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—Cómo so conoce que no me amas! ¿No te he dicho que mi clase, mi fortuna, cuanto poseo, lodo es tuyo, y que todo el universo me parece homenage escaso átu hermosura? Si: pediré á tu padre tu mano, serás mi esposa, y entónces seremos el báculo que sostenga sus pasos inciertos, el bálsamo que sane las heridas de su alma. Me crees, bien mio?

—Ah! sabes que mi padre y tú sois los únicos objetos de mi ternura. Por qué le amaré tanto!....

—Y le has conOado á tu padre nuestro amor?

—No me he atrevido, temiendo que cuando supiese quien eres, no me acusase de liviana en dar oidos á quien la suerte ha hecho tan desigual conmigo; mas se lo diré lodo, y Dios proteja nuestras intenciones puras. Mas olvidaba decirte el suceso desagradable de mi padre con el presidente de la Audiencia, con D. Pedro de Castro....

—Si, cuentámelo lodo.

Y contóle Ines como yendo con su padre por la misma calle en que vivian D. Luis y D. Pedro, este los habia llamado; no olvidó decirle el suspiro que se le escapó al pasar frente á la ventana de D. Luis; y por último, cuanto les habia pasado en la casa del oidor, y la amenaza que este les habia hecho.—No te aflijas por eso amada mia, repuso D. Luis, yo no os perderé de vista un instante ni á ti ni á tu padre. Dame á besar lu mano hermosa, y no olvides que nada habrá que se oponga á nuestro casto amor.

Sacó Ines su mano de alabastro, y D. Luis imprimió en ella un beso ardiente que revelaba toda la fuerza de su pasion. Se retiraba ya D. Luis, é Ines con el brazo apoyado en la reja le seguia con la vista, cuando una mano vigorosa asió fuertemente la suya; volvió el rostro asustada, reconoció á la luz de la luna á I >. Pedro embozado en una ancha capa, arrojó un grito de terror, y escuchó estas palabras que pronunció el oidor con voz terrible.—He aqul por qué no podias corresponder á mi amor; pero me vengaré.

Elgrilo agudo de Ines despertó al ciego que la llamaba á voces, „Ines, Ines;» é hizo volver á D Luis, qnien al ver aquel hombre que la tenia asida, se precipitó sobre él con la espada desnuda, el oidor hizo lo mismo, y se trabó una lid que hubiera acabado por la muerte de uno de los dos, á no haber sido por la ronda, que acudiendo con presteza, logró separar á los combatientes. Asieron de ambos, mas el oidor con acento imperioso declaró su nombre que hizo enmudecer á los ministros de Injusti

cia, se embozó sosegadamente en su capa, y mandando que llevasen á D. Luis, se alejó con paso mesurado. Pascual habia llegado ya á la reja en busca de su hija, ála cual encontró desmayada.

IV.

En una prision estrecha y alumbrada solo por la débil- claridad que daba una pequeña claraboya, estaban dos personas silenciosas, tendida la una en el suelo y puesta la otra de rodillas dirigiendo al cielo una plegaria fervorosa: eran Pascual é Ines. Pascual devorado por una fiebre violenta, pronunciaba de cuando en cuando algunas palabras: y su hija pálida, descompuesto el cabello y juntas sus manos, confiaba á la Virgen Maria sus angustias, demandándole un destello de consuelo. D. Pedro era la causa de sus padecimientos; ofendido con la conducta de Pascual y ciegamente enamorado de Ines, habia hecho que uno de sus criados los siguiese para saber su casa, y que se informase todo lo posible de las circunstancias mas ligeras que les concerniesen. Supo como D. Luis hablaba todas las noches con Ines,- y con el furor de los zelos se propuso vengarse de su rival, del ciego y de su hija; mas untes queria comunicar á Ines su venganza, para ver si por este medio lograba que cediese á sus deseos. Impidióselo el ruido que hizo volver á D. Luis y despertar á Pascual, y vióse precisado á dar un paso que hubiera querido retardar hasta no convencerse de la imposibilidad de que la hija del ciego le correspondiese. Manchó, pues, con la mas infame calumnia la reputacion de aquellas dos almas cándidas y desgraciadas; supuso que el dia que habian estado en su casa el padre y la hija, se habian sacado una joya de rico precio, y con tan negra maquinacion favorecida por el gran crédito de que gozaba, logro que los llevasen presos, siempre con ánimo de acriminarlos ó declarar su inocencia, segun le conviniese. Sabedor Pascual por uno de los que fueron á llevarle, de la atroz calumnia que motivaba su prision, se apesadumbró de tal suerte, que apénas huboentrado á la cárcel, cuando tuvo que ceder á una fiebre violenta que amenazaba privarle de la existencia. Hacia ya dos diasque estaban en el calabozo, y la enfermedad de Pascual progresaba constantemente, tanto que pidió un sacerdote que le acompañase en sus últimos momentos. Ines no se apartaba un punto de su padre, y habia llegada al estremo á que conduce ese dolor profundo é inesplicable, que no nos deja proferir una tnieja ni derramar una lágrima. Su padre cercano ála muerte, y acusado de un delito vergonzoso, su amante encerrado probablemente en una prision; ni un auxilio, ni un amigo.... ¡Pobre niña! Cuánto pesa sobre tl la mano de Dios que se complace á veces en probar la fortaleza de los que mas ama!

