de Peralta en un caso semejante el de aquel que va á sufrir una persecucion inmerecida é inesperada; sino el del criminal que se siente herido del golpe cuando lo creia lejano. Al cabo de un ralo contestó que obedecia: y aquel hombre que pocas horas antes se creia igual á un monarca, debió solo á la caridad de algunos vecinos el hacer, acompañado de Carrillo, el viage en coche hasta Veracruz. Juntos partieron en una flota, que estaba para darse á la vela, los dos jueces y D. Gaston de Peralta. Llegados á la corte desvaneció éste cuantos cargos le imputaron y dejó satisfecho al rey de su conducta. Es fama que cuando Muñoz pretendió á su vez sincerarse, Felipe II. le dijo con enojo: "Os envié d indias d gobernar, no d destruir:" y le volvió la espalda sin querer escuchar mas razones. Aquella misma noche mu

rió el visitador repentinamente. de aquella comarca, que reuniese las milicias, Las desgracias pasadas habian enseñado á la y saliese á castigar á los rebeldes, quiso él misaudiencia á ser ménos arrogante y esclusiva; mo participar de aquella jornada, y partió ainy en los breves dias que quedó encargada de] corporarsc con el alcalde. Ignoran» cuales gobierno, por la partida de los visitadores, ob- fueron los resultados de su cooperacion; mas servó una conducta prudente y templada. En se consiguió su objeto, pues se obligó á los moctubre de ese mismo año se supo haber llega- dios á dejar libre aquel territorio, despues de do á Veracruz el nuevo virey D. Martin Enri- haberles hecho un gran número de muertos, que* de Almanza, el cual, luego que hubo ar- La historia de aquellos tiempos que tiene tanrojado á los ingleses de la Isla de Sacrificios tas páginas manchadas con crlmenes, tnw

tambien algunas que interesa conservar para honor y consuelo de la humanidad. La ley de la imparcialidad impone al historiador el deber de presentar unas y otras en toda su defor

de que estaban apoderados, emprendió su mar cha para México, é hizo su entrada en esta ciu dad en 5 de noviembre.

1569.—Objeto de todas las esperanzas, D ,

Martin supo merecerlas, y hacer que no fueran midad ó belleza. Mal pudiéramos, pues, omitir ilusorias. Logró calmar los ánimos, y desde los un rasgo que hará cara para siempre lameprincipios de su gobierno dió á conocer que no moria de D. Martin Enriquez. En medio de os Pensaba seguir las huellas de los anteriores, horrores de la campaña, tuvo part.c.dar cuidaMudados los oficios de policia, locaron en este do este virey de que no se hiciese dano i los año las alcaldias de mesla á Hernando Gutier- niños indios que caian en manos de los soiaarez Altamiranoy á Juan Guerrero: las ordina- dos; y concluida la jornada los hizo traer a rias á Diego Ordaz y al Br. Nuñez; la procura- México, y los distribuyó entre las familias riduria mayor, á Gerónimo Lopez; el cargo de cas para que les dieran una educacion cr.st.aobrero mayor, á Francisco Mérida; el alferazgo na. Con el objeto de defender el pa,s de^nuevas real, á Jorge Mérida; la procuraduria de cor- invasiones, fundó en el mismo teatro déla gntrte, á Melchor Legaspi; y la escribania de ca- ra una colonia, á la que llamó de San re upe, bildo á Tomas Justiniano. Una disputa que so en honor sin duda de su soberano, y ie suscitó entre los frailes de S. Francisco y algu- tltulo de villa.

nos clérigos, con motivo de pretender estos se «W.-i572.-i573.-Tal«ael estado de to.

volviese á su convento la procesion en que por negocios cuando llegó a ««ico u ¿e\maisi.

costumbre antigua iban aquellos á la Iglesia de dro Moya de Contreras con el^cargde inqu

Santa Maria la Redonda, vino á alterar por un dor, enviado por Felipe II para establecer e

momento la paz de que comenzaba á disfrutar tribunal de la fé en esta c.udad Temeroso

la ciudad. Fueron vanas cuantas diligencias mimare, do qae I» ,d^^°^2^iSSd¡

se hicieron para lograr un avenimiento: vinie- maba en Europa la reforma logra en partvda

ron a las manoseando los mexicanos la de. rios e„^^^^^Si

fensa de los frailes, y no sino despues de algu- este funesto Presenie. * JL Br0cedió

nas desgracias logró restablecerse la tranqui- f^X^Z^S^^

lidad. Cualquiera medida de rigor en aqne- á nombrarlos oncia lesyi,\> golemni.

lias circunstancias hubiera sido de funestas to Oficio; locad se TM"*»>TMPTM^

consecuencias; contentóse por lo mismo el vi- dad en la Iglesia de So. Domingo. Apoco He

rey, (y era tambien lo mas conforme á su nato- ^^J^^^^Z

ral bondad, con mponcr penas muy leves a otros \anos religiosos uc « ,

los principales culpables en aquel alboroto, taban con el fovor de* TMey <- ámrnnta.

