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V.

ENTENCIADO á muerte D. Angel, confis

cados sus bienes á consecuencia de la Ne votación de 11 de Junio, hubo de dirigirse á Inglaterra, centro de la emigración española. En la travesía compuso á bordo del paquete Francis Freeling, por Mayo de 1824, la extensa poesía lírica El desterrado, desahogo de su afligido espíritu al alejarse de España. Ya en Londres, con más tranquilidad y sosiego, encendido por el patriotismo que tuvo siempre en su corazón tan hondas raices, escribió El sueño del proscripto y los dos primeros cantos de Florinda, menos sumiso que anteriormente al rigorismo de la escuela clásica, y por lo tanto con más originalidad. Ni podía ser otra cosa. Para que la imaginación no se malogre en esfuerzos impotentes es necesario alimentarla de impresiones variadas, herirla y exaltarla en el espectáculo del mundo, no exigirle que saque

de sí propia todos los recursos que haya de poner en acción, ni que pinte afectos que no comprenda ó no haya experimentado. Una vida tranquila y uniforme rara vez produce las vigorosas concepciones que nacen de sentimientos combatidos en el mar tempestuoso de la sociedad ó sujetos á diversas aventuras.

En las primitivas composiciones de nuestro autor se encuentra cierta espontaneidad, cierta frescura de color común á todas sus poesías antiguas y modernas, clásicas y románticas. Pero, exceptuadas las patrióticas que antes he citado y alguna que otra animada del mismo generoso espíritu, cași ninguna se sostiene á la altura conveniente, y pecan, ya en amaneradas, ya en vulgares, ya en desaliñadas é incorrectas. En todas, sin embargo, se descubren destellos de la luz que andando el tiempo había de convertirse en fanal de una revolución literaria. En todas se ven rasgos del antagonismo latente entre el espíritu liberal, ingénito en el poeta, y la subordinación a los preceptos que fueron norma constante de sus escritos, y que iban insensiblemente perdiendo fuerza a medida que arraigaban en nuestro suelo, vigorizadas por la lucha, las ideas políticas destinadas á transmutar instituciones y costumbres.

Se ha dicho repetidas veces que la virtud se

acrisola en la desgracia, que los varios accidentes de la vida son la mejor y más eficaz enseñanza del hombre. Lo mismo sucede con el ingenio. El del Duque de Rivas, fortalecido en crisol tan duro, revélase con más independencia y caudal propio que en las rutinarias poesías de su juventud, en El Desterrado y El Sueño del proscripto (cánticos nacidos lejos de la patria al calor de sentimientos verdaderos), y más tal vez en el poema titulado Florinda. Parangónese su plan con el de El Paso honroso, que también tiene aspiraciones épicas; examínense los recursos de que el autor se vale para desenvolver y graduar el interés de la acción en ambos poemas; véanse los elementos humanos que los constituyen, y, sin tocar en la mayor novedad y grandeza de los símiles, ni en la intensión con que están bosquejados los caracteres, ni en la variedad de las descripciones, ni en los resortes sobrenaturales, ni en el número y oportunidad de las sentencias, ni en la mayor fuidez y lozanía de la versificación, se comprenderá desde luego la inmensa distancia que los separa. En una cosa, no obstante, se identifican las dos obras: en su severa unidad, fruto de la clareza de términos con que en ellas se distribuye y desenvuelve la acción. Esta cualidad, que tanto avalora los productos del ingenio y que en mayor ó menor grado

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resplandece en todas las producciones del Duque de Rivas, es indudablemente consecuencia de su educación clásica y sólido fundamento de grandes aciertos y perfecciones en el segundo periodo de su existencia poética.

Si es cierto que la belleza suele muchas veces nacer de los contrastes, no hay duda en que el autor ha conseguido realizarla presentando algunos merecedores de elogio: tal es, entre otros, el que resulta cuando Florinda, abrasada en impuro amor, luchando con la acerba idea de haber deshonrado á su padre, busca alivio á sus tempestuosos dolores en la soledad de los campos. A la tibia claridad de la luna llega providencialmente á presenciar el sencillo amor de dos almas puras, el encanto inefable de la felicidad pastoril que se agrada y satisface en el cultivo de los tiernos sentimientos, la serena paz de la conciencia, ni envidiosa ni envidiada de los poderosos, y envidiadísima en aquel momento por la infeliz criatura destinada fatalmente (según la dudosa tradición que ha prevalecido tantos años) á causar la pérdida de su patria. Esta manera de concebir el arte revela que el ingenio del autor se ha engrandecido y acrisolado en el destierro, que la enseñanza de las propias amarguras y el libre ejercicio de la inteligencia en pueblos más adelantados que el nuestro no

han sido perdidos para su alma. También merecen especial mención la pintura de cómo llega el Conde D. Julián á la barca de los pescadores, en la cual, á pesar de cuantas reflexiones le hacen y del tumulto de las borrascosas olas,

«Huye de España, sin saber á donde;»

la de Rodrigo en el castillo de Hércules habitado por Rubén, fantástica en grado sumo, y la aparición de Mahoma á Muza, descrita en estas vigorosas octavas:

«Armas despojos, rayos de la guerra,
Famas de altas naciones y fortuna
Huellan sus piés, que estriban en la tierra,
Mientras su frente escóndese en la luna.
Arde el Corán, que al universo aterra,
En medio de su pecho, cual laguna
De encendidos metales, y parece
Que a su presencia el orbe se estremece.

Muza pasmado la rodilla inclina,
Postrando contra el suelo su semblante,
Cuando la colosal diestra encamina
El gran espectro, y le ase del turbante;
Y, las nubes hendiendo, le avecina
Á Ábila peñascoso en corto instante,
Y párase con él en la alta cumbre,
Que temblando abortó tartárea lumbre.»

¡Cuán otro es este poeta del que invocaba

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