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tanto han contribuido á popularizar Molière, Tomás Corneille, Shadwel, Zamora, Mozart y Zorrilla, y cuyo prototipo es El burlador de Sevilla, de Tirso, como acaso su germen Dineros son calidad, de Lope de Vega.»

He creido conveniente reproducir aquí estos párrafos, no sólo porque algunos se han figurado que las hermosas escenas entre D. Alvaro y D. Alfonso en el drama del Duque de Rivas eran imitadas del Don Juan de Marana de Dumas, que se escribió años después, sino para dejar consignada mi opinión contraria a la idea de que el Duque tomase la de su admirable drama Don Álvaro en la novela de Próspero Mérimée titulada Las almas del Purgatorio.

En su vasta erudición y laudable anhelo de aparecer estrictamente imparcial, como lo es sin duda cuando asegura que el drama del Duque de Rivas y la novela de Mérimée caminan por sendas distintas y que esencialmente nada se asemejan en tales obras «ni el enredo, ni las tendencias morales, ni las costumbres, 'ni los caracteres,» el ilustre autor del Discurso necrológico literario, recordando que se imprimió la novela francesa antes que se representase el Don Álvaro y encontrando algunas coincidencias y analogías entre ambas producciones, apunta la especie de que el Duque recibió del libro de Mérimée «el primer arranque y como el embrión de su obra dramática.» Paréceme que, al hacer esta indicación, mi querido amigo y compañero el Sr. de Cueto se dejó llevar de escrúpulos tan honrados como excesivos, y sobre todo que no se fijó bien en las fechas.

Si la memoria no me engaña, Mérimée comenzó á publicar Les âmes du Purgatoire en el número de la Revue des deux Mondes del 15 de agosto de 1834. Cierto es que Don Alvaro se estrenó en Madrid el 22 de marzo de 1835; pero no lo es menos que el Duque de Rivas lo había compuesto durante su residencia en Tours hacia el año de 1832, ó lo que es igual, dos años antes de salir á luz la novela francesa. Esta observación es tan concluyente de suyo que hace innecesario apelar á otros argumentos. El lance de la bofetada que induce á un religioso á batirse con el abofeteador, se ha repetido mucho en la realidad y en la leyenda. Nuestro insigne compatriota no tenía para qué imitarlo del novelista francés, dado que hubiera sido posible imitar lo que aún no era conocido. Sin ir más lejos, el capitán Gonzalo Fernández de Oviedo, escritor del siglo xvi y de casa, como nacido en Madrid en 1478, cuenta un desafío de la misma índole y con circunstancias parecidas al del Don Alvaro, acaecido en Cataluña en el antiguo Monasterio de Monserrate. ¿Necesitaba, pues, el Du

que de Rivas acudir a un novelista francés del presente siglo para tomar idea de lo que había pasado ya en España y referido un escritor español de hace tres siglos y medio?

EL DOCTOR

D. JOSÉ JOAQUÍN DE OLMEDO.

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