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agosto. Tan ingrato i perjudicial fué Calisto para la causa de la patria, i tan desleal con la comision que le confiaron que dirijió desde Alausí al coronel Aimerich una comunicacion circunstanciada de la opinion de los pueblos i de la flaqueza i mal estado del gobierno revolucionario, concluyendo por aconsejarle que moviese inmediatamente sus fuerzas contra Quito. El pliego fué interceptado por una partida de soldados que vijilaba sobre los caminos, i los oficiales don Antonio Peña i don Juan Larrea que los comandaban, no pudiendo tolerar la felonía de un comisionado traidor á la confianza recibida, se dirijieron furiosos á su alojamiento, i como locos mandaron hacer contra Calisto una descarga de fusileria. Las balas hirieron á otros inocentes sin tocar á Calisto, i Peña, en viendo este resultado, le acometió espada mano con el intento de matarle. Dióle en efecto varias estocadas, pero Calisto, defendiéndose con destreza i como valiente, logró escapar.

Este asesinato, porque no puede tenerse por otra cosa, fué tal vez la única mancha de esa revolucion tan moralmente ordenada, de lo cual blasonaban á sus anchas nuestros padres.

El virei de Santafé, don Antonio Amar i Borbon, convocó, con motivo de la revolucion de Quito i la invitacion que la junta hiciera á las ciudades del centro del vireinato, una reunion de notables. "Varios de sus miembros, dice Restrepo (*),

, pidieron una solemne garantía para poder espresar libremente sus opiniones, i tiempo para meditar. Se concedieron ámbas cosas, i volvió a reunirse la asamblea cinco dias despues. El partido español es.

(*) Obra Cit.

tuvo por la destruccion de la junta de Quito, ape. lando a la fuerza en caso necesario; el americano discutió en mui buenos discursos los principios ó historia de la revolucion española; fundado en aquellos i en esta, demostró que la revolucion de Quito era justa, que no se debia hacer la guerra al nuevo gobierno, i que en la capital debia erijirse una junta formada por diputados de cada una de las provincias, elejidos por la libre voluntad de los pueblos.... La junta se disolvió sin haber acordado cosa alguna, é instruido el virei de la opinion de los americanos, tomó sus medidas para impedir una revolucion. Determinó, pues, oponerse vigorosamente á la de Quito hácia donde envió trecientos fusileros al mando del teniente coronel español don José Dupré; ordenando tambien que obrara activamente el gobernador de Popayan, Tacon.”

VII.

1809. Angustiados los patriotas por el mal éxito de las comisiones, por la contestacion del virei Amar, que no sabemos cómo pudieron esperarla en otros términos, i por la infidencia de tantos de sus compatriotas, entraron en rábia, i el 6 de octubre obligaron al presidente Montúfar á que, desalojando á Ruiz de Castilla del palacio, lo ocupase i se confinase á este en Iñaquito, algo mas de legua al norte de la ciudad. Confinaron igualmente a otros españoles en diversos puntos, i a causa de estas providencias asomaron ya algunos malvados con el intento de asesinar á Ruiz de Castilla i á sus paisanos en la noche del 30, como tal vez hubiera sucedido á no ser por la interposicion del reverendo obispo.

La junta activó la organizacion de la falanje que debia constar de tres mil hombres, resuelta, en medio de su aislamiento i de la discordia en que habian entrado los miembros, á sostener su causa. Medio organizada parte de este ejército, los mas de los soldados solo con lanzas i mui pocos fusiles, se puso a la cabeza de ellos á don Francisco Javier Ascásubi, dándole el grado de teniente coronel i ordenándole que partiera para el norte á contener la agresion que se intentaba hacer por las fuerzas de Popayan. Posteriormente se dividieron las fuerzas, dando la mitad á don Manuel Zambrano, quien, despues de haber ocupado el territorio de los Pastos, fue detenido en el rio Guaitara por el coronel don Gregorio Angulo que mandó cortar el puente. Ascásubi, con su jente, fué derrotado por Nieto Polo en Zapúyes i hecho prisionero, i Zambrano, situado en Cumbal i vencido tambien poco despues, á malas penas pudo salvarse á escape. El ejército de la junta era un cuerpo de artesanos i labriegos que por primera vez ensayaban cargar i descargar un fusil ó un cañon i manejar la lanza; mas bien dicho, un grueso motin en campaña bajo las órdenes de capitanes tan bisoños como los soldados de que se componia.

