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VACANCIA INDEFINIDA DEL OBISPADO DEL Cuzco.-CESACIÓN DE

ELLA.

Delegación Apostólica.

Lima, Mayo 24 de 1892.

Señor Ministro:

Tengo á honra acusar recibo de su estimable oficio, de fe. cha 17 del que rige, con la adjunta nota del Señor Ministro del Culto á V. E., relativa al último proyecto, insinuado por mí, para el nombramiento de un Vicario Capitular en el Cuzco con caracter episcopal. Se sirve, además, V. E. agregarme copia del Memorandum en que, su digno colega, expone los fundamentos de la resolución adoptada por el Supremo Gobierno.

En s'i nota el señor Ministro del Culto dice: “Enterado del oficio de V. E., fecha 25 del pasado, en el que se sirve tras. cribirme otro de Monseñor Macchi, Delegado Apostólico, re. lativos á los diferentes medios que podrían emplearse para hacer cesar la vacancia indefenida del Obispado del Cuzco, cumple al infrascrito comunicar á V. E., en respuesta, que habiendo recomendado el segundo de los proyectos á que hace referencia Monseñor Delegado Apostólico, en su citado oficio, el Consejo de Ministros acordó, por muy graves consideracio. nes, aplazar su determinación hasta después del Congreso próximo, llamado á resolver acerca de la presentación hecha á Su Santidad para el Obispado del Cuzco.

“En consecuencia, juzga este Despacho que V. E. está en el caso de manifestarlo así al Representarte de la Santa Sede, á fin de evitar el curso de una gestión que el Gobierno cree in. conveniente continuar por ahora.

“En virtud del precitado acuerdo, S. E. el Presidente, no ha estimado oportuno tomar informes acerca de las cualidades y prendas de los tres señores presbíteros peruanos á quie. nes se refiere Monseñor Delegado Apostólico, en su oficio de 21 de Abril último, y cuya trascripción se ha servido V. E., también, hacer á este Despacho”.

Muy sensible es que, con esta resolución, el Supremo Go. bierno haya acordado aplazar, hasta después del Congreso próximo, su determinación acerca de una medida tan premiosa, y que, no solo por mí, sino también por V. E. y por el mis. mo señor Ministro del Culto, se juzgó, desde el primer día, co. mo sencilla, facil y salvadora, aunque de un modo provisional

de todo conflicto. Digo "de un modo provisional", pues esta: ba encaminada, no á hacer cesar la vacancia indefinida, según ha tenido á bien expresarse el Señor Ministro, sino tan solo á proveer, durante su misma prolongación, á los intereses espi. rituales de aquella Diócesis.

Me parece, pues, llegado el momento en que esta Delegación Apostólica debe decir una palabra oficial sobre todo el incidente de la vacante del Cuzco, cuya trascendencia entraña cuestiones de alta importancia y de interés general para la Iglesia del Perú. Aún más, porque V. E., en nuestra entrevis. ta de 19 de abril, me hizo entender que, en ciertas esferas, no han desaparecido, todavía, prevenciones que, impidiendo la armonía de las ideas, podían prolongar, por más tiempo, la tan deseada solución de la cuestión del Cuzco, con perjuicio, siempre creciente, de aquella dilatada é ilustrc Diócesis, viuda de su Pastor doce años ha.

Con el noble objeto, pues, de apartar toda sombra, pre. sentando con la mayor claridad posible los hechos y princi. pios que es menester tener á la vista, por ambas partes, en este gravísimo asunto, me permito ocupar la atención de V. E., por largo rato, á fin de desarrollarlo en toda su extensión, y, sobre todo, porque estoy convencido de que el incidente "Gamboa” tendrá su puesto en los anales de la Iglesia Peruana.

La Santa Sede no ha aceptado la persona del Doctor Don Juan M. Gamboa, presentada, desde el 20 de Octubre de 1886, por el Excmo. Jefe del Estado, para Obispo del Cuzco.

En la delicadeza de su proceder, Su Santidad, no sólo no pasó, jure devoluto, á nombrar motu propio á otro sujeto, como le era potestativo, por derecho común (el cual dispone que cuando la presentación no tiene lugar en el tiempo esta. blecido, ó cuando adolezca de vicio intrínseco), se devuelve el derecho de nombrar), sino que se abstuvo hasta de formular un rechazo directo, limitándose á anunciar, eso sí, de un modo categórico, á S.E. el Representante del Perú en Roma, la no aceptación del señor Gamboa por graves motivos de conciencia, y á encarecerle que rogara al Supremo Gobierno que procediera á otra presentación.