Llegó el ministro del altar, y despues de haber oido la confesion del ciego, pronunció con voz grave y inagestuosa la absolucion, é Ines de rodillas pronunció un Amen arrancado de lo mas intimo de sus entrañas. Comenzó luego el sacerdote á rezar las preces con que la Iglesia cierra amorosa los párpados del moribundo, y Pascual las repetia con voz clara y sonora, y con aquel semblante animado, con aquel acento tierno y vehemente de una alma ci i ida para comprender los misterios de la armonla.

En medio de aquella escena solemne se presenta el oidor, llevado por el deseo de ver á Ines, para empeorar ó mejorar la suerte de sus victimas; mas atónito con aquel espectáculo imponente, quedóse parado en el umbral de la puerta del calabozo. Advertido Pascual por su hija de la presencia de D. Pedro: „Os perdono, le dijo, mas tened compasion de mi desventurada hija." Y tú, bija mia, prefiere mil veces la muerte á la deshonra; recibe de mi mano la prenda que en igual caso me dió mi madre en otro tiempo. El cielo me negó la dicha de recibir un solo beso de mi padre, toma su retrato y conservale en memoria de ml." Dióleel retrato, y el oidor se acercó á verle como arrastrado por un impulso irresistible; y como dudoso de lo que veia, estúvose examinándolo algun tiempo á la luz, y dirigiéndose á Pascual, preguntóle con la mayor agitacion.

—¿Tu madre le dió ese retrato que dices ser de tu padre? -Si.

—¿Y dónde naciste?
—En Guadalajara.

—¿Cómo se llamaba tu madre?
—Clara de S....

—¡Hijo mio! ¡Hijo mio! esclamó el oidor, arrodillándose delante de Pascual, ¡perdon! Yo soy el miserable que abandonó áClara, yoquien te quitó la vida, esa vida por la cual diera ahora gustoso mil, si oiras tantas tuviera.—Padre mio, estábais perdonado; recibid ahora mi amor y perdonadme vos.

Estendió Pascual los brazos hácia D. Pedro, y este fué á unir su rostro con el rostro del ciego.—Déjame, hijo mio, le decia, recoger con mis lábios tu último suspiro.

Duraron asi algun tiempo D. Pedro y Pascual, maseste apartando suavemente á su padre.—Padre mio, le dijo, mi fin no dilata mas que algunos momentos; os encargo especialmente á mi hija.

—¡Oh! Ines mia, ¡ven á mis brazos! Te amo, si, pero no con un amor criminal, sino con el de un padre á su hija. ¡Necio de mi! no conocia que era la sangre que le habla á la sangre. ¡Mas ah!.... tú amas á D. Luis, lo sé bien, y él te ama a tl. ¡Hola! sacad sin perder un momento al preso del calabozo inmediato, y traedleaqul.

Corrieron inmediatamente el carcelero y un críado que habia venido acompañando á D. Pedro, y volvieron al punto con D. Luis, que sorprendido con la escena que se presentaba á sus ojos, no podia siquiera desplegar sus lábios.

—D. Luis, le dijo D. Pedro, dad la mano de esposo á mi nieta.

—}Vuestra nieta! esclamó D. Luis.

—Sl; y desde ahora sois dueño de todos mis bienes. Quiera el cielo perdonarme mis crlmenes, pues conoce lo sincero de mi arrepentimiento.

El sacerdote bendijo aquella union, y Pascual con sus lábios entreabiertos por una sonrisa apacible, exhaló su último suspiro.

JUAN N. NAVARRO.

