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Muy notable es la ley 15, título 6, libro 1, Recop. Ind. "Encargamos, dice, á los Arzobispos, Obispos é Iglesias Catedrales vacantes, que, cuando por Nos, fueren presentados al. gunos prebendados, hagan diligente exámen y reconozcan si en sus personas concurren las cualidades de idoneidad y sufi. ciencia que conforme á las erecciones se requieren, guardando el tenor de las provisiones que, por Nos, se mandaron despa. char, sobre lo cual les encargamos las conciencias.

Y el Supremo Gobierno de la República, inspirándose en dicha ley, sigue todavía poniendo en sus presentaciones para canongías, etc., la siguiente fórmula: “Y ruego y encargo al Ilustrísimo Señor Obispo, Venerable Dean y Cabildo Eclesiás. tico (sobre lo que les encargo la conciencia] que si hallaren que el referido...... es persona idónea y en que concurran todas las cualidades que, conforme á la erección de este beneficio, se exigen, le den la colocación y canónica institución de la citada prebenda y la posesión de ella, etc."

No se oculta á la penetración de V. E., que esta ley y esta práctica encarnan un principio, que si rige para las preben. das menores, mucho más tiene que valer para las mayores, es decir, que la autoridad eclesiástica tiene el derecho y hasta el deber de examinar y fallar sobre las cualidades del sujeto pre. sentado por el patrón.

El Concilio Limense III, señala las reglas para la forma. ción del expediente canónico para las investigaciones del caso, cuando se tratase de presentados para Obispos.

La objeción de algunos de que tiene derecho perfecto de nombrar el que tiene la obligación de pagar", es un sofisma de ley, harto vulgar; pues supone que el Divino Fundador de la Iglesia, que dijo á los Apóstoles: “Yo mismo os elegi", al perpetuar su espléndida obra, haya abdicado este sublime dere. cho, nc en favor del órgano legítimo del Espíritu Santo, que, según la frase de la Sagrada Escritura, "pone á los Obispos para gobernar la Iglesia", sino en favor de cualquiera persona ó institución, á quien, aunque per accidens, corresponda el de. ber de sustentar la vida temporal de sus Ministros; lo cual es insostenible.

Y digo per accidens, pues el módico honorario de que dis. frutan los Señores Obispos y los canónigos en los presupuestos de los Estados, es, ni más ni menos, una pequeña compensación otorgada á título de justicia, en sustitución de bienes propios é independientes, que la piedad de los fieles, de pleno derecho natural y civil, les cedió con legal y perpétua traslación de dominio y que una que otra ley civil les ha confiscado.

Según el concepto de las mismas leyes de 4 de Agosto y 11 de Noviembre de 1856 [artículo 1° 1, el presupuesto eclesiástico del Perú, representa los antiguos diezmos de que los Reyes de España, en virtud de la solemnísima concordia celebrada con

los señores Obispos de entonces [8 de Marzo de 1512] “hicie. ron merced, gracia y donación para siempre jamás en favor de la Iglesia”. Ni hay que olvidar que el Rey no extendió á estas nuevas comarcas la ley de diezmos sin autorización previa del Papa Alejandro VI, el que se la otorgó [Bula' Eximiæ de 16 de Noviembre de 1501] “con tal que antes señalara la dote su. ficiente para Obispos, Clero y Culto”. Por consiguiente, como los diezmos habían pasado á formar el patrimonio propio é independiente de la Iglesia, lo que los ha sustituido no puede considerarse como estipendio civil, sino que siempre es y siem. pre será renta beneficial, por cuanto, aunque haya habido una novatio crèditi, es decir, sustitución de unos deudores á otros deudores, [del Gobierno á los fieles], el título persevera el mis- nto, con todos sus derechos, obligaciones y normas consigna- das en el Concilio de Trento. E. Por lo demás, las prerrogativas del Patrón y los derechos

le la Santa Sede se componen y armonizan perfectameute, to. da vez que se procure que el sujeto que se ha de preconizar sea grato á ambos poderes. Así lo exigen la justicia, la paz y la utilidad misma de las naciones y de la Iglesia.

Pretender que, en caso de conflicto de apreciaciones, tenga que prevalecer el criterio laico sobre el criterio de la autoridad eclesiástica, es extender los fueros de la autoridad civil hasta cederle el derecho y la fuerza de poner al Jefe Universal de la Iglesia en la durísima alternativa de traicionar su conciencia y sus deberes de Papa, ó dejar las Diócesis abandonadas á los peligros y angustias de una triste é indefinida viudez.

