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EL DUQUE DE RIVAS

* A elaboración intelectual que hace broVi tar de una misma fuente raudales dis*B * tintos, y que, sin darse cuenta de ello, descubre los misteriosos eslabones que enlazan en el espíritu de un solo hombre opuestas ideas y principios contradictorios, es por extremo curiosa y ofrece ancho campo de meditación cuando se efectúa en seres destinados por la Providencia á dejar en el mundo rastro luminoso. Agradable y útil tarea sería sin duda examinar cómo el ingenio superior lucha con las preocupaciones de su época ó con los falsos sistemas que gozan fama de verdaderos; ver de qué suerte se amolda en ocasiones á sus antojos; inquirir por qué otras veces los mira con receloso desdén, y contemplar cómo acaba por subyugarlos á su potencia creadora. Aunque el imperio de la moda, tan caprichosa como fugaz, influya en los cán

ticos del poeta, y las ideas y formas artísticas varíen en sus condiciones de éxito con arreglo á las mudanzas que experimentan las opiniones generalmente admitidas, la inspiración hija del alma, fruto de viva creencia ó de afectos arraigados en el corazón, prevalece por propia virtud sobre toda mutación del gusto.

Las obras del Duque de Rivas, ricas en inspiración, engendradas en un alma de poeta, vivificadas al calor de sentimientos que nunca varían en lo esencial, encantarán siempre a las personas de cierta cultura, sean cuales fueren los caprichos de la moda. Pasaron aquellos tiempos en que el implacable ardor del combate, empeñado en el campo de la literatura entre rutinarios é innovadores, hacía decir al editor de El moro expósito que el autor de tan interesante poema habría querido recoger todos los ejemplares de los dos tomos de poesías que imprimió en Madrid de 1820 á 1821, para que purgasen en las llamas el crimen de haber nacido bajo «la tiránica influencia del gusto llamado clásico.»

Semejante exageración, disculpable en 1834, no lo sería actualmente. Hoy el espíritu crítico pesa y analiza todas las cosas, procurando desentrañar el genuino sentido de las creaciones del arte y esforzándose por descubrir la recondita generación de las ideas ó el móvil de los afectos, para poder aquilatarlos según las circunstancias que les dieron sér. Y cuando no desconfía de sí mismo, ni convierte en incredulidad la duda, ni se arroja en brazos del fanatismo ó del cálculo que sacrifica la verdad á miras interesadas, contribuye poderosamente á sublimar la belleza artística. Borradas las sistemáticas preocupaciones de escuela, que al graduar obras de géneros muy opuestos entre sí habían de atenerse al rigor de una sola pauta inflexible, la crítica no pide ahora á los frutos del arte, en cuanto á la forma que los determina, sino aquello que razonablemente se les puede reclamar teniendo en consideración las privativas condiciones del aire que respiran y del suelo donde se nutren.

La frase tan afortunada entre los críticos, y algo menos exacta que afortunada, de que en Góngora hay dos hombres, uno claro, fácil, natural, sencillo, y otro oscuro, pedantesco, extravagante, incomprensible, puede aplicarse con mayor exactitud al Duque de Rivas, bien que por conceptos muy distintos y sin que hayan de echársele en cara las malas prendas que afearon á su famoso paisano el autor de las tenebrosas Soledades. D. Angel de Saavedra, joven, soldado, imitador de los latinos, clásico, en una palabra, difiere mucho del mismo D. Angel emigrado, oscurecido, despierto

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