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Lomen zaban los hermosos dias del mes de junio de 1821, y los reia pasar con la indiferencia de la niñez, con el sobresalto de la infancia, cuyos goces, aunque los mas puros, tan pronto se esperimentan con agitacion, tan pronto son acibarados por el dolor que desde la cuna comienza á conmover el corazon del hombre. Vagaba incierto por los risueños senderos de una hacienda situada entre las provincias, entonces, de México y Qucrétaro, y mi alma no aspiraba mas que á perseguir una mariposa, ó á recojer algunas flores con que la primavera matizaba los campos, para formar un ramo que despues abandonaba con la inconstancia de niño.

Una tarde á la relacion de un correo que acababa de llegar, mi familia toda se demudó al oir el nombre terrible del coronel Concha: yo me estremeci tambien, porque mil veces habia oido decir que era un enemigo jurado de mi padre, á quien habia querido juzgar como á otros, en Tulancingo por una conspiracion que debia haber estallado en 819, y que fué descubierta: Concha quiso Varias veces que se le entregase á mi padre, y a no haber sido por la bondad de Apodaca, y por el generoso comportamiento del coronel Antonelli, del mayor Terrés, hoy general, y del fiscal Iglesias, actualmente coronel, que fuertemente se opusieron, habria ido á Tulancingo á sufrir los tormentos que Concha hacia pasar á los demas prisioneros. Vino la constitucion del año de 20 y á esto debió mi padre, como otros, quo no hubiese terminado su vida en un patlbulo. Aun no se habia borrado en mi familia la idea del riesgo que habia corrido mi padre. La relacion del correo que anunciaba la pronta llegada de foncha, con una fuerte division en auxilio de San Juan del Rio y Querétaro, vino á producir en nosotros un terror mortal, que se aumentaba por haber tomado mi padre partido en la causa nacional (1).

(1) No se crea en ml vanidad descender a estas par. ticularidades domesticas: si me ocupo en ellas, es puramente para que se forme a'guna idea de los sentimien. tus de aquella época, por los que el grito de Iguala, fué.

En la siguiente mañana se preparaba mi familia para huir, cuando se dijo que por el camino de San Juan del Rio venia tropa, y esto hizo temer que la hacienda fuese el teatro de alguna accion entre los independientes y los realistas de Concha: resultó, pues, en mi familia la incertidumbre que acontece en semejantes ocasiones, en las que se ve encima un inminente peligro, y mas cuando no «staba presente el gefe de la casa. Mientras se turaaba algun partido llegaron algunos oficiales aposentadores. Súpose por ellos que venia el batallon espedicionario de Murcia: nada dijeron que pudiese revelarla causa de su llegada; perode sus maneras y semblante agitado, se infería que algun acontecimiento desfavorable les babia sucedido. Se consideró prudente no huir ya; á poco mas de una hora llegó el regimiento que venia marchando con el órden y con la disciplina propia de las tropas españolas. Volvia humillado y lleno de vergüenza, pues se habia desertado del ejército trigarante, despues de haber jurado en Iguala el plan de independencia, lo que manifiesta la dificil posicion en que se vió al principio el gefe trigarante; pero su alma abundante de felices inspiraciones en momentos cr,ticos, supo sobreponerse á la fortuna, que todo le concedió ese año bautizado justamente con el nombre de independencia. El batallon que se dirigia á marchas dobles á la capital, descansó hora y media y se marcho con aire silencioso, y el de la desesperacion comprimida, dejando á los habitantes de la hacienda no sin alguna zozobra: tal era la sensacion que aun producian aquellos soldados.

Serian las cinco de la tarde del mismo dia, cuando una gran polvareda por el camino de Tierradentro indicó la aproximacion de nuevas tropas, lo que volvió á los ánimos á su antigua tortura: la paciencia y el sufrimiento se habian agolado en tan corto intervalo. La afliccion mas aguda se apoderó de lodos, y no se podia ni aun respirar viendo sobrevenir nuevos riesgos. En breves momentos llegó á galope una descubierta de caballeria: la confusion en mi familia y demas personas de la hacienda no tuvo igual, temiendo de un momento á otro algun accidente: se percibió en algunas voces el nombre de Concha, y con esto aumentóse el sobresalto: entró luego un criado con semblante alegre y dijo que las tropas que llegaban eran independientes. Una esclamacion general de regocijo estalló, y todos fueron á ver á los independientes; yo sall tambien lleno de gozo. Se supo que venian á encontrar 4 Concha, á quien creian inmediato y deseaban batir.

como ninguno otro, tan espontánea como generalmente aplaudido y secundado: ademas, estos detalles comprenden parte de las primeras impresiones de aquella traniicion tan repentina en que la reflexion se subalternó á lo* resultados mas sorprendentes, y que cada uno llevaba en s¡ la novedad.