Esto supuesto, es evidente que la contingencia de la no aceptación del Papa, por lo mismo que no tiene otra causa de. terminante que el cumplimiento de un altísimo deber, no puede constituir una lesión del Patronatu; el que persevera incólume en sus altas prerrogativas, confirmándose con otra presenta. ción; sino tan sólo implica la no aprobación del uso que se ha hecho en un caso particular, por supuesto por equivocación de simple hecho, por cuanto, absolutamente hablando, es muy posible que un Sacerdote sea á los ojos escrutadores de sus superiores propios é inmediatos muy otra cosa de lo que aparece en público. Además, no se puede pretender que todos y cada uno de los señores Ministros, Senadores y Diputados co. nozcan personalmente, y por ciencia propia, á todos y cada uno de los candidatos que se les proponen.

En donde, como en alguna Nación, las ternas se forman por los señores Obispos sobrevivientes, y de ellos pasan al Go. bierno, la elección del candidato, quien quiera que sea el esco. fido, no puede dejar de ser acertada y grata aún á la silla Apostólica.

Por fin, para contradecir todo lo que acabo de exponer, sería menester demostrar que la llamada “elección de Obispo"

hecha por un Congreso, por sábio y digno de respeto que sea, es de suyo in falible ó irreformable.

Pero ¿por qué el Papa no revela al Poder Civil los motivos que no le permiten aceptar á determinado sujeto?

Se lo impiden los miramientos que debe á la honra del clero en general, del candidato en particular y del mismo Patrón. Puede haber faltas, y muy graves, pero ocultas, y sobre las que las leyes de la Iglesia mandan á veces el más sigiloso silencio. Violentar, en estos casos, al Soberano Pontífice, al moderador de las conciencias, al depositario de las debilidades ocultas de algunos de sus súbditos; constreñirlo á investir á un indigoo del excelso carácter episcopal, ó á revelar lo que no puede, sin volar el secreto natural ó eclesiástico, [hay que reconocerlo) sería lo más injusto é irracional que pudiera exigirse, no digo del sucesor de San Pedro, sino del último de los hombres,

De otra parte, suponer que Su Santidad, constituido como está en una esfera tan elevada y serena, y presente, diríase, en todas partes en las personas de sus representantes ó de los Señores Obispos y otros Prelados, se deje engañar por algún calumniador; que este engaño dure por años; Ó, lo que es peor, que rehuse, sin motivo ninguno, una presentación que le siene de los altos Poderes del Estado, á quienes profesa la más ex. quisita deferencia, hasta el punto de preferir la prolongación de los males de una Diócesis sin Pastor, esto es olvidar la grandeza del Papado y lo elevado de su divina inisión.

Parece empero, que los defensores del candidato quieren revelaciones oficiales, tal vez para que el Estado ó el público se erijan en tribunal de apelación del fallo del Vicario de JesuCristo. Es decir, se quiere el escándalo, y V.E. comprende mejor que yo que esto ni el derecho ni la dignidad de la Sede Romana pueden permitirlo.

Por fin, aunque en punto tan grave fuera el Pontífice algo exigente, no habría que extrañarlo. ¿Qué cosa más trascenden. tal, en efecto, para la Iglesia que el nombramiento de un Obispo? Ningún Rey ó. Emperador se resignaría á que le fuera propuesto un cualquiera para capitán de su ejército.

Además, punto culminante de la sábia política de León XIII es que el clero, en todas partes, por sus propios esfuerzos, es decir, por su ciencia, virtud y apostolado, vuelva a ocupar en la estima y veneración de los pueblos aquel puesto de honor en que, en otros tiempos, la decidida protección de las leyes y la fé viva de la cristiandad, lo habían debidamente colocado. Por consiguiente, el Perú puede descansar seguro de que nunca obligará más la gratitud de Su Santidad que cuando su Ilustre Gobierno y sábios Representantes lo ayuden en dar á esta Nación Obispos verdaderamente dignos de sus pasadas glorias.

Obispos irreprensibles, ilustrados y laboriosos, si son columnas para la Iglesia, son también brillo para la Patria.

Para res: lver pacíficamente el incidente que nos ocupa, única vía era que el Soberano Congreso, informado por el Poder Ejecutivo de lo ocurrido, reconsiderara el asunto y facultara á éste para retirar la presentación del señor Gamboa, pasando á nueva elección de candidato.

Para esto, se ha sostedido, por unos, como acto preliminar neiesario, y, por otros, como simplemente conveniente y oportuno, que el señor Gamboa renunciara ante el Supremo Con. greso.

Examinada la cuestión con criterio extrictamente jurídico, no existe la necesidad de tal renuncia; pues, según he demos. trado, la elección del Congreso no confirió más derecho al se. ñor Gamboa que el de que el Poder Ejecutivo hiciera efectiva la presentación ante el Padre Santo. Hecha la presentación y no aceptada por Su Santidad, el Supremo Gobierno y el mis. mo Soberano Congreso quedaron desligados de todo compromiso para con el señor Gamboa, y, por lo mismo, el Soberano Congreso, sin menoscabo alguno de derechos y miramientos á nadie, muy bien ha podido y puede pasar á nueva elección.

