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cida por los principios republicanos que rejian en la vecindad, abrigaba en sus entrañas unos cuantos hombres de talento i séquito que andaban ideando la adopcion de tales instituciones, i otros que, aburridos de la intolerable flaqueza de su monarca i agriados contra las impudencias del valido, comenzaron á difundir el descontento contra el gobierno; i este desquiciamiento de la union llevó al colmo las desgracias. Verdad es que la conspiracion proyectada en 1796 fué oportumamente descubierta i sus autores castigados; pero, como sucede las mas veces, dejó en jérmen un semillero, i este semillero vino á complicar mas i mas las angustias de España. En tal estado de cosas i de otros muchos pormenores que no son de nuestra incumbencia referir, los tratados de 7 i 9 de julio de 1807, celebrados por Napoleon en Tilsit, despues de las victorias de Eilau i Friedland contra rusos i prusianos, le dieron tal influencia en los asuntos de Europa, que se le concedió el que pudiera intervenir oficialmente en los de España. El resultado de esto fué la invasion al Portugal i el tratado de Fontainebleau, por el cual se declaró destronada la casa de Braganza, debiendo el reino dividirse en tres partes: la Lusitania setentrional para el rei de Etruria, el Alentejo i los Algarves para el príncipe de la Paz, i la parte central para Bonaparte, pero no mas que en depósito hasta ajustarse la paz jeneral. Una vez sentados los piés de Napoleon en la Península i ocupadas muchas de sus plazas por las tropas francesas, patentes quedaron las miras del emperador de apoderarse de ella. Cárlos IV las penetró, i aconsejado por el príncipe de la Paz pensó trasladarse para América, como lo hiciera el rei de Portugal; pensamiento bien inspirado i feliz que habria alterado del todo los destinos de las repúblicas americanas de ahora. Pero el pueblo español, juzgando erróneamente que una idea sujerida por Godoi no podia ser buena por ningun cabo, i deseando hacer patente su odio contra el privado, se alborotó i estorbó la partida de la familia real, i tuvo que conservarse allá para servir de juguete del hombre que disponia de los destinos de Europa. El alboroto puso en peligro la vida de Godoi, i Cárlos IV, nacido para sacrificarse por quien sacrificaba su dignidad de esposo i la de la corona, renunció esta en favor de su hijo Fernando por salvar la vida del ministro. La ocasion no podia ser mas oportuna para que Napoleon la dejase pasar sin poner por obra su proyecto de apropiarse de España, i so pretesto de que la renuncia habia sido forzada, se negó á reconocer á Fernando VII. Entónces la familia real se trasladó á Bayona á someter al juicio del emperador la decision de las contiendas domésticas, i entónces, devolviendo el hijo la corona al padre, i cediéndola este á Napoleon, pasó á la frente de su hermano José. Ajustado así este arreglo el 5 de mayo de 1808, el rei José I ocupó á Madrid el 20 de julio. Los patriotas españoles, sucesivamente traicionados por sus reyes que habian trasferído la diadema á la cabeza de un estranjero, i profundamente lastimados de los sucesos del 2 del propio mes de mayo, tomaron á su cargo el desagravio de los ultrajes hechos al pundonor i dignidad de su nacion. Levantaron, en consecuencia, aquella guerra de alborotos, motines i correrias, guerra santificada por su objeto, puesto que se hacia para mantener la independencia nacional, i guerra por demas gloriosa ya que llegó á derribar el coloso que habia sabido resistir á tantas coaliciones europeas. Bien pronto organizaron en tal i cual punto de la Península Juntas Provinciales, i luego Supremas que representaban la soberanía del pueblo; juntas que, aunque fueron aisladas, no reconocidas en todo el reino i hasta combatidas entre sí, llegaron despues á lejitimarse con la Central que dominó en todo el territorio no ocupado por los franceses todavia. El gobierno de la metrópoli habia procurado cuidadosamente mantener secretos para América los principios proclamados por la revolucion francesa, los triunfos i término de esta i el mal estado en que él se hallaba; pero al fin i al cabo la presidencia de Quito no habia dejado de columbrarlos. La ocasion era llegada, i como siempre vivia preocupada con los saludables resultados de la revolucion de Norte America, ménos atronadora, es cierto, pero mas fraternal, mas ejemplar i clara; preciso era que los principios de la Union americana i esos derechos del hombre proclamados por primera vez á grito herido, se imprimiesen honda i poéticamente en el pecho de nuestros padres, i les concitase á seguir el ejemplo de tan seductora trasformacion. La ocasion no podia ser mas tempestiva ni venir mas á la mano, principalmente para los jenios alborotados, dispuestos siempre á sacar provecho de las novedades. Consideró, pues, la presidencia que, siendo parte integrante de España, i tan libre i con los mismos derechos que

