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baridad á ejercerse hasta con mozos de veinte y más años. Cuáles fuesen los frutos de semejante tratamiento, no hay para qué decirlo. Pero al fin, la libertad, o alma de lo bueno, de lo bello y de lo grande, brilló por fin sobre la patria nuestra; » y á su benéfica luz han desaparecido aquellos menguados hábitos de la esclavitud.

i Cuán grande y generosa debió de ser aquella generacion de héroes, que, a pesar de haber crecido bajo tan funestas prácticas, pudo tener la virtud y constancia necesarias para redimir la patria de la más afrentosa servidumbre, y que sacandola oscura y ensangrentada de manos de sus terribles dominadores, nos la legó libre, gloriosa y llena de las más bellas esperanzas!

Antes amaba el hijo a su padre como á una especie de deidad amenazante, y casi puede decirse que sólo le temia : hoy le profesa respeto y entrañable amor. Nunca en aquellos dias del pasado se hubiera atrevido un joven á manifestar á sus padres los secretos de su corazon : habia de buscar entre los amigos en quién depositar sus intimos sentimientos, y á quién pedir consejo en los trances peligrosos en que a veces se empeña la incauta juventud.

Afortunadamente esto ha desaparecido, y al presente los padres son los mejores amigos de sus hijos, y casi siempre sus más íntimos consejeros: reinan sobre ellos con el dulce imperio del amor, y cuando se ven en la dura necesidad de castigarlos, tratan de evitar toda pena corporal desde que el niño ha entrado en el uso de la razon; comprendiendo muy bien que no se inspiran sentimientos delicados, ni se inclina al cumplimiento del deber, por medio de la dureza del castigo, sino despertando en los tiernos corazones aquellas ideas de digni

dad y de decoro que son la más sólida base de la rectitud de la razon.

En el pueblo inculto, aún se hace uso de los azotes para castigar a los hijos, pero no con frecuencia ; y se nota afortunadamente que esta odiosa costumbre va desapareciendo.

En los colegios particulares se conserva todavía el uso de la palmela, pero no se aplica generalmente sino á los niños de ocho á doce años. Tambien se observa una decidida tendencia á extinguir esta especie de castigo, y es de esperar que dentro de pocos años ya no exista.

III

EL LLANERO

Los que habitan las llanuras son muy diferentes en todos sus hábitos. El clima abrasador en que viven, la lucha constante que sostienen con los elementos y las fieras, y las largas marchas que hacen desde muy temprana edad por las desiertas pampas, ya á pié, ya á caballo, les dan una fuerza muscular prodigiosa y una destreza y agilidad extraordinarias.

Hijo del cruzamiento de las razas española, indigena y africana, el llanero es de tez morena, de regular estatura, delgado, y de una musculatura muy bien desarrollada. El es, como ha dicho el señor J. M. Samper, «el lazo de union entre la civilizacion y la barbarie, entre la ley que sujeta y la libertad sin freno moral; entre la

sociedad con todas sus trabas convencionales más o ménos artificiales, y la soledad imponente de los desiertos donde sólo impera la naturaleza con su inmortal grandeza y su solemne majestad.)

El llanero es enemigo de residir en las ciudades; cuando se halla en ellas se juzga aprisionado. Sólo le es grato vivir en sus desiertos, gozando de aquella grandiosa perspectiva que ofrecen las interminables llanuras, cubiertas de gramíneas gigantescas. Amante de la soledad, construye su choza á orillas de los rios ó de los caños, donde con solemne pompa alzan innumerables palmeras su magnífico follaje. Su compañero inseparable es el caballo : tómalo al atajo en las sabanas desde potro, lo doma con arte peregrina, y enseñándole á secundar todos sus esfuerzos en la terrible lucha que constantemente sostiene con las fieras, lo hace su verdadero amigo en el desierto.