No consta que renunciasen los señores Valdivia y Valenza presentados para el mismo Cuzco, ni el señor Vargas Machuca propuesto para Ayacucho: los que, no aceptados por la Santa Sede, fueron sustituidos por otros.

En órden á la conveniencia, por cierto que una palabra del señor Gamboa hubiera disipado toda preocupación, y hubiera constituído por sí un verdadero desenlace. Convencido de esto, desde el mes de Octubre de 1889, hasta la fecha, no he cesado de exortar á dicho señor á dar este paso, apelando á su carácter de Sacerdote, y haciéndole presente el escándalo que da.

la responsabilidad tremenda que asumiría, resistiendo por más tiempo á la voluntad del Padre Santo y á los deseos del mismo Supremo Gobierno.

Durante mis diligencias, se han reunido tres Congresos; y el señor Gamboa, instado, rogado, tergiversó siempre el asunto, prometió varias veces, jamás cumplió.

Propicia ocasión se había presentado en el Congreso últi. mo para terminar el incidente con prescindencia de cualquiera renuncia de parte del señor Gamboa. El Poder Ejecutivo, por órgano del señor Ministro de Culto, en su Memoria á las Cá. maras, se hab'a limitado á decir. "Cuestión que viene preocupando sériamente la atención del Ejecutivo es la promovida á causa de la negativa de la Santa Sede á instituir Obispo de la Diócesis del Cuzco al Arcediano de ese Coro Dr. D. Juan M. Gamboa, presentado, con tal fin, desde el 20 de Octubre de 1886. La decisión del Pontífice reviste el caracter de indeclinable, y como por otra parte el señor Gamboa está resuelto á no renun

ciar el derecho que le otorgó vuestra elección, no es dado preveer el tiempo que durará este conflicto, que, entre otros incon. venientes, priduce el abandono de aquella extensa diócesis, V8cante por renuncia que de ese cargo hizo, en 23 de Marzo de 1880, el Iltmo. Señor Dr. Pedro José Tordoya.

"Vuestra sabiduría encontrará el medio de solucionaracertadamente este delicado problema".

Hubo, en realidad, quien tomara la iniciativa, ya en el Senado, ya en la Cámara de los señores Diputados; pero, ó sea que se equivocaran en la forma, ó sea que el momento escogido (es. taba á la orden del día de aquel Congreso Pleno, la elección de Vocales de la Corte Suprema) no fuera oportuno, la propuesta, no fué tomada en consideración.

A los 2 de Noviembre, el señor Gamboa renunció la Vicaría que desempeñaba; y en 23 del mismo depositaba, en manos de un respetable religioso, esta declaración, escrita de su puño y letra, para que me la remitiera.

“El Sacerdote............que suscribe............ proinete solemne, voluntaria y espontáneamente renunciar el Obispado de la Dió. cesis del Cuzco por [sic] el que fué elegido por el Soberano Con. greso, tan luego que por Agosto próximo se reuna el Congreso ó más antes si fuere necesario.

“Este solemne compromiso y promesa lo hace como sacerdote, como caballero y como ciudadano, declarando y com. prometiéndose solemnemente á que no permitirá por culpa suya que se susite [sic] un conflicto entre la Iglesia y el Estado, y si Su Santidad no le considera apto para el desempeño de otro Obispado, se resigna humildeinente á su voluntad, puesto que jamás había solicitado, tampoco dicho Obispado.

"En testimonio de lo que acaba de inanifestar lo firma en la casa de Ejercicios de la Recoleta de esta Ciudad, á 23 de No. viembre de 1891.-Juan M. Gamboa".

A la corta distancia de un mes, es decir, á los 28 de Enero de 1892, el mismo señor Gamboa eseribía á la Delegación: “Me ruborizo al ver que se me precisa renunciar lo que no po. seo; pues solo es renunciable lo que se tiene y no poseo sino un compendiado y simple aviso de mi elección.

"La renuncia debe ser pues de aquello que legal y juridicamente se posee, y sobre todo voluntaria. Pero en nuestro caso ni tengo que renunciar; por que no estoy en poseción [sic] del Beneficio, para el que solo y tan sólo [sic] he sido presentado ante la Santa Sede por el Supremo Gobierno de mi Patria. Sin embargo de todo esto, y por complacer á V. E. Ilustrísima, excogito el medio que preste más apariencia de legali. dad para suplicar oportunamente á la Representación Nacio. nal de mi Patria para que en su alta sabiduría y justificación retire una propuesta que de mí no ha dependido y se fijeen otro Sacerdote que no tenga mis nulidades y defectos”.

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