S.E. el señor Goyeneche cumplió debidamente con este eu. cargo, mediante repetidos despachos que están en manos de V.E., y cuyas copias, según se me ha asegurado, obran aún en el expediente presentado al Congreso último.

En contra de esta condutca, serena y prudente, del Sumo Pontífice, se han desatado por la prensa los defensores del señor Gamboa. Algunos, para excitar las susceptibilidades del Supremo Gobierno y del Soberano Congreso, han querido ver en la conducta Pontificia ofensas al Patronato nacional y desaire á "las regalías del Estado”. Y otros, exigían que el Pa. dre Santo revelara los motivos de la no aceptación.

Incidentes como éste, aunque rara vez, se han efectua do también en uno que otro país, aun de Europa; pero en ninguna parte se han oído tales acusaciones y exigencias.

Todo pudo arreglarse siempre, mediante nuevas presentaciones, solicitadas por la Santa Sede por la vía diplomática.

Cierto es que allá, en Europa, el Patronato, donde existe, se ejerce exclusivamente por el Poder Ejecutivo, sin intervención de los Parlamentos. Apenas sí en una que otra nación interviene el Consejo de Estado con su voto consultivo. Y en las más de las veces, no se procede al acto de la presentación sin que haya precedido alguna entrevista amistosa del Ministro, con el Nuncio, ó del Embajador en Roma con el Excmo. Secretario de Estado.

Con este sistema y cautelas, se previenen las dificultades; y si sobrevienen, es dable allanarlas por la misma vía diplo. mática, muy pronto y sin ruido.

La misma Constitución actual del Perú, (a 1860), señala, como atribución propia del Presidente de la República, “la de ejercer el Patronato, por supuesto con arreglo á las leyes y práctica vigentes”; y en cuanto á presentación para Obispos, no exige más que la aprobación del Soberano Congreso (artículo 94 fojas 15 á 19], la que es por sí acto sucesivo.

Ni antes del año 1864 tomaba parte el Congreso en la provisión de Obispados, sino solamente el Poder Ejecutivo, el Consejo de Estado, el V. Cabildo y los Curas: así lo mandaba la ley de 10 de Diciembre de 1851.

Suprimido el Consejo de Estado, se dió la ley provisional de 6 de Octubre de 1864, en la que se dice: “Mientras se san. cione la ley que disponga el modo cómo debe hacerse la elección de Obispos, el Congreso proveerá á propuesta en terna doble del Poder Ejecutivo.Esta ley provisional excluye toda intervención del clero en asunto que tan de cerca le atañe.

Al acto con que el Soberano Congreso designa hoy á uno entre los seis indicados por el Poder Ejecutivo, se atribuye aquí el nombre de “Elección de Obispo”, lo que, canónicamente hablando, no es exacto; pues esta terminología de "Elección de Obispo”, está consagrada por el Derecho á significar tan sólo la elección canónica que se hacía en otros tiempos por los Capítulos, ó por el Clero en General. Nunca en la Iglesia hu. bo verdadera elección de Obispo por órgano meramente seglar.

Los Reyes de España, hablando de su patronazgo, decían: “Los Arzobispados, Obispados y Abadías de nuestras Indias se proveen por nuestra presentación hecha a nuestro muy Santo Padre (Ley 3, título 6, libro 1]: y nunca osaron la palabra: "elección”. Ni esta es cuestión de fórmula solamente, pues la presentación del Patrón se refiere directamente al beneficio menor ó mayor, y la elección del clero elector se refiere directa. mente al oficio é indirectamente al beneficio.

La elección, pues, que en virtud de la citada ley de 1864, todavía vigente, se hace en el Perú, más técnicamente debe llamarse “elección del presentado", es decir, designación del suje. to que el Jefe Supremo del Estado tiene que presentar al Jefe Supreino de la Iglesia para que lo instituya Obispo.

Y en efecto, la elección del Presentado, hecha por órgano del Soberano Congreso, constituye tan sólo un acto prelimi. nar y reglamentario de administración interna; ni es por sí esencial al ejercicio del Patronato, pues consta que no lo ha. bía antes en el Perú, ni lo hay ahora en otras naciones.

El acto propio y esencial del ejercicio del Patronato, y que tiene índole de acto casi internacional, es el de la presentación efectiva, que hace el Excmo. Señor Presidente al Pontifice, siendo indiferente para la Santa Sede que el Presentado haya sido escogido de una ú otra manera, por una ó más corpora. ciones del Estado, según las leyes ó eostumbres de cada país. La presentación que hacían por sí y ante sí los Reyes de Casti. lla para la misma América, no tenía un valor juridico menor que la presentación actual arreglada á la ley de 1861.

