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A pesar de la diferencia de edad que mediaba entre nosotros y de la admiración y el respeto que me inspiraban las dotes y circunstancias del Duque; llevado del cariño que le tenía y de la cordial amistad con que tuvo á bien honrarme, le contradije varias veces en ese punto con mi natural vehemencia. La suya, que sólo se apagó en el sepulcro, le hacía ponerse furioso conmigo cuando yo insistía calorosamente en que su leyenda estaba mejor escrita y encerraba mayor caudal de pensamientos poéticos felizmente expresados que las de Zorrilla; y más, si cabe, cuando sostenía que el amigo á quien él ponía constantemente en las nubes no le superaba ni le igualaba. Tan bello rasgo de sincera modestia y de profunda estimación al mérito ajeno, en hombre de prendas como las del Duque, parecerá actualmente cosa fabulosa. Hoy el último zarramplín que disparata á más y mejor en renglones desiguales bostezando sandeces con el usurpado nombre de poesías, suele tenerse por más inspirado que Homero y considerar como casi ofensivo que haya quien estime y aplauda versos de cualquier ingenio que no sea el suyo. En esto de la vanidad egoista, la nueva cría de regeneradores del arte ha progresado, sobre poco más o menos, tanto como en ignorancia y en mal gusto.

Bueno es á todas luces el que despliega el Duque de Rivas en La Azucena milagrosa, y ahora, lo mismo que en la época ya lejana de mis altercados con su ilustre autor, me parece más cendrado y puro que el de Zorrilla. Aunque algunos cuadros que éste traza (sobre todo en las leyendas fundadas en tradiciones religiosas y populares, como A buen juez mejor testigo) están poéticamente imaginados, no carecen de vigor y ostentan en la traza sobriedad artística de buena ley, la uniformidad del colorido, que los hace un tanto monótonos, y el desaliño habitual de la frase y de la versificación distan mucho de la amena variedad, de la riqueza y gallardía que resplandecen en La Azucena milagrosa. Por natural inclinación y espontáneo impulso ambos poetas vuelven sus ojos al espíritu castizo y esencialmente español que anima á nuestros antiguos dramáticos y romanceros. Pero mientras el Duque de Rivas, formado en el estudio de las humanidades como sus antecesores de los siglos de oro, procura y consigue mantenerlo incólume conservándolo en su integridad con la misma esplendidez y abundancia de que ellos hicieron magnífico alarde, Zorrilla lo vicia y desnaturaliza, por haberse amamantado y nutrido desde muy luego en la exótica inspiración de Víctor Hugo y de su escuela, sin te

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ner de la hermosa lengua castellana el sólido conocimiento que del francés mostraba entonces, en verso y en prosa, el elocuente aunque exagerado autor de Notre-Dame de París. Hay, pues, en la manera de concebir y desarrollar la acción de La Azucena milagrosa, en el modo de caracterizar los personajes que la determinan y en el de expresar sus afectos, mayor encanto, más verdad, estilo y lenguaje más castizos, arte de un orden superior y de más subidos quilates que el de las leyendas de Zorrilla.

El argumento de la del Duque es el siguiente:

Nuño Garcerán, caballero leonés, vive feliz en el soberbio castillo desde el cual domina sus ricos estados, en compañía de su amante esposa Blanca y de su hermano de leche Rodrigo, á quien trata y quiere, no como á simple servidor, sino con afecto fraternal. Llamado por los Reyes Católicos á tomar parte en la guerra de Granada, resuelve acudir al llamamiento. La juventud de ambos esposos y el recíproco amor que se tienen hacen más costoso y amargo el sacrificio de la separación. Nuño parte con su hueste, dejando á Rodrigo el cuidado de velar por la que reina en su alma con absoluto poderío.

Como la ausencia es aire

Que apaga el fuego chico
Y enciende el grande,

lejos de amenguarse el amor de Nuño por vivir ausente de la que adora, ni los azares de la lucha, ni el brillo de sus proezas, ni el favor de los Reyes Católicos, ni las zambras y festines con que se celebra en Granada el total y definitivo eclipse de la media luna logran distraerle ni alegrarle. Sin noticias de la que ama, sin respuesta a los repetidos mensajes enviados para saber de ella, vive sumergido en amargura. En tal situación recibe inesperadamente una carta de Rodrigo incitándole á volver á su hogar sin retardos ni dilaciones. El tono enigmático de la misiva da pábulo á nuevas zozobras, acrecentando su anhelo de volar al lado de Blanca.

«Atraviesa á Castilla: montes, ríos,
Valles profundos, nada
Disminuye sus brios
Ni detiene la rápida jornada.

Y al rojo esclarecer de hermoso día,
Principio del verano,
Cuando la aurora abria
La puerta de oro al astro soberano

Vió Nuño aparecer un azul monte
Aún de nieve vestido
Allá en el horizonte.
Y dióle el corazón hondo latido.

La sierra es de León, donde su estado
Tiene, y su dicha asiento;
Y hacia ella arrebatado
Lanza el corcel más rápido que el viento.»

En la turbación de su espíritu, en las mil confusas ideas que revuelve en su agitada mente,

"No ve á su encuentro por la misma senda
Un hombre y un caballo
Venir á toda rienda,
Ni oye el recio pisar del duro callo,

Ni sale del delirio hondo, morboso,
Hasta que el brazo amigo
Le estrecha cariñoso
De su buen servidor, del fiel Rodrigo.»

Las vacilantes contestaciones que da éste á sus angustiosas preguntas y el ansia de romper inmediatamente el misterio que agolpa á su imaginación mil negras ideas, le hacen prorrumpir en este apasionado apóstrofe:

«Apresura mi tormento,
Ten de tu amigo piedad.
¿Vive Blanca?... Si ella vive,
¿Qué me importa lo demás?»

Blanca vive; pero, según Rodrigo, le es infiel. Resístese Nuño á creerlo, desatándose en desesperadas imprecaciones. Y cuando vuelve en sí del parasismo que la causa tan terrible

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