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las tropas de las galeras del rey, solo en mar habian de prestarle servicio; pero en tierra armaron graves alborotos por diferencia de pareceres, y hubo cuchilladas y rasguños en mas de una reunion, comenzando siempre el pleito por las lenguas, que como dijo dias atrás en el sermon el vicario de monjas, son las campanitas con que el enemigo malo llama á junta concejal á las pasiones de los hombres.

„Habia en la villa dos jóvenes, gallardos como dos nogales; pero opuestos en opiniones y conducta como realistas y constitucionales, como el Bel de fechos y el señor escribano, mi compadre: ambos en sus escursiones habian, ayudados de sus parciales, devastado las tierras que fuera de la villa poseia su contrario, y arruinidose mútuamente; porque en esas contiendas el diablo es el que gana; pero lo que mas estrañeza causa, observa justamente el autor del libro, es que siendo tan opuestos los dos mozos en lodo y por todo, estuviesen solamente de acuerdo en el amor que profesaban á una niña tan bonita como bien criada para aquel entónces, que se llamaba Angela, y era hija del corregidor Don Roque de Salazar, gran partidario del gabacho, y amigo por ende de Pedro de Almansa, enamorado de la moza, que lo estaba muy perdidamente del carácter dulce y sencillo de Alfonso Castillejo.

"¡Pobre mozo! habia visto desaparecer toda su fortuna, incendiada por los paniaguados de Almansa; su padre habia muerto á manos de este, en la misma refriega en que él quedó cautivo, siendo sentenciado á servir por seis años en las primeras galeras reales que en demanda de tripulacion, arribasen al puerto. No tardaron estas, que lamala fortuna presto asoma; pero el pobre Alfonso tuvo antes de partir el consuelo de hablar con Angela una noche.

—"Se ha cumplido, le dijo, la prediccion de la bruja Teodora. Cuando me acerqué á ella y me tomó la mano para examinar sus lineas, me temblaba el corazon dentro del perho; porque temia que me hablara de ti, Angela mia; porque temia en la revelacion de un porvenir fatal, ver irremediable la desventura de perderte. Me anunció la pobreza que he sabido sobrellevar, la prision que he podido sufrir y la sentencia insoportable que me separa de tl, bien mio; pero me dijo tambien con un tono profético que un breve placer suele ser á veces el principio de un larao infortunio. ¿Y cuál puedo sentir mas que el de perderte? Yodo lo he perdido ya, mi familia, mis bienes, y hasta mi carácter apacible y sencillo; siento nacer en mi corazon las malas pasiones, y una insaciable sed de venganza va secando mi alma y mi garganta. Un lazo nada mas une mi pasado con mi porvenir, ese eres tú: una vez roto, daré suelta á mis ¡mpetus, y ayl del que caiga bajo de mi daga.... ay! del que mi brazo pueda precipitar al abismo. Uno de mis perseguidores será nada mas sagrado para ml, tu padre.

—"Gracias, gracias, Alfonso: parte á surcar

los mares procelosos del infortunio, yo te esperaré en la orilla de la constancia, amante y liel, aunque el infierno se conjure en coutra de nosotros.... muerta ó viva, pero siempre tuya, en el sepulcro ó en el tálamo! ¿Mas qué ruido? ¿No oyes?

—"Es la bruja Yeodora, que me ha conducido hasta ti.

—"¡La bruja, tengo un miedo!!... acércate á mi, solo en tus brazos estaré tranquila.... ¡Qué oscuridad! Dios mio, me quema tu aliento, Alfonso!

—"Angela! apártate, huye de aqul; ten piedad piedad de tl misma.

—"Me abraso.... me muero... Alfonso!... misericordia!!"

Faltaban aqul dos hojasdel singular libro, que el cura párroco habia arrancado de él para entregársele al nieto de la tia Ursula.

Esta, con difuso estilo, de que quiero dispensar á mis lectores carlsimos, continuó contando como Castillejo se hizo á la mar á la siguiente mañana, y como Angela desde aquel üia vivió enfermiza y desconsolada, pretendida siempre del hidalgo Almansa, hombre de ojos torvos y ceño judaico-, que prometia andando el tiempo, acabar en un cadalso ó fungir brillantemente en los destinos de aquella revolucion; porque para los grandes picaros no existe el bienaventurado,/«s<o-wied/o.

Sigamos empero nuestra peregrina relacion, que tengo para ml que ha de ser muy soporlfera segun el sueño que al escribirla se apodera de mis párpados; y á fuer de fino servidor de mis leyentes, y sobre todo, de los que pertenezcan al sexo de mi heroina, porque es mi fuerte, con perdon del idioma, el ser rendido con las damas, laconizaré, como dije, el estilo de la oradora, de cuyo cuento solamente he podido conservar en la memoria los fragmentos siguientes. Empero felizmente este es el siglo de los fragmentos, y no incurriré en el enojo de los literatos de pelucon, por seguir el esplritu de mi época.

