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dir la inspiración con el escribir precipitado é irreflexivo. Rara vez un verdadero poeta fué también improvisador. Por aquella teoría excluiríanse del número de las obras inspiradas (poéticamente hablando) cuantas se escribieron conforme á cierto plan preconcebido ó con alguna lógica disposición de partes. »

Vemos, pues, que entre los mismos críticos americanos de mayor fuste hay divergencia de opiniones acerca del valor real de las poesías de Olmedo; y que mientras Torres Caicedo pone al poeta en las nubes considerándolo intachable, los Sres. Amunáteguis le encuentran tachas, suponiéndolo más artificioso que espontáneo, más calculador y habilidoso que de inspiración arrebatada y sentida. Claro está que aun estos mismos reconocen, como no podía menos de suceder tratándose de personas discretas é ilustradas en grado sumo, la gran importancia de Olmedo y el alto lugar que ocupa entre los líricos de la América meridional; pero el hecho es que por una ú otra causa le niegan dotes meritorias que indudablemente poseía. En mi humilde opinión, Caro es quien lo juzga con mayor tino, acertando como ningún otro á justipreciar las calidades que lo avaloran, determinando con bastante exactitud la índole de su inspiración poética, poniendo de bulto lo que realmente significa en el vasto

cuadro de la poesía española del presente siglo. . • Olmedo procede, sin duda, de la escuela poética de Quintana. Al asegurarlo así, el erudito colombiano da en el verdadero punto, so bre todo si nos fijamos en lo que constituye la esencia y el ideal á que propenden las mejores composiciones líricas de ambos ingenios. En cuanto a la forma, esto es, á la pureza del lenguaje, á la gallardía de la dicción, al modo de versificar, el vate de Guayaquil (aunque Caro no lo note ni se lo figure, antes bien se incline á pensar de otro modo) está más cerca de la elegante y jugosa corrección de Gallego, que de la un tanto seca majestad de Quintana. Con quien apenas tiene que ver es con Meléndez, al que llamaba en 1808, en versos que ya he citado, «mi amor y mi embeleso.»

Tijd

«LA VICTORIA DE JUNÍN: CANTO

Á BOLÍVAR.»

SESTA composición debió Olmedo en en América y ha debido principalmente

en Europa su fama de insigne poeta. Natural es, por tanto, que me fije en ella antes que en las demás suyas, y que complete aquí la historia de esa celeberrima poesía, sobre la cual ya he dicho algo en las noticias biográficas del autor.

Para mostrar el entusiasmo que despertó en nuestro poeta la victoria de Ayacucho, reproduje allí la carta que Olmedo dirigió al Libertador felicitándole por tan señalado triunfo, y algunos renglones de otra fechada en Guayaquil á 31 de enero de 1825 relativos á la recomendación que Bolívar le había hecho de cantar las glorias del ejército americano. A lo copiado en aquel lugar debo añadir aquí estos otros párrafos de dicha epístola, concernientes á la poesía de que se trata: «Aseguro á V. que todo lo que voy produciendo me parece malo y profundísimamente inferior al objeto. Borro, rompo, enmiendo, y siempre malo. He llegado á persuadirme de que no puede mi musa medir sus fuerzas con ese gigante. Esta persuasión me desalienta y resfría. Antes de llegar el caso estaba muy ufano, y creí hacer una composición que me llevase con V. á la inmortalidad; pero venido el tiempo, me confieso no sólo batido sino abatido. ¡Qué fragosa es esta sierra del Parnaso, y qué resbaladizo el monte de la gloria!—Apenas tengo compuestos cincuenta versos: el plan es magnífico. Y por lo mismo me hallo en una doble impotencia de realizarlo... Usted dirá que yo soy sumamente ambicioso de gloria bajo la apariencia de despreciarla. Yo no sé si V. se engaña... pero mi actual desaliento proviene de que me ha llegado a dominar la idea de que nada vulgar, nada mediano, nada mortal es digno de este triunfo. Yo no amo tanto la gloria como detesto la infamia. ¿Y qué responderé yo si alguno me dice al leer mi oda: «si te hallabas sin fuerza para esta empresa, ¿para qué la acometiste? ¿Para deslustrar su resplandor? Más ganaría callando.» Mi querido señor, dígame V., ¿qué responderé yo entonces?

»¿Usted ve estas humildades? Pues aguarde V. un poco, y verá lo que son los poetas. Usted me prohibe expresamente mentar su nombre en mi poema. ¿Qué, le ha parecido á V. que porque ha sido dictador dos o tres veces de los pueblos, puede igualmente dictar leyes á las Musas? No señor. Las Musas son unas mozas voluntariosas, desobedientes, rebeldes, despóticas (como buenas hembras), libres hasta ser licenciosas, independientes hasta ser sediciosas.—Yo no debo dar á V. gusto por ahora: y no debo, por muchas razones; la primera y capital es porque no puedo. Ya tengo hecho mi plan con un trabajo imponderable; ya tengo medio centenar de versos:-ya no puedo retroceder. Sucre es un héroe, es mi amigo, y merece un canto separado: por ahora bastante dosis de inmortalidad le cabrá con ser nombrado en una oda consagrada á Bolívar. En fin, déjeme V., por Dios, y no venga á ponerme una traba que me impediría, no digo volar ó correr, pero aun andar. Déjeme V. Si á V. no le gusta que le alaben, ¿por qué no se ha estado durmiendo, como yo, cuarenta años? Sin embargo, me atrevo á hacer á V. una intimación tremenda: y es que si me llega el momento de la inspiración y puedo llenar el mag

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