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que vigorizan la imaginación y la empujan al sendero de la originalidad (ó peculiarmente suya ó encarnada en los elementos nacionales del pueblo á que pertenece), tuvo poder bastante para mostrar desde un principio que sus inspiraciones jamás podrían templarse al compás de la imitación exótica hasta el grado de perder la propia energía, y que, pensando acatar el dominio de las convenciones rutinarias apellidadas preceptos, hallaría modo de seguir el rumbo de la musa genuinamente española impregnándose en la savia de los antiguos romances castellanos. Con efecto, la primera producción del clásico alumno del Seminario de Nobles es un romance morisco escrito con numerosa gallardía, aunque menos rico en imágenes y de plan más tímido que los buenos de su especie. Esta primera tentativa, espontánea manifestación de las inclinaciones del poeta, dejaba adivinar su verdadera índole, bien que modificada y enflaquecida por el hábito de imitar ajenas creaciones y por la fuerza del ejemplo, casi siempre incontrastable. Ella indica elocuentemente el rumbo en que el poeta ha de encontrar tonos propios tan pronto como crezca en alientos para romper las ligaduras del servilismo de escuela.

Por lo demás, nuestro autor, de igual suerte que casi todos sus contemporáneos, canta á

las zagalejas del valle, como pudiera hacerlo un pastorcillo de la Arcadia, ó habla del amor como del hijo querido de Venus, sin presumir que pueda ocurrirle mayor desgracia el día en que la mujer amada falte á su cariño (que trasciende á sensual y pagano desde una legua) que la de que

«Maldiga Pan sus ovejas,

Maldiga sus corderillos. » Lamentable ofuscación: desconocer que cada pueblo y cada era tienen su modo especial de ver y sentir; que las inspiraciones del alma deben estar en armonía con las condiciones peculiares del tiempo en que vivimos y de las creencias que abrigamos, en cuanto no se aparten de lo moral, de lo verdadero, de lo justo! Sin embargo, los maestros habrían excomulgado al discípulo que, consagrando sus ocios á la poesía, no apelase á Mavorte al hablar de guerras ó se olvidase de las Driadas y Amadriadas al hablar del campo. Y como realmente podían presentar bellos modelos de esta clase y hacían comprender a la juventud que no era posible hallar bondad fuera de semejante amaneramiento, el anacronismo triunfaba del buen sentido y las mejores disposiciones se perdían, si no eran bastante fuertes para quebrantar el círculo de hierro en que procuraban encerrarlas.

- XVI

Nuestros preceptistas antiguos y modernos, sobre todo aquellos que se educaron cuando las doctrinas clásicas trasplantadas á nuestro país por la dinastía borbónica ejercían absoluto imperio en la región poética, no acertaban á comprender que á los bellos prototipos que nos ha legado la antigüedad podían añadirse prototipos nuevos de no menor belleza. Y sin embargo, en la esfera misma del clasicismo encontramos diferencias muy notables, ora entre la escuela herreriana y la de Meléndez, ora entre la prosaica regularidad de los Iriartes y el grandilocuente arrebato y viril energía de Quintana. Estas, como todas las escuelas, me parecen aceptables y hasta plausibles, no sólo cuando realizan belleza rindiendo culto á la verdad, sino cuando se mueven en su propia esfera de acción sin aspirar al despótico dominio de los diversos gustos é inteligencias. Por el contrario, cuando se empeñan en viciar el natural desarrollo de cada ingenio para que prevalezcan las prescripciones de un dogma falible sujeto á intercadencias sociales; cuando proscriben ó anatematizan cuanto no se ajusta y concierta al tenor de sus caprichos, y sofocan el vivo impulso de los sentimientos del alma si no logran encajarlos en una forma de expresión atildada y erudita, pero opuesta ó contraria no pocas veces a la que les ha

bría dado la inspiración entregada á la fecunda libertad de su razonable albedrío, lo que pudo ser saludable se convierte en pernicioso, y los rigores del sistema acaban por anonadar á todos aquellos que no son gigantes.

De que el Duque de Rivas llegaría á serlo algún día tenemos muy claros ejemplos. Si no hubiesen existido en él tales gérmenes, nunca hubiera salido de la oscuridad en que, viciada su índole y desnaturalizado su ingenio, habría sucumbido al fin como el pez sucumbe fuera del agua. Pero el arranque de su numen era superior á tales cadenas. Sólo necesitaba el estímulo de un gran móvil para dar cuenta de sí mismo. Compréndese, pues, que aun sin salir del estrecho círculo trazado por sus maestros ni abandonar la forma que le habían recomendado como única susceptible de belleza, nuestro poeta supiese remontarse á gran altura, merced á los vivos ímpetus del corazón abrasado en el noble fuego del patriotismo.

El magnífico espectáculo de las provincias españolas armadas al grito de independencia contra el artero invasor que quiso amarrar nuestra patria al carro de sus triunfos, le inspira estos nobilísimos rasgos:

«Cuerpos armados y armaduras brota El espacioso campo de Castilla:

Las tumbas de los héroes se estremecen:

En Sagunto y Numancia resplandecen
Los españoles de la edad remota,
Y lumbre celestial en ellos brilla,

Los hijos de Sevilla
Sobre la invicta espada
Del gran Fernando, horror del agareno,
De constancia y horror henchido el seno,
Juran vengar la patria profanada;
Y recuerda su arrojo y alta gloria
De Alfonso y de las Navas la memoria.»

Y más adelante, al cantar la Victoria de Bailén, dice:

«Guerra en el monte, en la llanura hay guerra,
Y guerra por doquier: desde la frente
De la enriscada sierra
Hasta el mar de occidente,
Que azota el alto muro gaditano,
La lívida Belona
Con sangriento clarin guerra pregona.»

Ni se limita á implorar el favor de las deidades que la fraseología poética del clasicismo emplea simbólicamente, y que, dando esmalte en ocasiones al lenguaje de la fantasía, son de todo punto ineficaces para expresar los verdaderos ímpetus del corazón. Arrebatado en alas del patriotismo, guiado por el sentimiento religioso, que unido íntimamente al de independencia de la patria fué á principios del siglo

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