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VI.

VUELTA DE OLMEDO Á LA PATRIA. NOTICIA INFAUSTA QUE RECIBE AL ARRIBAR

Á LAS PLAYAS DE AMÉRICA.

oco después de haber dirigido á Beof allo esa carta en que le daba tan cla

ro testimonio de entrañable afecto, abandonó Olmedo á París y regresó al lado de su dulce amigo. Su nueva estancia en la Gran Bretaña duró breves meses. Del tiempo en que se había propuesto dejar á Europa y volver al suelo natal no debia tener conocimiento el Libertador, cuando el 21 de diciembre de aquel mismo año escribía desde Bogotá al representante de Colombia en Londres, don José Fernández Madrid: «Dígame V. algo del Sr. Olmedo y de Rocafuerte, á quienes dará V. expresiones de mi parte (1).» Antes quizá de que recibiese Madrid esta carta de Bolívar, nuestro poeta se embarcaba para América, participándolo á su predilecto Bello en los siguientes renglones que le dejó por despedida:

«Viernes, marzo 7 de 1828.-Mi querido amigo:

»Llegó el momento. Cuando V. lea esta cartita ya estaré lejos de Londres; pero nunca están lejos los que se aman. Llevo á V., mi querido Andrés, en mi alma y en mi corazón, iy muy adentro!... ¡Oh, si nos viésemos en Colombia ó en el Perú! ¡Qué placer para mí, si nos volviésemos á ver! ¡Qué placer, si yo pudiera contribuir a esta reunión! ¡Qué placer, si yo viese á V. en la situación que merece! Un presentimiento... ¡Quiera Dios que no me engañe!

» El recuerdo de V. y de su fina amistad será uno de los pocos recuerdos tristes que me deberá Londres. Una muy afectuosa expresión á mi amable comadre, y un cariño á los Bellitos: uno particular á mi ahijado. Y adiós, mi Andrés.

»Siempre, siempre de corazón-JOSÉ JOAQUÍN (2).»

(1) Correspondencia del Liberta.lor: tomo V de El Repertorio Colombiano, pág. 360.

(2) Amunátegur: Vida de D. Andrés Bello, pág. 237.

Al dar por terminada su misión en París y en Londres y tomar la vuelta de América de este modo al parecer repentino, įhabía conseguido nuestro poeta dejar terminados los asuntos encomendados á su celo, según lo prometido al Libertador, ó hubo alguna otra causa especial que le indujese á no sacrificarse por más tiempo viviendo en perenne inquietud lejos de su esposa y de sus hijas? Sospecho que las odiosas contestaciones con su compañero de legación, á que hace referencia en una de sus cartas parisienses, debieron estimularle á precipitar la marcha y apresurarse á satisfacer el vivísimo deseo de verse cuanto antes en el seno de su hogar, abandonado con tanta zozobra, y en los brazos de su querida familia. Estábale reservado, no obstante, golpe muy duro, precisamente en los momentos en que se creía más próximo á ver realizada su esperanza. La siguiente carta, fechada en Valparaiso el 10 de agosto de 1828, nos lo dará á conocer:

«Mi muy querido compadre y amigo:

» Mi navegación ha sido larga, desagradable. y peligrosa: el término ha sido cruel. El placer de pisar esta tierra de mis dessos se ha convertido en el pesar más amargo de mi vida. Sé por sorpresa que he perdido la prenda más querida de mi corazón, la que estaba destinada á ser el consuelo de mi vejez, el único pla

cer de mi vida y la única distracción en los males y desastres que amenazan á mi patria... Yo soy el hombre más insensible del mundo cuando no me muero de este dolor. Desde Lima escribiré á V. Adiós. Su afligido amigoOLMEDO (1).»

En efecto, al poner el pié en Valparaíso recibió la tristísima nueva de haber fallecido en Guayaquil la esposa á quien amaba con vehemencia. Semejante golpe, que en caso análogo habría sido terrible para cualquier buen marido, fué aún más terrible para Olmedo, no sólo por la índole de su carácter y por sus especiales circunstancias, sino también por los aciagos presentimientos que le asaltaron al venir á Europa y que veía lastimosamente realizados de modo tan desgarrador. Él, que al dejar el suelo patrio le rogaba encarecidamente, como Horacio á la nave que transporto á Virgilio, que guardase y conservase la mitad de su alma,

Et serves animae dimidium meae, la sintió herida en lo más hondo al verse despojado tan á deshora de la que llenaba todo su sér. Arcanos de la Providencia, que tal vez quiso probar así el temple de aquel corazón

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apasionado que se juzgaba el más insensible del mundo por no haber sucumbido á impulsos de tan gran dolor.

¡Singular coincidencia! La primera vez que Olmedo vino á Europa, como diputado por Guayaquil en las Cortes españolas de 1810, se encontró al volver con la pérdida de su madre. La segunda recibe al regreso, como primera noticia, la del fallecimiento de su consorte. Parecía que su corazón adivinaba tales desgracias, según lo mucho que siempre repugnó separarse del suelo que le vió nacer.

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