III.

—Abre, vieja maldita; que no soy alguacil del santo oficio, ni vengo á llevarte á la hoguera que mereces.

—Válgate por hidalgo, y que mal humor gasta; á fe que el diablo, mi señor, es mas comedido aun en los conciliábulos que con él tenemos las hermanas al rededor del espino de Cernéula.

—¡Asquerosa harpia! sabe que en ese conciliábulo con que embaucas á los imbéciles, le hiciera la razon á tu señor el demonio con el puño de mi mano ó la punta de mi pié; pero no vengo á tratar de esas brujerias sino....

—Entiendo; dadme vuestra mano derecha.

—¡Ira de Dios! ¿quieres que con ella te haga añicos la cabeza? Despues de venir al través de esos espesos y lóbregos bosques, despues de pasar despeñaderos endiablados, me sales con pedirme la mano, como si fuera yo un clérigo ignorante ó un aleman supersticioso. ¡Voto á Cristo! si tienes el don de adivinar, di cual es el asunto que á tl me trae; y si no guárdate bien de esos misterios; porque haré que le desgarren tus carnes de hechicera los dientes de mis perros de caza.

La vieja Teodora se inmutó; pero volviéndo en sl de su estupor repentino, que no se escapó á la penetracion del hidalgo, empezó á dar vueltas alrededor de él, describiendo cada vez un circulo mas estenso, y murmurando siempre un conjuro en términos ininteligibles; despues sacó un relicario del seno, abrióle, esparció por el suelo un polvo amarillento, comenzó á temblar convulsivamente, y lanzó un penetrante alarido que repitieron con asombro los ecos mas lejanos de los montes.

—¡Y bient le preguntó Almansa, que con los brazos cruzados habia presenciado con serena inferencia la ridicula ceremoria.

—Vivo sois de genio, señor Pirata.

—Como!! sabes tu, bruja infame?

—No os desazoneis, D. Pedro de Almansa; allá.... mirad.... en la ensenada, aquella galera negra que está al ancla, sin velas ni banderola, es la vuestra; vuestro teniente os reemplaza perfectamente mientras con tanta frecuencia os Easeais en la villa al lado del buen ü. Roque de alazar, que ignora que haceis vuestra brujerias Íior la costa, como yo pirateo por las tierras de os tontos, segun vuestro parecer.

—Calla, ó este es el último instante de tu vida.

—No lo temais, porque aun no be satisfecho vuestra curiosidad.

Hazlo pronto, si quieres vivir.

—Impaciente como buen enamorado, ¡oh! y lo que es la niña merece todo vuestro cariño ¡qué hermosa es! harto se conoce que no la vló en la infancia ninguna de mis hermanas. ¡Qué sangre tan pura para el alimento de una de ellas! Seguid, señor caballero, que juroos no habeis de hallar mas bella dama en tierras de Castilla, aunque ahora esté algo palidita y enfermiza. Pero es lástima que os haya ganado por la mano el marino Alfonso de quien lleva Angela

—¡Impostora! gritó con voz de trueno el Pirata.

—Nada mas cierto, contestó con calma la bruja: la vlspera de la partida de Alfonso, veniais de recomendar al capitan de la galera La Flamenca que oprimiera con crueles tratamientos á vuestro rival; mientras pasabais por la calle, él la estrechaba en sus brazos, y entónces una voz medio enronquecida cantó en la ventana una copla....

—Que empezaba.

Nunca el mucho vino alcanza
A apagar la ardiente sed

—Y concluia, continuó cantandola bruja con un estilo irónico,

Quien busca solo venganza,
-Perece en su propia sed.

—Maldita mil veces, rugió el hidaldo arrojándola al suelo: un velo de sangre ofuscó su vista, y pálido, desencajado el rostro, trémulos todos sus miembros, corrió por aquellos despeñaderos y precipicios como ligero gamo, entró en la villa ya al anochecer, y se dirigió á la casa de Angela.

Aquella noche se oyeron en la ensenada los

gritos sofocados de una muger á quien sujeta an algunos hombres; poco despues el áspero ruido de áncoras levadas, y á la mañana siguiente, habia desaparecido de la ensenada la Galera negra.