En este mismo año fundó Bernardino Alvarez, tuvo mucha aficion y con el de las corporauo

prévias las licencias necesarias, el hospital de nes y particulares [mas respetables, de suerte

San Hipólito

1570.—Asuntos graves ocuparon á Enrique* en el siguiente. Causaban los chichimecas largo tiempo hacia graves daños en el interior; sin que

que no les fué dificil llenar cumplidamente su mision. Fundó el Dr. Sanchez el colegio en unas casas que le cedió Alonso Villaseca, y se trasladó á ellas con su comunidad el dia 24 de

hubieran permitido poner remedio á ellos los diciembre de 1572. celos v miserables intrigas de que entónces se Por este tiempo establee. J Enriquei tasrtca

ocupaban las autoridades. La impunidad au- bala; y aunque los menade»«» «J^J/

mentaba su osadia, y los mal» eran cada vez esta medida, nueva enteramente para dio

mayores. No satisfecho el virey con haberman- alegando queconella ^^.""f^^r

dado á Juan Torres de Lagunas, alcalde mayor tal á sus giros, no por eso pudieron conseguir Tom. I.

que el virey la suprimiese; porque este juzga-
ba, y no sin fundamento, que el comercio habia
llegado á un punto de robustez en que no po-
dian acabar con él providencias de este género.
1574.—1575.—Mas no encontró igual resig-
nacion de parte de las órdenes mendicantes.
Habia recibido D. Martin una real cédula, en
la cual se le ordenaba, que no fuese admitido
en estos paises ningun prelado que no trajese
la competente licencia del consejo de Indias, ó
que no la presentase á las autoridades civiles
para tener su beneplácito ántes de empezar á
ejercer su ministerio: que se obligase á los de
Nueva España á dar cada año una cuenta exac-
ta del número de monasterios y religiosos que
hubiese en ellos,—con espresion de su edad,
calidad, y del género de ejercicio en que se
empleaban; se mandaba por último, que los
prelados avisaseu al virey ó la audiencia, cual-
quiera variacion que intentasen hacer en los
cargos conferidos á sus súbditos. Las órdenes
creyeron que con esto se atacaban sus privi-
legios y exenciones; y que la autoridad tem-
poral metia su hoz en mies agena, pretendien-
do alterar lo que ya estaba establecido por las
leyes eclesiásticas y por las de sus institutos,
únicas á cuya obediencia podia estrechárselas
en esta materia.—Asl lo representaron á la cor-
te por medio del comisario que en ella tenian,
haciendo un gran alarde de los importantes
servicios que habian prestado y continuaban
prestando á la religion y á la corona. Apoyó
todas sus razones Fr. Domingo de Salazar, obis-
po de Filipinas, y alcanzaron por fin que se so-
breseyese en el asunto, conservándose las co-
sas en el mismo estado. Mas que por la justi-
cia de su resistencia, movióse la corte á no lle-
var al cabo estas providencias por la escasez
que entónces habia de misioneros, y por consi-
deracion debida, sin duda alguna, á personas
tan beneméritas.

1576.--1577.--En esto se entendia, cuando comenzó á anunciarse una peste entre los mexicanos, la cual, creciendo rápidamente, acabó con millares de familias. Ignórase cuafes fueron sus causas, y cuál el lugar que primero sufrió sus estragos. Lo que se sabe es que recorrió casi todo el territorio de la Nueva España, y que no bastaron á detener sus progresos ni á precaver sus efectos, ni los auxilios de la ciencia, ni la vigilancia y esmero de las autoridades. Sus sintomas consistian en un fuerte dolor de cabeza, al cual seguia calentura, sintiéndose al mismo tiempo un ardor que abrasaba al paciente y que nada era capaz de aliviar. Ningun apestado llegaba al séptimo dia;

todos morian en tan breve tiempo. Notóse entónces que no mas entre los mexicanos candia la epidemia, y que solo uno que otro español fué su victima. Esta circunstancia hace que no aparezca heroico el celo con que estos asistieron á los enfermos; no obstante, no necesita de este nuevo mérito para que le consagremos un recuerdo de gratitud. Distinguiéronse especialmente las señoras en acudir con socorros de todo género á los pacientes, y esta conducta noble y desinteresada les grangeo la estimacion y el reconocimiento público. Habian pensado el virey y el arzobispo en levantar hospitales, pero era inútil este arbitrio, porque á esto estaban reducidas las ciudades, los pueblos todos. Creese que llegó á dos millones el número de los muertos. Fuése calmando i.r¡ tanto la peste, luego que cesaron las llúvias; y á la entrada del invierno de 1577, habia ya casi desaparecido.

