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actual origen de tantas acciones heróicas, se olvida de Júpiter, de Marte, de cuantas deidades míticas le habían enseñado á invocar en las escuelas, y exclama con el vigor de quien siente arder fuego divino en su alma:

a Alzad á Dios las manos, joh naciones!
Á quien de sangre y de dolor y espanto
Cubrió el bárbaro atroz. Vuestro enemigo
También lo es de su nombre sacrosanto.
Y con fragor tremendo
Del huracán sobre las negras alas
El carro del Señor viene corriendo;
Y rásganse las nubes, y agitando
El mar hinchado sus bramantes ordas,
El enojo de Dios está anunciando.
Pálido el sol suspende el movimiento,
Y se estremece el alto firmamento;
Que Jehová empuña la trisulca llama,
Y por los rudos vientos se derrama
Su acento, semejante
Al trueno retumbante
Abortador de rayos,
Y al estruendo de carros y caballos
Que corren á la lid, y dice: «Sea
Castigado el soberbio,
Y confundida su impiedad se vea.»

En estos acentos prorrumpe al ver á Napoleón destronado. Así patentiza el error de los que aseguran que la poesía se alimenta exclu

sivamente de ficciones. Tan cierto es que no existe móvil de inspiración semejante á la exaltación de los sentimientos verdaderos.

Vemos, pues, que los más gratos acordes de la lira de nuestro poeta en su primer periodo, aquellos que lo levantan á mayor altura é impresionan más vivamente el ánimo de los lectores, son los que le inspira la musa del patriotismo. Los cuales, sin abandonar todavía la forma clásica, participan en cierto modo del vigor natural característico en la escuela que después recibió el nombre de romántica. Y ya que he tocado ese asunto, permítaseme apuntar algunas ideas que se me figuran concernientes al propósito de estos renglones.

IV.

se n mi concepto la escuela clásica, de i igual modo que la romántica y que to

das las escuelas, se halla subordinada á condiciones de que ninguna debe prescindir, y que dividen los productos del saber y del ingenio, sean cuales fueren su índole y circunstancias, en dos grandes secciones bien definidas y por naturaleza inmutables. Para establecer esta división, que alcanza a todos los sistemas y no excluye ningún género de originalidad, basta un criterio recto, desapasionado, libre de exclusivismo despótico, apto para examinar las cosas á clara luz, fuerte para no ceder á exigencia de ninguna clase, bastante imparcial, en una palabra, para discernir lo bueno de lo malo bajo todos sus caracteres posibles, condenando sin piedad lo uno y enalteciendo lo otro. Esta división que no se puede rechazar, porque, bien mirado, no hay otra que sea más lógica y ra

zonable, debe servir de guía á la crítica actual en el flujo y reflujo de gustos y de sistemas que se han disputado el cetro de la literatura de un siglo á esta parte. No es, pues, caprichoso ni arbitrario condenar la aplicación que en ciertas y determinadas épocas se ha hecho de los rigurosos preceptos clásicos, pues han sofocado la originalidad de ingenios nacidos para florecer de distinto modo. El clasicismo, en cuanto á forma de expresión, tiene reglas que se fundan en sanos principios y que deben ser siempre acatadas. Nadie le negará esa excelencia, que ha dado muchas veces larga vida á pensamientos triviales. Pero si la tradición clásica, comunmente respetable con relación á la forma, esto es, al lenguaje y al estilo, ha de tiranizar el ingenio hasta en la región de las ideas; si se concede al principio de imitación tal latitud que los escritores hayan de ser reflejo unos de otros y marchar juntos por el único sendero que les deje abierto tan opresora intolerancia, la monotonía que necesariamente ha de producir la contínua repetición de unas mismas cosas acabará por empalagar á todo el mundo.

La gran dificultad del arte consiste en hermanar el fondo con la forma de manera que la idea resulte vaciada en el molde que mejor la determine. Consiste, más principalmente aún, en expresar la verdad sin alterar su naturaleza, adornándola y realzándola con los seductores encantos de la poesía. Dígalo, si no, Quintana; dígalo Gallego; digalo el Duque de Rivas; díganlo, en fin, el Duque de Frías, Lista, Arriaza, cuantos poetas sintieron agitado el corazón y exaltada la mente al patriótico grito que infundió aliento a la vigorosa poesía que pudiéramos llamar de la guerra de la Independencia, admirable por la verdad, sublime en ocasiones por la clásica belleza de la expresión, eterna en la historia de nuestra patria por el móvil generoso que le dió vida, y por el calor, en cierto modo romántico, de sus libres y elevados pensamientos.

Menos atrevido que en tales composiciones, D. Ángel Saavedra (para quien la Edad Media era fuente inagotable de poesía, bien que todavía no acertase á descubrir toda la que encierran los elementos fundamentales de la cristiana y regeneradora civilización de aquellos tiempos) se limita en El Paso honroso, miniatura de epopeya caballeresca cuyo héroe es el famoso D. Suero Quiñones, á combinar unas cuantas descripciones de encuentros y reencuentros, llenas á veces de verdad, no tan variadas como fuera de apetecer, escritas en octavas donde la más gallarda elocución suele verse deslustrada por flojedades y prosaismos.

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