No se volvió á saber nada en muchos años, ni de Angela ni del Pirata: algunos creian que un buque que en ciertos dias blanqueaba al anochecer en el horizonte, era el de Pedro Almansa, á quien se habia llevado el diablo, decia la bruja, en aquella misma galera, ahora tripulada por los demonios, que se acercaba á la costa de tiempo en tiempo, para ver de recoger á sn bordo las almas de la infeliz Angela y de su hijo, ahogado al nacer por ella misma, y que vagaban en pena, esperando la vuelta de Alfonso Castillejo.

Este habia sufrido con heróica resignacion, cuantos reveses descargó sobre él la grosera autoridad del capilan de la Flamenca; y al cabo de algun tiempo de servicio en la real marina, diósele el mando de un buque pequeño de guerra con atgunos cañones y hasta catorce marineros, que asl respetaban los conocimientos del jóven oficial, como amaban su carácter dulce y resignado y sus modales corteses.

Sensible les fué por cierto la revolucion quo operó en el carácter de su comandante, la noticia del trágico suceso de Angela, llegado á oidos de Alfonso á poco de arribado á su patria, de la cual se hizo al mar la misma noche con todo silencio, y sin aguardar las superiores órdenes que debia obedecer.

Y aqul el cuento de la vieja, á guisa de drama romántico dividido en aclos, cuadros y escenas, deja el vacio de un año entre uno y otro acontecimiento; lo que no estrañarán los que me lean, poco cuidadosos de la unidad clásica, y tan deseosos de. saber el fin de la historia, como yo de concluirla, para reposarme á la sombra de los laureles que á no dudar colocará sobre mi cabeza, andando el tiempo, el genio de la historia. Sublimi feriam sidera vértice.

IV.

¿No habeis visto el mar? Imposible es que podais concebir una remota idea de lo infinito; imposible tambien que llegneis á comprender, sin admirar el poderlo de ese elemento formi-' dable, el mas pequeño remedo de la omnipotencia del Criador, que desencadena sobre él los tempestuosos huracanes para conmoverle hasta en su fondo de arena ó de roca, y los hace huir rápidos ante las brisas lánguidas, cuando quiere que refleje en apacible calma el sol del claro dia ó las trémulas estrellas de la noche oscura.

Sentado sobre el castillete de popa de un buquecillo pequeño, apoyando sobre la mano una frente arrugada aunque juvenil, fijos los ojos sombrios en el movible llano delas ondas, descompuestos el cabello largo y el retorcido mostacho, meditaba Alfonso Castillejo profundamente sobre su tremenda desventura; anhelaba un poder igual al del elemento que surcaba en pos de una venganza; y el huracán que agitaba su esp¡ritu, parecia cierto presagio de la tormenta que se preparaba á revolver el oscuro espacio de aquella tarde de invierno.

Eu efecto, soplaba el viento con furia, y crujian con melancólico rumor los cables azotados: las nubes, mas negras á medida que desaparecia de occidente la claridad que en pos de sl deja el sol al esconderse, vagaban desatentadas por el cielo, que poco á poco encapotaban, y chocándose producian un sordo y prolongado trueno, que segula de cerca al pálido fulgor de amarillento relámpago., cuya imágen pasaba rápida en las oscuras y espumosas olas.

—Vela por popal gritó el grumete desde la punta del palo mas elevado del buque. Esta voz conmovió al capitan, que con la velocidad de un tigre se avalanzó á la escala, y subió A comprobar por sl mismo la, verdad del grito del grumete.

—Es la Galera negra, dijo Alfonso, en cuyos ojos brillaba una alegrla satánica; Piloto Ituiz, disponed el zafaranclio inmediatamente. Una actividad silenciosa y enérgica sucedió á la anterior tranquilidad. A poco oyóse la voz de ¡Vira de bordo!; el vélamen azotado por la tempestad crugió al cambiarse, y la barca, tendida sobre el costado, ciñendo al viento continuo que la her¡a, cortaba con proa resonante las aguas tormentosas, haciendo rumbo Acia la Galera que se acercaba magestuosa y amenazadora.

Bramó la artilleria de uno de sus costados vomitando sobre la barca mil muertes; pero esta, virando de bordo con la ligereza de un corzo, presentaba verticalmente á su enemigo ya uno ya otro lado, y hacia con sus escasos cañones un incesante fuego, que fatigaba A la galera y destruia por lo cerlero de los tiros, sus jarcias y velAmen. El humo era tan denso, el fuego lan continuo, que á pesar de la bravura del viento, los dos combatientes se batian en una atmósfera abrasada, y circundados de una nube que les ocultaba A la vista de los que en la costa atendian con ansia el término de aquella horrible lid entre dos buques desconocidos. En una de las maniobras de la barca, pasó tan próxima á la Galera, que de esta le arrojaron un combustible violento cuyos progresosgigantescosaterraron á la tripulacion; pero Alfonso, viendo la imprescindible necesidad de abandonar su buque, ya incendiado, ó de perecer entre las llamas, coge el viento á su contrario; se acerca A él, se amarra á su costado izquierdo con el auxilio de gardos y otros instrumentos; descarga toda la artillerla de su costado derecho, despedazando asl el de su contrario; lanza el tremendo grito de: al abordage! y seguido de los marineros que le quedaban, se precipita sobre la cubierta de la Galera negra.

