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tos de las letras nuestro insigne cordobés aprendía los del dibujo, mostrando las mejores disposiciones para la pintura, se comprende con cuánta exactitud escribe el más puntual de sus biógrafos que D. Ángel Saavedra fué pintor y poeta desde la cuna.

Terminada su primera educación, próximo á cumplir diez y seis años, dejó el Seminario para incorporarse al regimiento á que pertenecía, no sin haber dado allí muestras de su vocación literaria en traducciones poéticas de los clásicos latinos y en composiciones originales al modo herreriano. Mas ni eran aquellos tiempos á propósito para fomentar vocaciones literarias, ni las circunstancias de D. Angel, obligado principalmente á cuidarse del aprendizaje militar, favorecían su amor al culto de la poesía. Tuvo, sin embargo, la suerte, á poco de salir del colegio, de contraer amistad cariñosa con el Conde de Haro (que más adelante unió á sus timbres de Condestable de Castilla y Duque de Frías el de ser uno de nuestros mejores líricos) y con los jóvenes literatos D. Cristóbal Beña, D. José y D. Mariano Carnerero. Esa amistad, que no se entibió con los años, contribuyó á mantener vivo el fuego sagrado de la inspiración en quien estaba llamado á ser gloria y orgullo de la patria.

D. Angel presenció en el Escorial las primeras escenas del drama revolucionario que comenzó con la prisión del primogénito de Carlos IV. No se halló en la catástrofe del 2 de Mayo de 1808, por haber salido para Guadalajara al amanecer de tan memorable día con un escuadrón que mandó allí la Junta de Gobierno. Indignado al ver la perfidia con que el ejército francés iba apoderándose de España vendiéndonos falsa amistad, mostróse desde luego muy decidido contra los invasores y apeló á cuantos recursos estuvieron en su mano para combatirlos. Consiguiólo, á poco de la gloriosa batalla de Bailén, saliendo en guerrilla á picar la retaguardia de un destacamento rezagado en Sepúlveda. Desde entonces no se dió tregua, ni perdonó ocasiones de verter su sangre por la libertad é independencia del suelo patrio.

«Con once heridas mortales,
Hecha pedazos la espada,
El caballo sin aliento,
Y perdida la batalla,»

según dice él mismo en un romance bellísimo por la ingenuidad del sentimiento y de la expresión, cayó en la desastrosa rota de Ocaña, quedando por muerto en el campo entre multitud de cadáveres. Pero en medio de aquella tenebrosa noche, un soldado del regimiento

del Infante, llamado Buendía, que había ido á recoger despojos, tropezó con él; y hallándole aún vivo, lo terció como pudo sobre su caballo y lo salvó de la muerte. Convalecido un tanto de sus heridas por la eficaz intervención y acertadas disposiciones de su hermano el Duque, pudo al fin regresar á Córdoba y á los brazos de su tierna madre.

Referir las vicisitudes porque pasó hasta que en 1811 le encontramos en Cádiz dirigiendo el periódico del Estado Mayor militar que allí se publicaba semanalmente, parecería prolijo. Consignados están episodios tan novelescos en la extensa biografía escrita por D. Nicomedes Pastor Díaz. Allí los encontrará el lector curioso. Baste ahora decir que en Cádiz contrajo Saavedra fina amistad con D. Juan Nicasio Gallego, con el Conde de Noroña, con Martínez de la Rosa, Arriaza, Quintana y otros insignes literatos, los cuales le estimularon más cada vez en su afición á la poesía y le ayudaron á perfeccionarse en ella.

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UANDO apenas salido de la niñez empezó

o nuestro poeta en 1806 á escribir para el to público (dos años después de muerto el célebre Schiller, fundador del moderno teatro alemán), ni siquiera presentía que antes de transcurrir un tercio de siglo habría de ser él para España algo semejante á lo que aquél había sido para Alemania, sin ceder á nadie en la elevación y el brío de sus creaciones escénicas. Sometido al influjo de las lecciones de sus maestros y al de las doctrinas que prevalecían en las aulas, el joven alumno de las musas procuraba en aquella época seguir estrictamente las huellas de los antiguos ó el ejemplo de nuestros líricos renombrados del siglo xvi. Si á veces la genial independencia de su espíritu le llevaba á emular los vuelos más atrevidos de Quintana ó Cienfuegos, pronto plegaba las alas del entusiasmo para someterse al yugo de

la servil imitación apellidada con más ó menos propiedad horaciana ó anacreontica, tenida en aquellos días por único medio de realizar belleza poética. Entonces la poesía lo imitaba todo menos la naturaleza. Así es que en la mayor parte de los versos de aquel tiempo encontramos frecuentemente sentimientos estereotipados y descripciones moldeadas, faltos los unos de calor, faltas las otras de verdad, nulos todos para comunicar á los lectores el fuego desperdiciado por el poeta en operación tan infecunda.

Pero véase hasta qué extremo es eficaz el poderío de las facultades ingénitas de cada uno, y cómo se ponen siempre de manifiesto aunque el freno de la educación, de las costumbres o de las circunstancias especiales de la sociedad procure confundirlas y anularlas. El joven educado en las tradiciones de la escuela exclusivamente clásica, para la cual era extraño cuanto no fuese rendir tributo á los líricos latinos y á los del renacimiento; quien había respirado al nacer el aire de una regeneración imitadora, y al cual se ofrecía como única fuente de belleza el principio de imitación fundado en las reglas de Boileau, aunque al empezar á discurrir por sí propio no recibía de la prosaica y monótona sociedad de aquellos tiempos ninguno de los poderosos estímulos

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