Poesías de Andrés Bello

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A. P. Dubrull, 1882 - 330 páginas
 

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Página 17 - El aura respirad de la montaña, que vuelve al cuerpo laso el perdido vigor, que a la enojosa vejez retarda el paso, y el rostro a la beldad tiñe de rosa. ¿Es allí menos blanda por ventura de amor la llama, que templó el recato"?
Página 85 - Brota del seno de la azul esfera uno tras otro fúlgido diamante, y ya apenas de un carro vacilante se oye a distancia el desigual rumor.
Página 22 - ¡Ah! desde el alto asiento, En que escabel te son alados coros Que velan en pasmado acatamiento La faz ante la lumbre de tu frente (Si merece por dicha una mirada Tuya la sin ventura humana gente...
Página 16 - Del engreído mando en la tribuna, Aquel que ya en la cuna Durmió al arrullo del cantar lascivo, Que riza el pelo, y se unge, y se atavía Con femenil esmero, \ Y en indolente ociosidad el día, O en criminal lujuria, pasa entero? No así trató la triunfadora Roma Las artes de la paz y de la guerra...
Página 14 - ... desmaya al peso de su dulce carga; el banano, primero de cuantos concedió bellos presentes providencia a las gentes del ecuador feliz con mano larga. No ya de humanas artes obligado el premio rinde opimo; no es a la podadera, no al arado deudor de su racimo; escasa industria bástale, cual puede hurtar a sus fatigas mano esclava: crece veloz, y cuando exhausto acaba, adulta prole en torno le sucede.
Página 19 - Recuerden ya las aguas el camino: El intrincado bosque el hacha rompa, Consuma el fuego: abrid en luengas calles La oscuridad de su infructuosa pompa. Abrigo den los valles A la sedienta caña: La manzana y la pera En la fresca montaña El cielo olviden de su madre España : Adorne la ladera El cafetal: ampare A la tierna teobroma en la ribera La sombra maternal de su bucare Aquí el verjel, allá la huerta ría.
Página 18 - Del obstruído estanque y del molino recuerden ya las aguas el camino; el intrincado bosque el hacha rompa, consuma el fuego; abrid en luengas calles la oscuridad de su infructuosa pompa. Abrigo den los valles a la sedienta caña; la manzana y la pera en la fresca montaña el cielo olviden de su...
Página 85 - ¡Mira! Su ruedo de cambiante nácar el occidente más y más angosta, y enciende sobre el cerro de la costa el astro de la tarde su fanal. Para la pobre cena aderezado, brilla el albergue rústico: y la tarda vuelta del labrador la esposa aguarda con su tierna familia en el umbral.
Página lxiii - Tú vistes de jazmines el arbusto sabeo, y el perfume le das, que en los festines la fiebre insana templará a Lieo. Para tus hijos la procera palma su vario feudo cría, y el ananás sazona su ambrosía; su blanco pan la yuca, sus rubias pomas la patata educa, y el algodón despliega al aura leve las rosas de oro y el vellón de nieve. Tendida para...
Página 31 - Tiempo vendrá cuando de ti inspirado algún Marón americano, ¡oh diosa!, también las mieses, los rebaños cante, el rico suelo al hombre avasallado, y las dádivas mil con que la zona de Febo amada al labrador corona...

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