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familia al trono de Colombia. Excusóse de contestar el enviado, falto de instrucciones, pero aplaudió el proyecto y hasta ofreció apoyarlo con su influencia. Pero en la entrevista oficial que tuvo con el Gobierno de Colombia se limitó al asunto de sus instrucciones, lo cual desconcertó mucho á los miembros del Consejo, que unánimemente apoyaban el proyecto de monarquía. Eran miembros de este Consejo, Castillo Rada, Urdaneta, Restrepo, Vergara y Tanco.

Bolívar había tenido la culpa de que esta cuestion se pusiera otra vez sobre el tapete, aunque con la más sana intención, porque creyéndose muy grave en su reciente enfermedad, y acongojado por la incertidumbre del porvenir de Colombia, dictó una circular, excitando á los principales Colombianos á que se pronunciarán libremente por la forma de Gobierno y constitución que el próximo Congreso dcbiera promulgar. Este acto tan sano y honroso en sí mismo, despertó las ambiciones, y fué causa de que muchos amigos de Bolívar pensaran de nuevo en el estable

cimiento de una monarquía en Colombia.

Y fué lo más original que el consejo de Bogotá hizo imprudentes negociaciones con los enviados de Francia é Inglaterra, y se creyó burlado

por

Bolívar cuando éste le notificó en carta escrita desde Popayán en 22 de Noviembre, su más abierta desaprobación á todo lo hecho. Se quejaban los del consejo de que Bolívar, instruido á tiempo de aquellas negociaciones, no les hubiera hablado francamente desde el principio.

Esto mismo tuvo que hacer con los comisionados que de varios puntos de Colombia le llegaron, y muy particularmente con el que envió Paez desde Venezuela. De manera, que nadie tendría derecho para atribuir á Bolívar el designio de fundar una monarquía en su patria, ni mucho menos el de ambicionar

para sí una corona. Lo único cierto fué que, agotado ya por el sufrimiento y desengaños, decaido en su salud y temiendo á cada instante que su gloria, su muy legítima, gloria se eclipsara en el tempestuoso cielo de Colombia, no tuvo el valor necesario para retirarse á tiempo y dejar á otros la ingrata tarea de destruir el fruto de la abnegación y del sacrificio.

Bolívar llegó á Bogotá el 15 de Enero de 1830. La entrada, aunque muy concurrida, fué triste. Copiemos aquí el testimonio de Posada Gutierrez, uno de sus más leales historiógrafos. « Cuando Bolívar se presentó, yo ví algunas lágrimas derramarse. Pálido, extenuado ; sus ojos, tan brillantes y expresivos en sus bellos días, ya apagados; su voz honda, apenas perceptible ; los perfiles de su rostro, todo en fin anunciaba en él, excitando una vehemente simpatía, la próxima disolución del cuerpo, y el cercano principio de la vida inmortal. »

Bolívar dirigió al Congreso una notable exposición en que brillan los sentimientos de su noble alma, é hizo dimisión de su cargo, en concepto nuestro, de la manera más leal y decidida. La vida de Colombia iba á extinguirse al mismo tiempo que la de su fundador.

Faltaba, sin embargo, otra coincidencia, quizas la más dolorosa, que ya iba á realizarse.

Era la pátria quien debía proscribir á su

propio hijo, echarlo del regazo doméstico, maldecirlo

у

abofetearlo... Esta triste misión estaba encomendada al general Paez, que la llenó cumplidamente y á satisfacción de sus admiradores...

Es lo cierto que Carácas, patria del héroe, fué la primera en pedir desde el 24 de Noviembre, en una numerosa asamblea presidida por Arismendi, que se desconociera la autoridad de Bolívar, que se proclamara la disolución de Colombia y se nombrara á Paez como jefe supremo de Venezuela, mientras una Convención que al efecto se convocaría, proveyera lo conveniente.

La comisión nombrada por la asemblea de Carácas, y compuesta de Fortique, Alfonzo y Guzman se presentó á Paez, en Valencia. No aceptó éste por el momento la autoridad; tal vez por recordar las escenas de 1827; pero pasada la primera sombra del remordimiento, aprobó lo hecho, aceptando la dictadura. Quedó, pues, consumada la separación de Venezuela. Si allí se hubiera detenido la revolución, habría sido fecunda tal vez, porque, con la disolución de Colombia, hecha de modo conveniente, cada país se hubiera constituido pacíficamente sin sembrar, al separarse, el gérmen de nuevas é infecundas discordias. Pero esto no satisfacía á las pasiones de aquel tiempo. Era preciso sacrificar á Bolívar, y seguir después invocando su nombre para otros propósitos...

El Congreso colombiano no aceptó la renuncia, y le suplicó que continuara al frente del Gobierno, á lo menos hasta que fuera proclamada la nueva constitución. Bolívar accedió; pero no era el poder lo que quedaba en sus manos, sino su sombra engañadora. El triste drama se acercaba ya á su desenlace.

Al saber Bolívar lo ocurrido, pensó en ir á Venezuela

para

tener una entrevista con Paez, en la que pudieran entenderse ; pero el Congreso,

haciéndole desistir de tal pensamiento, nombró á dos de sus miembros, el

el gran Mariscal de Ayacucho y el obispo de Santa Marta, para llenar aquel fin.

Digamos antes de proseguir, algo que interesa á la moralidad de la historia. Paez pu

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