1578.—1579.—En este año mandó Enrique; que no se cobrase á los indios el tributo que debian pagar anualmente, cuya providencia no contribuyó poco al alivio de aquellos desgraciados. Mas no limitó á esto su atencion paternal el virey. Apesar de las humanas leyes dictadas por los reyes católicos para mejorar su situacion, y contener á los encomenderos, apesar de las frecuentes amonestaciones y reclamos de sábios y respetables misioneros, la raza conquistada sufria grandes vejaciones y trabajos. En las minas era donde se trataba á los indios con mas crueldad. En ellas estaba cifrado todo el porvenir de aquellos ávidos especuladores y á juzgar por los cortos momentos de repuso que permitian á los indios, no parecia sino que habian de disfrutar todos los tesoros que encerraba en sus senos la Nueva España. El virey trató, pues, de remediar estos abusos, y para ello mandó que no se les obligase á permanecer en las minas esclusivamente, sino que ántes bien se les diese tiempo suficiente para cuidar de sus propios haberes y trabajar en el beneficio público, pagándoseles el competente salario.

Esta conducta benéfica y prudente iba haciendo renacer la esperanza de alcanzar mas felices dias. Los últimos de su gobierno fueron turbados por una ocurrencia que conviene mencionar. Habia ido á ver á ü. Martin el comisario de los franciscanos, Francisco Rivera, para tratar con él de un negocio. El virey le hizo esperar largo rato, y al cabo no le dió audiencia. Crey6 el comisario que este era un desaire á su comunidad, y habiéndosele ofrecido á pocos dias predicar en la Catedral, dijo

en el sermon estas palabras con ánimo de zaherir al virey: „en palacio ti todos se iguala, ni se hace diferencia entre eclesiásticos y seculares." Enriquez, que conoció inmediatamente la intencion del religioso, se quejó al acuerdo y pidió su castigo. La audiencia libró una órden para que Rivera marchase á España. Para eludir aquella pena juntó el comisario á todos los religiosos, y cantando el Salmo in exitu Israel de .Egipto salieron en procesion de la ciudad, y en el mismo órden tomaron el camino para Veracruz. Supo por entónces reprimir el virey su enojo, y escribió á Rivera en térmi

nos muy comedidos que se volviese, que los ánimos andaban alterados con este escándalo; y que se le baria la justicia que reclamaba. Volvió en efecto el comisario, y á poco recibió una cédula del monarca para que marchase á España, pues estaba informado por su virey de los grandes atentados que habia cometido. 1580.—La abundancia de ltúvias causó este año una inundacion en la ciudad, y entendia D. Martin Enriquez en la construccion del canal de Huehuetoca, cuando fué promovido al vireinato del Perú.

Alejandro Arango Y Escannon.

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ElRA la tarde: sentado
De un castillo junto al muro
Tierno canto de amor puro
Entonaba un trovador;

Y así cantando decia
Al son del arpa sonora:
„Más no te pido, señora,
Que una mirada de amor."

"Ya la noche se avecina,

Y del sol en tus almenas
Débil rayo toca apenas,
Eclipsando su fulgor:

No hagas que á mi vista robe,
Tendida la niebla oscura,
La espresion de tu ternura
La mirada de tu amor.

Acude ¡hermosa! ninguno
Ha de amarte cual yo te amo:
Oye el sentido reclamo
De tu constante amador:
Yo entretengo tus desvelos,
Entonando dulce canto;

Y tu.... me niegas en tanto
Una mirada de amor.

„Yo he lidiado en Palestina

Y de gloria me he cubierto,
Al volar por el desierto

Mi corcel batallador;
Pero muy mas me enagena
Que del triunfo los loores
De tus ojos seductores
Una mirada de amor.

,,Cuando tras duros encuentros Volvt á tus muros triunfante,

Vi tu angélico semblante
Encendido de rubor.
Tú apenas me dirigiste
Una lánguida mirada,
Que era del cielo inspirada,
Que era mirada de amor.

„¡Hermosa mia! si ornara
Mi sien altiva corona;
Si de la una á la otra zona
Fuera absoluto Señor;
De tus encantos llevado
Trocaria mi grandeza
Por tu mágica belleza,
Por tu mirada de amor.

„Oye benigna, Señora,
Los tristes suspiros mios;
Que yo temo tus desvtos
Mas que del moro el furor:
Que yo rendido te adoro,
Que yo pongo mi ventura
En mandarte mi ternura

Y una mirada de amor."
Ruido entonces se apercibe;

Y una ventana se abria,
Do la dueña aparecia
Del alma del Trovador.
La voz cesó: brilla luego
De la hermosa enamorada
l'na lánguida mirada,
Una mirada de amor.

M. T. TERRER.

México Marzo de 1844.

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