Apenas se habia separado de ella la barca incendiada, cuando estalla esta con hórrido fragor y desaparece entre un volcán de llamas, que embarga por un momento el valor de los combatientes. Empero el incendio ha cundido tambien en la Galera, sobre cuyo bordo se ocupaba cada uno solamente en defenderse ú opnmir á su contrario: la sangre manchaba la cubierta que la llama dejaba libre; el pié del que combatia resbalaba sobre el crAneo ensangrentado del moribundo; casi todos los que vivian, se habian precipitado al mar para salvarse del incendio; y solamente dos hombres, con los puñales en los cintos, y las cuchillas en las manos, se buscaban con rábia desesperada sobre aquel puente abrasado, que se hundia bajo sus piés. Allá junto A la popa se encontraron por fin; pero uno de ellos retrocedió aterrado ante su competidor, y de un salto se lanzó al mar, gritando; Alfonso'.

¡Pedro! prorrumpió el otro, arrojándose en pos de él.

En aquella mar donde fluctuaban en confusion tablones, cables y miembros mutilados, buscaban en vano por la oscuridad los ojos relucientes de Alfonso, A su aborrecido rival; ve áun hombre que Dada, le sigue con la velocidad de un pez, va A asirle, cuando estalla horr¡sona la incendiada Galera, y á su luz mor i crina reconoce A uno de sus mismos marineros. . . . pronunció entónces una horrorosa blasfemia, clavó sus dientes en su mano, y de aquellos y de esta brotó un poco desangre.

liéle alll. ... le reconoce, se precipita á él con la ligereza de un rayo, y el uno detras del otro nadan durante mas de media hora, hácia la costa, por una mar mas irritada y rugidora: una ola los acerca, otra los separa; vuélvense A encontrar. Alfonso hace un esfuerzo para asir al pirata, y cuando cree conseguirlo, un golpe de mar los aleja. Pedro lanzó un grito de esperanza, su rival un rugido de despecho. Por largo tiempo estuvieron próximos, pero sin verse mútuamente. Castillejo como el tigre en acecho, no respira para escuchar mejor; su contrario hace un movimiento que le vendió: lánzase A él Alfonso, tócale por tin, le oprime entresusrolnislos brazos, y el golpe formidable de una montaña de agua, los arroja desmayados sobre la arena de la costa.

Era esta una ensenada chica que forman inmediata al pueblo de L.. . ., por el Este un precipicio profundo, al pié del cual el agua toma un color negruzco, ya sea por efecto de las rocas negras que hacen su fondo, ya por la altura prodigiosa desde donde se mira; y por el Oeste un derrumbamiento de tierra, y un declive de piedra blanquecina y azulada, en el que años despues se ha esplotado una mina de yeso; pero que impracticable en aquel tiempo, impedia todo acceso á la ensenada, donde en misérrima choza se albergaban sustentándose de mariscos, una mugery un niño.

Apenas volvió en sl el Pirata, quiso inútilmente desprenderse de los brazos de su enemigo: alzóse este con rAbia convulsiva, y sacudiéndole con violencia le arrojó A dos varas de si, y quedaron el uno en frente del otro: sin proferir una sola palabra, echaron ambos manos A los puñales del cinto, y se embistieron en medio de la oscuridad de aquella noche tempestuosa, como dos tigres que se disputan una presa. Poco duró el combate; un ay! lanzó moribundo el Pirata, y se desplomó exhalando el postrer suspiro: Alfonso, arrojando sangre de una profunda herida, se dirigió en demanda de socorro á la vecina choza, en donde espiró en los brazos de una muger demente y con horror de un niño que huyó espantado A esconderse en una roca. Eran Angela y su hijo; ni ella ni él conocieron al moribundo Alfonso.

V.

Aqul concluyóla vieja su narracion: la lumbre del hogar se habia ido apagando lentamente: los vecinos se retiraron contristados con la horrorosa leyenda, y con ella deliré toda la noche entera sin poder conciliar el sueño, hasta que el alba tardia empezó A iluminar debilmente los vidrios opacos de la ventana do mi cuarto.—C. Collado.

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