Así, pues, la espedicion al norte, mal dirijida i flojamente sostenida, causó el aniquilamiento de la poca opinion que todavía duraba; porque, bien á consecuencia de sus derrotas, bien porque se traslujera la noticia, mui verídica por cierto, de las tropas que venian de Guayaquil i Cuenca, i aun de Lima, el ejército se dispersó casi del todo, siendo poquísimos los soldados que volvieron para Quito. Tras la derrota del ejército del norte, se levantaron tambien los pueblos de este lado en contra, á

influjo de don Cárlos Calisto, hijo de don Pedro, i casi de seguida, por instigaciones de este, los del sur; por manera que Quito quedó reducido á sus cinco leguas.

Estos desastres llegaron á ser mayores cuando las mismas tropas destinadas á contener los avances de los enemigos que venian de Cuenca i Guayaquil, despues de haber perdido en el Zapotal dos cañones í treinta fusiles, que en aquel tiempo equivalian á un millar, se pasaron á los realistas i se incorporaron con sus filas: la causa de los patriotas se puso en estado de agonia. Los españoles acos tumbrados á mandar i hacerse obedecer sin contrediccion desplegaron indeciblemente su actividad i. enerjía; impusieron gruesas contribuciones, apresaron á unos, desterraron a otros, reclutaron en toda partes. Los patricios, dándolas de moderados i morales, i queriendo defender su causa por las reglas de justicia, miraron las exacciones con repugnancia, las violencias con terror, i natural era que ce diesen á la accion de las armas i caudales de que disponian sus enemigos. Los patricios querian á todo trance hacer palpar la diferencia que va de un gobierno estraño á otro propio, fundado i dirijido por los mismos hijos del suelo en que rejia, como si esto hubiera sido posible cuando se trataba de volcar las antiguas instituciones, i tuvieron que p2.gar con su vida i haciendas tan candorosa manera, de discurrir.

La revolucion, digámoslo con lisura, obraba sin unidad, sin influjo, sin gobierno i hasta sin principios, por lo mismo de andarse contemporizando con sus enemigos, cuando una vez consumada con tan buen éxito debió obrar abiertamente i

con pujanza. Presa de la ambicion i consiguiente discordia de los mismos que la habian proclamado, se debilitó i anuló al cabo de poco tiempo, esponiendo la provincia á la venganza de los ofendidos. La ambicion i desacuerdo de los gobernantes pueden comprenderse por las ideas i principios de sus próceres, pues proceres hubo, como dejamos dicho, que quisieron ceñir su frente con la diadema de los reyes. La nobleza de Quito que proyectó i apadrinó la patriótica revolucion de 1809, se llevó, es cierto, la honra de haberla promovido, i es un timbre que ninguno puede disputarle; pero, contentándose con echar abajo las autoridades de entónces, i hacer perder el influjo i veneracion que habia adquirido el antiguo gobierno, no tuvo ni templanza para contener sus pasiones, ni habilidad para jeneralizarla, ni tino para dirijirla ni pujanza para hacerla respetar i salvarla.

Don Juan Pio Montúfar, hombre de carácter indefinible, segun Bennet, i hombre que no desempeñó su destino con honor, segun Restrepo, era no obstante sincero amigo de la independencia, i mui erróneamente se le ha calificado de traidor. Si careció de fuerza de ánimo para dominar las circunstancias, i si la comunicacion que pasó al virei del Perú manifiesta deseos de sustraerse de la responsabilidad

que pesaba sobre su cabeza, no por esto hubo traicion sino flaqueza. Fué constantemente perseguido, despues de haber caido, como lo fué su hermano don Javier; i el hijo mismo, don Cárlos, vino poco despues á dar su vida por El historiador Torrente, apasionado apolojista de cuantos americanos se barajaron con los españoles, no habria dejado de incensar tambien á Montúfar, si, como se dice, hubiera faltado á su pundonor i

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