La vanguardia ó descubierta la formaba el antiguo insurgente Encarnacion Ortiz con sus valientes soldados de la Sierra de Guanajuato: asido de la mano de una persona fui adonde estaba la tropa. Vi por la primera vez á los libertadores de mi patria, y sin comprender nada mi corazon, aunque tierno, palpitaba de alegria. Consideré de cerca á estos soldados y ásu gefe, que tenian un continente guerrero esclusivamente nacional. La mayor parte llevaba sus cueras ó cotones largos de charro; y calzoneras de venado, botas de campana y sombreros jaranos, componian su uniforme: carabina, lanza, machete y reala, era su armamento y montaban unos fogosos caballos, á los que manejaban con destreza sin igual; y en donde este escuadron caia, dejaba tras él una huella de sangre y de desolacion. Ortiz, conocido por el Pachon, era una celebridad de la época:.su patriotismo de un tiempo que ahora volvia con mayor brio á desarrollar, y su valor de siempre, lo hacia notable entre los héroes; y su singularidad infatigable en el servicio y en el peligro le valia el honor de marchar á la vanguardia. Yo lo contemplé con una mezcla de temor y simpatia, con aquel sentimiento interior de los primeros años que tan pronto nos aconseja permanecer, tan pronto huir de lo que hiere nuestra alma de curiosidad ó de desconfianza. Si mis recuerdos de aquella época muy vagos por sl, no fuesen débiles, con las relaciones de personas fidedignas que han podido conservar una idea hasta el dia de aquel hombre, tipo de nuestros primeros guerrilleros, yo diria que era de una estatura alta, de color trigueño, ojos rasgados, y llenos de vivacidad, barba escasa, franco en sus maneras, lenguaje y espresion que participaban del candor, jovialidad y respeto de nuestros hom

bres del campo, con un tanto delo brusco del solda do, segun erala persona con quien se comunicaba: un carácter suave y condescendente con sus subordinados, interin no faltasen á la disciplina y al honor militar, pues entonces era inexorable en el castigo; sagaz y emprendedor, con un valor y serenidad probados en los momentos en que el éxito se dejaba iutegroálatemeridad; una constancia sin igual para sufrir todo género de privaciones; un sentimiento de pundonor, que le aumentaba la confianza de sus gefes; y por último, poseia suma destreza en el manejo del caballo, y uso de sus armas. Pues bien, este hombre y sus soldados fueron los primeros independientes que vi habiendo llegado antes que otros: formáronse luego y esperaron á los demas cuerpos: siguieron despues dos escuadrones del cuerpo de caballeria de S. Cárlos, otrosdelPrincipey Sierra Gorda; ácontinuacionel florido regimiento de infanteria de Celaya, el de laCorona, Nueva-España, y otros de infanteria. El sonido de las músicas militares de esta y el de las bandas de clarines de la caballeria, enagenaban los esplritus. Fué entonces cuando mi alma recibió laprimera impresion de entusiasmo y patriotismo; impresion dificil hoy de sentirse en estos tiempos positivos: hoy en que esas sensaciones, aun para los que tenian entonces desarrollada su sensibilidad de desinterés y de gloria, están amortiguadas, estinguidas, y no queda mas que un recuerdo como en sueños de una época que no volverá, porque no volverán el génio que la impulsó, y el que la apoyó; únicos fundadores de la emancipacion mas sorprendente del orbe; pero sin querer me distraia de mi objeto para decir que el gefe de la division que habia llegado, era el coronel D. Anastasio lluslamante: presentóse en medio de un escogido estado mayor, y rebosaba su alma la ansiedad de ver realizada la combinacion que se le habia encomendado por el primer gefe del ejército.

Este lo habia dicho en San Juan del Rio:— Compañero Bustamante, el coronel Concha viene de México con una fuerte division para proteger este punto, que cree el virey que todavia está de su parte, y llamarnos la atencion para la toma de Querétaro: irá V. á encontrar á aquel, y en donde quiera que se presente, hágale conocer con la acostumbrada bizarria que distingue á V., que no es fácil atacar á los soldados de la independencia. Descanso en la actividad y constancia con que V. siempre se conduce, para hacer que Concha no vuelva á salir de México, y entretanto quedaremos espeditos para la mas pronta conclusion de nuestros planes. Eu este momento deba V. marchar. —Señor, respondió Bustamante, me esforzaré en llenar los deseos de V., que en ello cumpliré con mi deber hacia la patria, y con la gratitud que debo á V. por su empeño en distinguirme.—Balido ó replegado Concha, agregó Ilurbide, será conveniente recoja V. á su regreso los caudales públicos que existen en las cajas reales de Zimapan. Ademas servirá la espedirían de V. para organizar todos los pueblos, cuya opinion está manifestada á nuestro favor.