Galicia, Asturias, Aragon, Cataluña, Valencia, las Andalucias i demas provincias que, viéndose aun fuera del dominio frances, establecieron sus juntas; tambien ella era capaz, por idénticas razones i derechos, de constituir una Junta Suprema gubernativa. Los patriotas (así principiaron á denominarse) los patriotas de Quito, entrañablemente impresionados con la justicia de la causa que defendian los buenos españoles, i con la conciencia de obrar con lejítimos i naturales derechos; creyeron, asimismo, que el honroso ejemplo que daban las provincias españolas abria el camino mas seguro para reasumir el ejercicio de los suyos, i conquistar una independencia usurpada por la suerte de las armas. El establecimiento de una junta, á imitacion de la de Sevilla, á juicio de los patriotas mas acendrados i de los alborotadores que en nada se detienen, era el pedestal que debia levantar la independencia de la patria ó mejorar sus particulares intereses; á juicio de los mas testarudos i caprichosos, era de un derecho inmanente que no podia disputarse á la presidencia, i mas cuando la distancia i aislamiento en que se hallaba fortalecian sus razones; i aun á juicio de los realistas americanos, i hasta de algunos españoles deseosos de mostrarse leales á los ojos del rei Fernando, era una manifestacion palmaria de los mui decididos afectos que la presidencia conservaba por su señor. Convenia, pues, el establecimiento de la junta por todos motivos i para todos, con pocas ecepciones, aunque fueran distintos los impulsos que la hacian desear. No hai para qué añadir que en el ánimo de los verdaderos patriotas pululaban en secreto las ideas de independencia, pues juzgaban con acierto que, establecida una vez la junta como lejítima, solo prevaleceria despues la razon de aquel bien tras el cual andan aun los súbditos mas venturosos de las monarquias.

El principal i mayor de los embarazos que encontraban los patriotas jenuinos para el desempeño i consolidacion de su proyecto, era la ignorancia de los pueblos, á los cuales convenia hablarles á nombre de Fernando, el amado, el idolatrado, el justo, como le calificaban en España por causa de sus persecuciones i desgracias. Era pues necesario introducir de grado en grado é injeniosamente en el ánimo del pueblo algunas ideas de independencia i libertad, si no para que se aficionaran á esta, á lo ménos para que no se decidieran á combatirla con enojo. Los pueblos aceptan pocas veces sus derechos políticos por comprensioni conviccion, ihai que dárselos con prudente maña.

Los ingleses, dueños de los mares i en guerra declarada con la madre patria, no dejaban pasar buque ninguno para América, i la presidencia no conocia absolutamente los últimos sucesos de España. Mas al arribo del capitan de fragata, don José Sanllorente, comisionado por la junta de Sevilla que tocó en Cartajena por agosto de 1808, se propagaron las noticias de los asesinatos del 2 de mayo en Madrid, el armisticio celebrado con la Gran Bretaña, la victoria de Bailen, la capitulacion de Dupont i el establecimiento casi simultáneo de las juntas españolas. Entónces ya no habia cosa que aguardar, i los patriotas se apresuraron á poner por obra cuanto tenian meditado.

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