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nífico y atrevido plan que he concebido, los dos, los dos hemos de estar juntos en la inmortalidad. Si por desgracia no llegare el cuarto de hora feliz, entonces me contentaré con el placer (porque los placeres suplen muy bien todas las cosas) de ver la América libre y triunfante, con recordar el nombre de su Libertador, y con hacer cariños á mi Virginia en mi filosófica oscuridad (1).»

Poco después, el 15 de abril de aquel mismo año, escribía Olmedo á Bolívar sobre el propio asunto: «Mi canto se ha prolongado más de lo que pensé. Creí hacer una cosa como de 300 versos, y seguramente pasará de 600. Ya estamos en 520; y aunque ya me voy precipitando al fin, no sé si en el camino ocurrirá dar un salto ó un vuelo á alguna región desconocida. No era posible, mi querido señor, dejar en silencio tantas cosas memorables, especialmente cuando no han sido cantadas por otra musa.—He padecido una fluxión que ha estado de moda; he tenido un mal-parto; es decir, que he perdido como un mes: y cuando hay tos, no está dispuesto el pecho para cantar. Haré toda fuerza de vela para remitir á V. en el correo que viene mi composición, sea como fuere (2).»

(1) Repertorio Colombiano, tomo II, págs. 291 y 92. (2) Repertorio Colombiano, tomo II, pág. 293.

Terminada al cabo la composición; copiada y remitida al ilustre caudillo quince días después de escritos los anteriores renglones, Olmedo se creyó obligado á explicar minuciosamente á Bolívar el pensamiento que se había propuesto desarrollar, y á darle razón de los medios y recursos empleados para conseguirlo. Hízolo así en carta de 15 de mayo, hacia la cual llamo la atención de los aficionados á estos curiosos estudios. La estimo tan interesante, que no puedo menos de copiar los párrafos que se refieren á La Victoria de Junín. Dicen de este modo:

«Ya habrá V. visto el parto de los montes. Yo mismo no estoy contento de mi composición, y así no tengo derecho de esperar de nadie ni aplauso ni piedad. Buena desgracia ha sido que en más de dos meses no haya tenido dos días de retiro, de quietud ni de abstraimiento de toda cosa terrena para habitar en la región de los espíritus. Cuando el entusiasmo es interrumpido á cada paso por atenciones impertinentes, no puede inspirar nada grande, nada extraordinario: feliz quien en tal situación no se arrastra. Pero cuando el entusiasmo se sostiene y está desembarazado por algún tiempo de toda impresión extraña, nunca deja de venir el momento de los milagros. En el primer caso, la musa va corriendo por los va

lles, ó trepando por las montañas; va registrando los árboles, los lagos y los ríos; su viaje es largo y quizás fastidioso. En el segundo no: tiende sus alas, remonta el vuelo, desdeña la tierra, salva los montes, visita el sol, abre los cielos, y si le place se hunde á los infiernos un instante para suspender el lloro y los tormentos de los condenados. Yo me he visto en el primer caso; así mi canto ha salido largo y frío, ó lo que es peor, mediocre. Quizá si hubiera podido retirarme al campo quince días, habría hecho más que en tres meses; habría espiado el momento feliz, y sólo en 300 versos habría corrido un espacio mucho mayor del que he corrido en 800. Devuelvo, cedo y traspaso la parte de inmortalidad que me prometí al principio. Triunfe V. solo.

»Cuando yo amenacé á V. con arrebatarle parte de su gloria, V. me tendría por un jactancioso; pero como mi jactancia á nadie dañaba, no tengo necesidad de hacer explicaciones sobre este punto. Mas cuando yo dije á V. que el plan que había concebido era grande y sublime, V. quizá lo creería; y como al leer mi poema V. puede creerme mentiroso, me veo precisado á vindicarme.

»Mi plan fué éste. Abrir la escena con una idea rara y pindárica. La Musa arrebatada con la victoria de Junín emprende un vuelo rápido;

en su vuelo divisa el campo de batalla, sigue á los combatientes, se mezcla entre ellos y con ellos triunfa. Esto le da ocasión para describir la acción y la derrota del enemigo. Todos celebran una victoria que creían era el sello de los destinos del Perú y de la América; pero en medio de la fiesta una voz terrible anuncia la aparición de un Inca en los cielos. Este Inca es Emperador, es sacerdote, es un profeta. Este, al ver por primera vez los campos que fueron teatro de los horrores y maldades de la conquista, no puede contenerse de lamentar la suerte de sus hijos y de su pueblo. Después aplaude la victoria de Junín y anuncia que no es la última. Entra entonces la predicción de la victoria de Ayacucho.

»Como el fin del poeta era cantar sólo á Junín, y el canto quedaría defectuoso, manco, incompleto, sin anunciar la segunda victoria que fué la decisiva, se ha introducido el vaticinio del Inca lo más prolijo que ha sido posible para no defraudar la gloria de Ayacucho, y se han mentado los nombres del general que manda y vence y de los jefes que se distinguieron, para dar ese homenaje a su mérito y para darles desde Junín la esperanza de Ayacucho que debe servirles de nuevo aliento y ardor en la batalla. Concluye el Inca deseando que no se restablezca el cetro del imperio, que puede llevar al pueblo á la tiranía. Exhorta á la unión, sin la cual no podrá prosperar la América; anuncia la felicidad que nos espera; predice que la Libertad fundará su trono entre nosotros, y esto influirá en la libertad de todos los pueblos de la tierra; en fin, predice el triunfo de Bolivar. Pero la mayor gloria del héroe sería unir y atar todos los pueblos de América con un lazo federal, tan estrecho que no hagan sino un solo pueblo, libre por sus instituciones, feliz por sus leyes y riquezas, respetado por su poder. - » Apenas concluye el Inca, todos los cielos aplauden: de improviso se oye una armonía celestial; es el coro de las vestales del Sol, que rodean al Inca como á su Gran Sacerdote. Ellas entonan las alabanzas del Sol, piden por la prosperidad del imperio y por la salud y gloria del Libertador. En fin, describen el triunfo que predijo el Inca. Lima abate sus muros para recibir la pompa triunfal: el carro del triunfador va adornado de las Musas y de las Artes; la marcha va precedida de los cautivos pueblos, esto es, todas las provincias de España representadas por los jefes vencidos, etc.

»Este plan, mi querido señor, es grande y bello (aunque sea mío). Yo me he tomado la libertad de hacer este análisis, porque temo que, á pesar de la perspicacia de V., V. no co

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