—Señor, dijo Bustamante, me lisongeo de que podré corresponder á las esperanzas de la Nacion y de V.: nada me detendrá para aleanzar este objeto, pues con los valientes que me acompañan todo se pueile emprender.

Bustamante anhelaba por un encuentro, deseando que la fortuna le proporcionase los momentos de venir á las manos con Concha: los soldados de aquel, tenian unos mismos sentimientos, y los instantes que se interponian se prolongaban como siglos.

El mayor órden reinaba en la division patriola, y las disposiciones eran tomadas con violencia y exactitud. A otrodia de la llegarla de la division se puso en marcha muy de mañana, -dejando los mas gratos recuerdos de admiracion y de entusiasmo, y avanzando hasta Huehuetoca, Concha se replegó á México; emprendiendo en seguida su retirada sobre Querétaro el coronel Bustamante, despues de haber recogido algunas barras de plata de Zimapan, y cumplido con todas las instrucciones que habia recibido.

El primer gefe manifestó su satisfaccion á la décimasegunda division y á su digno gefe con las mas vivas demostraciones que aumentaban en este y en aquella su decision.

El siguiente dia le dijo Iturbide á Bustamante:—Compañero, importa que hoy mismo salga V. con un batallon y cuatrocientos caballos, á auxiliar al Sr. Echávarri que debe atacar al convoy que viene de San Luis Potosl, custodiado con el primer batallon de Zaragoza, otro de Zamora y cuatrocientos caballos.

—Señor, nada tengo que decir á V. sobre el celo con que deseo cumplir sus órdenes: asi es que partiré en el momento.

—Lo sé, y por esto confio en mi amigo y compañero Bustamante: mi gratitud es poca cosa; pero es muy grande el reconocimiento y admiracion nacional. Llevará V. amigo, un batallon y cuatrocientos caballos que V. escoja del ejército, pues debe descansar la division de V.

—Es que mis soldados están listos para ir á donde Y. lo disponga.

—No: por ahora llevará V. un solo batallon de refresco y la caballeria que le he dicho.

—Está muy bien, señor.

El infatigable Bustamante marchó con el primer batallon de la Union á las órdenes del teniente coronel D. Juan Dominguez, hoy general, y con cuatrocientos caballos. EI21 dejunio á la una de la lardese unió Bustamante á Echávarri (1): despues de que hablaron ambos de los negocios, le dijo este á aquel

—Compañero, voy á hacer que se reconozca á V. por gefe de todas las fuerzas, tanto porque le corresponde en virtud de su antigüedad, como porque sus conocimientos pollticos y militares son superiores á mis escasas luces.

—Bustamante le replicó: compañero, los talentos, el denuedo y el patriotismo que ha desplegado V., lo hacen acreedor á conservar el mundo: mis deseos se dirigen esclusivamente á la mas pronta conclusion de esta empresa y á las demas que se presenten hasta obtener la felicidad de la patria.

—Conozco demasiado la generosidad de V., repuso Echávarri, mas ella aumenta en mi el empeño de contar con el honor de recibir sus órdenes, que las estimo por mas acertadas y eficaces para llevar al cabo el plan del primer gefe.

—No cederé en mi resolucion, manifestó Bustamante, y*V. que ha comenzado la obra debe concluirla: disponga V. las cosas, y su compañero formará en el lugar que le (oque como el primero de los que están á las órdenes de V. No hay que perder tiempo, pues los momentos son preciosos. Tome V., pues, sus disposiciones.

—Cedo no sin grande violencia; pero con la condicion de que modifique V., segun su parecer, aquellas, pues asi tendremos un buen éxito.

El 22 á las ocho de la mañana llegaron los despachos del cuartel general, en los que se prevenia á los gefes independientes que rindiesen á Bracho y San Julian á discrecion, sin concederles ninguna otra cosa.

Las divisiones de Echávarri y Bustamante marcharon unidas para reducir á los realistas y abreviar las operaciones del plan combinado. El teniente coronel D. J,uis Cortazar se dirigió con doscientos caballos hácia la hacienda de San Isidro, donde estaba el enemigo: las demas divisiones siguieron de frente y por los costados. Resultó de estas disposicio

(1) Cuadro histórico del Sr. 1). C. M. Buitamuitc —tom. V.

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