De aquí se desprende que el Presentado, por la simple elección del Soberano Congreso, no adquiere más derecho que el que se haga efectiva su presentación al Papa por el Poder Ejecutivo.

Una vez presentado el candidato al Papa, el Gobierno ha cumplido para con él.

Muy distinta cosa es una elección de Vocales, pues en ella, el Soberano Congreso no solo escoge, sino que nombra y con. fiere, directa y definitivamente, el puesto al electo, sin necesi. dad de presentación ó aprobación de nadie.

¿La presentación efectiva otorgará al candidato algún derecho ante la Santa Sede? Veámoslo,

La presentación, por sí sola, en orden á la preconización definitiva de un Obispo, es acto incompleto; mucho es, pero no es todo.

A la presentación hace referencia la aceptación del Supre. mo Jerarca de la Iglesia, del propio modo que la elección ca. nónica, aunque más solemne y eficáz en derecho, está subordi. nada á la confirmación del mismo. Solo la presentación aceptada y la elección confirmada, son actos completos y surten efectos jurídicos, esto es, dan el derecho a la preconización. Y adviertase que ni este mismo derecho pasa de un jus ad rem.

Por esto es que solo después de la aceptación Pontificia, el presentado, según las tradiciones romanas, toma el título de Obispo designado, y, solamente después de la proclainación en el Consistorio el de Obispo preconizado. Ni éste mismo, según la Constitución Romanus Pontifex de 28 de agosto de 1873, puede ejercer actos de jurisdicción antes de presentar

sus Eulas al Cabildo, bajo pena de excomunión mayor reservada á la Santa Sede.

Esta necesidad de la aceptación del Papa está reconocida por las leyes de Indias bajo el enfático, á la par que expresivo vocablo, de “El Fiat de Su Santidad" (ley 2, título 7, libro 1; y 2, título 24, libro 8).

La presentación y la elección, ya por disposiciones terminantes del Derecho, ya por las cláusulas que se expresan en las concesiones del Patronato (Bula de Su Santidad Pio IX, 5 de marzo de 1874, para el Perú], ya por la naturaleza mis. ma de la cosa, para que sean válidas, debe descansar sobre un supuesto que es absolutamente esencial al acto, y cuya falta no se puede excusar ni en virtud de la buena fé con que hayan procedido el Patron y los electores capitulares, es decir, que el sujeto presentado ó electo, además de no tener al. guno de los impellimentos que, según los cánones, inducen irregularidad; v. g. la ilegitimidad de nacimiento, &, sea digno ó idóneo en el concepto canónico.

Una presentación ó elección de indigno ó nó idóneo, adolece de vicio intrínseco, y, por lo inismo, es de suyo nula.

Es verdad que la concesión misma del Patronato, otorgada por la Santa Sede en favor de un Jefe de Estado, implica un compromiso para ella; pero este compromiso crea una obli. gación no absoluta ni ciega, sino tan solo una obligación relativa y racional, en cuanto se suporie que la presentación del Patron esté, arreglada in totum al derecho canónicu, permitiendo, asi, que el Pontífice pronuncie su Fiat con criterio ilustracio y conciencia tranquila.

Para sostener lo contrario, conveniría, antes, demostrar que al Poder civil corresponde el derecho aún de imponer á la Iglesia Pastores reprobados por los cánones, convirtiendo el Patronato en arma de ofensa y perjuicio contra la misma Iglesia. Nó; esto sería invertir toda la economía divina en la constitución de la Iglesia, y reducir el papel del representante de Jesucristo, en orden al punto más vital para el catolicismo, á mero espectador, toda vez que, sumiso, debería inclinarse ante la voluntad del Poder Laico.

Es al Pontífice á quien incumbe, no tanto el derecho, cuanto, el gravísimo deber de impedir que, en el rebaño de Dios, entren y tomen el mando lobos más o menos disfrazados.

La aceptación y confirmación, sí deben ser actos ilustrados y concienzudos, exigen una investigación prolija y un fallo sobre las cualidades y aptitudes del presentado. Dada la naturaleza de la misión episcopal ¿quién será el juez más legí. timo y competente para conocer esas cualidades y aptitudes, que pueden esistir ó faltar en un sujeto para el régimen de las almas, sino el Jefe Supremo de la misma Jerarquía eclesiás. tica á que pertenece el candidato?

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