Poetas de la América Meridional: colección escogida de poesías de Bello, Berro, Chacon, Echeverría, Figueroa, Lillo, Madrid, Maitin, Marmol, Navarrete y Valdés

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Alejandro Chao, 1875 - 152 páginas
 

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Página 60 - Ve a rezar, hija mía. Ya es la hora de la conciencia y del pensar profundo. Cesó el trabajo afanador, y al mundo la sombra va a colgar su pabellón. Sacude el polvo el árbol del camino al soplo de la noche, y en el suelto manto de la sutil neblina envuelto, se ve temblar el viejo torreón.
Página 60 - Occidente más y más angosta; y enciende sobre el cerro de la costa el astro de la tarde su fanal. Para la pobre cena aderezado brilla el albergue rústico, y la tarda vuelta del labrador la esposa aguarda con su tierna familia en el umbral.
Página 61 - Brota del seno de la azul esfera uno tras otro fúlgido diamante, y ya apenas de un carro vacilante se oye a distancia el desigual rumor. Todo se hunde en la sombra : el monte, el valle, y la iglesia, y la choza, y la alquería; ya los destellos últimos del día se orienta en el desierto el viajador.
Página 67 - ... por el que surca animoso la mar, de peligros llena; por el que arrastra cadena, y por su duro señor; por la razón que, leyendo en el gran libro, vigila; por la razón que vacila; por la que abraza el error. Acuérdate, en fin, de todos los que penan y trabajan y de todos los que viajan por esta vida mortal. Acuérdate aun del malvado que a Dios blasfemando irrita: la oración es infinita, nada agota su caudal.
Página 62 - Ruega después por mí. ¡Más que tu madre lo necesito yo! Sencilla, buena, modesta como tú, sufre la pena y devora en silencio su dolor. A muchos compasión, a nadie envidia la vi tener en mi fortuna escasa: como sobre el cristal la sombra, pasa sobre su alma el ejemplo corruptor.
Página 123 - Gloria a vosotros, vaporosos velos que flotáis en la frente de los cielos como alientos perdidos del que arrojó los astros encendidos, o cual leves encajes que velan de su rostro la hermosura, enseñando al través de los celajes de sus azules ojos la dulzura, el alabastro de su frente hermosa, • su labio de corales, y en bellas espirales su cabellera de oro luminosa.
Página 68 - ¡si supieras qué sueño duermen! ... su almohada es fría, duro su lecho; angélica armonía no regocija nunca su prisión. No es reposo el sopor que las abruma; para su noche no hay albor temprano; y la conciencia — velador gusano — les roe inexorable el corazón. Una...
Página 82 - Dióme un día una bella porteña, que en mi senda pusiera el destino, una flor cuyo aroma divino llena el alma de dulce embriaguez...
Página 109 - Ya se asoma la candida mañana con su rostro apacible: el horizonte se baña de una luz resplandeciente, que hace brillar la cara de los cielos. Huyen como azoradas las tinieblas a la parte contraria. Nuestro globo, que estaba al parecer como suspenso por la pesada mano de la noche, sobre sus firmes ejes me parece que le siento rodar.
Página 134 - El ojo se resiente de su punzante brillo, que cual si reflectase de placas de metal, traspasa como flecha de imperceptible punta la cristalina esfera de la pupila audaz. Semeja los destellos espléndidos, radiantes, que en torbellino brota la frente de Jehová parado en las alturas del Ecuador, mirando los ejes de la tierra por si a doblarse van.

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