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cunstancias, en las presentes es horrible y mortal; pues muchas familias subsisten de esos intereses, y en el día que todo está paralizado, que pasan de 500 las bancarrotas, y que no circula dinero, nadie tiene como vivir (1).»

Convengamos en que semejante situación no era envidiable, y mucho menos para el hombre que había hecho un gran sacrificio en trocar por ella la paz y las delicias del hogar doméstico. Esa constante lucha, esa fatiga diaria le hacía más y más insoportable su alejamiento de la familia, avivando en su corazón el deseo de volver á disfrutar cuanto antes las dulzuras con que le brindaba en Guayaquil el entrañable amor de su esposa y de sus hijas. Fijo en la idea de abandonar posición tan embarazosa y difícil lo más pronto que le fuera

(I) El Sr. Torres Caicedo que dio a conocer esta carta en el primer tomo de sus Ensayos biográficos (págs. 118, 119 y 120), escribe al pié la siguiente nota: «Poseemos autógrafas ésta y varias otras cartas de Olmedo al general Bolívar; tal vez ni la familia del poeta tiene conocimiento de ellas. Debemos dichos docum entos á la amabilidad de una señora compatriota nuestra, cuyo esposo fué íntimo amigo del Libertador de Colombia y del Perú y á quien éste dejó importantísimas piezas para la historia de Sur América.» De sentir es que Torres Caicedo no insertase íntegras tales cartas por apéndice á sus noticias biográficas de Olmedo. A juzgar por los párrafos que de ellas copia en su libro, deben ser muy interesantes como documento histórico y habrían prestado mayor luz a la vida del poeta.

dable poder efectuarlo sin descioro, dirigió al Libertador (en carta escrita desde Inglaterra á mediados del mismo año 26) estas expresivas frases:

«Si es cierto que V. me tiene algún afecto; si no es una mera fórmula la expresión de amigo de mi corazón con que V. cierra todas sus cartas; si algo merece el cantor de Junín, y en fin, si V. cree que no he sido un hombre del todo inútil á mi patria y á la causa americana, yo ruego á V. con todo el encarecimiento de que soy capaz, me envíe ó mande que me envíen una licencia para volver. No se admire V.; no me culpe V. Yo no quiero irme mañana; yo no querré irme luego que tenga mi licencia; pues con licencia y todo yo sería un desertor si dejase pendientes los negocios que me están encomendados. Yo me lisonjeo con que V. me hará el favor de creerme poco capaz de una acción fea por consultar á mi comodidad ó á mi conveniencia. Con el permiso adelantado que pido ahora sólo intento estar asegurado y pronto para cuando los negocios estén arreglados; porque en llegando ese caso, preveo que mientras va mi memorial, mientras se pierde ó se extravía el principal, mientras llega, mientras se resuelve, mientras sale y mientras vuelve, se pasará un año; tiempo que puedo ahorrar de ausencia y que puedo

aprovechar en la educación de mis dos niñas de mis ojos (1).»

Las cartas de Olmedo citadas ya en todo o en parte son viva expresión del carácter y de los sentimientos del poeta. Nada más eficaz para revelarnos los misterios de su alma y hacerle digno de nuestra estimación, si no la hubiese conquistado previamente con los fogosos arrebatos de su inspiración poética. Por lo mismo que fué injusto con España más de una vez (cosa disculpable, atendida la poderosa influencia que siempre ejercen en el hombre las especiales circunstancias de la época y de la sociedad en que vive, y considerando los extraordinarios sucesos de que fué testigo y en que a veces no pudo menos de ser actor), me complazco en reconocer que si Olmedo valía mucho como poeta, no valía menos como hombre de corazón tierno y bondadoso. Al abandonar su país nativo y embarcarse para Inglaterra siente un pesar inexplicable que no había sentido nunca. Preocúpale la idea de cuál podrá ser su futura suerte y de cómo atenderá con el tiempo á la subsistencia de su familia, en lo que jamás pensó antes de ser esposo y padre, y adivina con certera corazonada, fruto de un espíritu despojado ya de ilusiones en el

(1) Ensayos biográficos. Tomo I, págs. 120 y 121.

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duro yunque de la experiencia, que va á vivir en incesante inquietud mientras permanezca lejos del suelo natal. Proféticas suelen ser las inspiraciones del cariño sometido á los rigores de cruda ausencia: ocasión hemos tenido de ver, y lo comprobará en adelante alguna otra, que no engañaron á Olmedo sus presentimientos.

Cualquiera menos patriota, menos honrado, menos escrupuloso en el cumplimiento de sus deberes habría antepuesto su interés propio á los intereses de la patria, procurando, á río revuelto, sacar para sí ganancia que mejorase y acrecentase su peculio (1). Olmedo no era hombre capaz de tal vileza, frecuente en todos tiempos, frecuentísima en nuestros días, y que, desgraciadamente, en vez de incapaci

tar á los enriquecidos por tales medios atra• yéndoles el desprecio público, sirve casi siem

(1) No todos los que entendieron en agencias semejantes a la en. comendada á Olmedo procedieron con la rectitud y delicadeza que él. En carta de Andrés Bello á Bolívar, no publicada hasta hace poco y fechada en Londres á 21 de abril de 1827, se leen las siguientes líneas: «Vuestra Excelencia me conoce, y sabe que un sórdido interés no ha sido nunca móvil de mis operaciones. Si yo hubiera jamás puesto en balanza mis deberes con esa especie de consideraciones, estuviera hoy nadando en dinero, como lo están muchos de los que han tenido acceso á la legación de Colombia desde más de seis años á esta parte, y no me hallaría reducido á mi sueldo para alimentar mi familia.» AMUNÁTEGUI: Vida de D. Andrés Bello, pá. gina 229.

pre para encumbrarlos y darles más importancia. El poeta de Guayaquil experimenta en el desempeño de su misión privaciones y contrariedades muy amargas; no obstante lo cual mira hasta con terror que se le pueda suponer capaz de desertar de aquel espinoso puesto interin no haya terminado y cumplido cuanto se podía esperar del mayor celo y de la abnegación más generosa. Nobilísimo proceder que pone de bulto el acierto de Bolívar al nombrar al cantor insigne para tal cargo en tan difíciles circunstancias.

Durante la permanencia de Olmedo en Londres apenas halló en sus pesares más lenitivo que el trato afectuoso de algunos compatriotas, el de varios emigrados españoles que habían sido compañeros suyos en las Cortes de Cádiz y que procuraban mitigar las amarguras del destierro consagrando sus ocios al cultivo de las letras, y sobre todo, y más que todo, el del ilustre venezolano Andrés Bello. Almas gemelas nacidas para comprenderse y estimarse, el cantor de La Agricultura de la Zona Tórrida y el de La Victoria de Junín, no bien se conociesen personalmente, habían de unirse con lazos de entrañable afecto. Como Goëthe y Schiller en Alemania, aquellos dos ingenios, crecidos para la gloria bajo la fecunda influencia del ardiente sol de los trópicos, luego que se pusieron en

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