Pobre en extremo, no siempre tiene los necesarios aparejos; así, se le ve a veces saltar sobre su caballo en pelo, y atravesar las llanuras á todo escape, enlazando con suma precision toros corpulentos y bravíos, o derribándolos por la cola. Otras, se lanza en las ciénagas, en los caños ó en los rios caudalosos, los atraviesa á nado defendiéndose con gran destreza y artificio del enjambre de caimanes y peligrosos cetáceos que pueblan aquellas aguas. Sin embargo, en muchas ocasiones arrostra el lla. nero con todo liriaje de peligros áun sin la compañía de su caballo, sin más ayuda que su astucia y su vigorosa constitucion; y teniendo por únicas armas una lanza, un sable ó un cuchillo, triunfa de los feroces tigres que amenazan constantemente los ganados; y aun sin arma de ninguna especie aguarda tranquilamente la acometida del más bravo toro, y haciendo uso de su cobija « lo capca con singular donaire y brio. )

Tal género de vida hace que el llanero sea por demas astuto y cauteloso, enemigo de toda sujecion y servidumbre.

« El ama, como su verdadera y única patria, las llanuras. A ellas se acostumbra fácilmente el habitador de montañas, pero fuera de ellas sus hijos hallan estrecha la tierra, el agua desabrida, triste el cielo (1). >>

« Injustamente se le ha comparado en todo con los beduinos. El llanero jamas hace traicion al que en él se confia, ni carece de fé y honor como aquellos bandidos del desierto: debajo de su techo recibe hospitalidad el viajero, y ordinariamente se le ve rechazar con noble orgullo el precio de un servicio. No puede decirse de él que sea generoso; mas nunca por amor al dinero se le ha visto prostituirse, como raza proscrita, á villanos oficios (2). »

No es como muchos han querido pintarle, feroz en sus venganzas ni desprovisto de toda piedad para con sus enemigos. Por naturaleza intrépido y lleno de un espiritu belicoso, él es temible en la contienda, pero sabe perdonar á los rendidos. Si alguna vez comete con ellos actos de crueldad, debelo, no á su propia inclinacion, sino á la influencia que sobre el ejerza algun caudillo sanguinario. En su corazon alianza sus raíces la gratitud, como una planta bendita; y así vésele consagrar con todo desprendimiento á ser útil en lo posible á su bienhechor. «Como creyente nace, vive y muere á su

(1) Baralt y Diaz, Resúmen de la historia de Venezuela. (2) Baralt y Diaz,

modo, sin cuidarse del cura ni del sacristan (1); » y como ciudadano mira con indiferencia las leyes, desprecia al que no puede soportar una vida como la suya; pero cuando llega la hora en que oye la voz de la libertad que le llama á sus filas, siempre le halla listo para sacrificarse por ella.

Sus costumbres y trabajos le hacen el soldado aguerrido de las llanuras. « Prácticos del terreno y la movilidad que les proporciona su ligero equipaje, los hombres de los llanos no pueden ser vencidos sino por hombres de los llanos, y Venezuela tiene en aquellas inmensas sabanas y en el pecho de sus valerosos hijos el más firme baluarte de la independencia nacional (2). »

Y;cosa admirable! á todas estas condiciones une el llanero la de ser poeta, inúsico y gracioso galanteador de la mujer.

A veces se le ve å la pálida luz de la luna y bajo alguna erguida palma, entonando peregrinas trovas al compas de su guitarra; otras, bajo su choza y en medio de sus joropos y fandangos, improvisa al son de su bandola, con admirable gracia y facilidad, largos romances ó chistosas coplas. Cuando marcha conduciendo los ganados, entona un canto dulce y melancólico que perece una tierna queja ó un lánguido suspiro, con el cual los guia por aquellas inmensas soledades. Diríase al ver la poderosa influencia que ejerce por este medio sobre su rebaño, que hay en la armonía de su voz algo de mágico.

Tal es el llanero; tipo original que reune á la vez las costumbres tártaras y árabes, y los sentimientos dignos

(1) J. M. Samper.
(2) Codazzi, Geografia de Venezuela.

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