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Si el Excmo. Presidente puede, cuando lo considere opor. tuno, implorar de Su Santidad Obispados titulares para sacerdotes simplemente merecedores, no veo por qué se juzgue, inconveniente hacer lo mismo para otro que se encuentre al frente del Gobierno de una Diócesis vacante y cuyo ministerio episcopal es indispensable.

El señor Ministro del Culto declara que "este medio si no es irregular, carece, al menos, de precedentes." Si el medio no es irregular, no encuentro la necesidad de investigar, para su aplicación, si tiene ó nó precedentes. Por lo demás, está todavía fresco el recuerdo del Ilustrísimo señor, Bandini, actual dignísimo Arzobispo de Lima que, durante la última vacante, reunió el oficio de Vicario Capitular y la dignidad de Obispo titular de Antipatro, ejerciendo, para el bien de esta Arquidiócesis, la doble potestad de jurisdicción y de la orden episcopal.

Ni por último hay que olvidar que, absolutamente hablando, no existe ley que impida ya el libre ascenso de un clé. rigo de un orden á otro, hasta el Episcopado inclusive [cuan. do no se trata de ocupar sillas episcopales en propiedad], ya el libre ejercicio de poderes meramente espirituales en la admi. nistración de sacramentos.

No alcanzo, pues, á comprender la gravej responsabilidad que teme el Poder Ejecutivo.

En fin, con respecto al mismo aplazamiento que se me propone hasta después del Congreso próximo, diré que, de mi par. te, nunca dudé de que si la cuestión se presentara, de una vez, séria y formalmente ante las H. Cámaras, sería resuelta en sentido favorable; pero el señor Director del Culto sabe, muy bien, que estą mi confianza antes de ahora no encontró eco en aquel Ministerio.

Me es forzoso, pues, extrañar que, sin siquiera una prome. sa de que el Poder Ejecutivo tomará esta vez la iniciativa ofi. cial mediante un proyecto de ley ad hoc, se me precise hoy á confiar, de nuevo, en la simple posibilidad de que el futuro Congreso, miotu propio, arregle el asunto, cuando ayer, insi. nuándosenie cabalmente previsiones contrarias, se me impul. saba á estudiar otros caminos.

Por consiguiente, antes de elevar al conocimiento del Augusto Pontifice esta última fase de la cuestión para recabar sus veneradas órdenes, á mayor abundamiento juzgo oportuno insistir en el proyecto último, y expresar, una vez más, la esperanza de que por fin la magnanimidad del Excmo. Se. ñor Presidente, y el acierto de su ilustrado Gobierno, no deja. rán defraudados los votos de todo un pueblo, cuyos intereses espirituales, representando en nnestro caso el derecho de tercera persoua y de un órden muy superior, no deben, en mi con.

cepto, sufrir más perjuicio por el demasiado dilatarse de cualquiera diferencia entre el Poder Eclesiástico y el Civil.

Aprovecho la oportunidad para reiterar á V. E. el testi. monio de mi alto aprecio y consideración.

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AS. E. el Señor Ministro de Relaciones Exteriores.

Se trascribió al Señor Ministro del Culto el documento que antecede.

Excmo. Señor:

El Congreso, teniendo en cuenta las razones expuestas por el Canónigo Dr. D. José Manuel Gamboa, ha resuelto admitir la renuncia que ha hecho de la dignidad de Obispo electo para la Diócesis del Cuzco.

Lo comunicamos á V. E., para su inteligencia y fines consiguientes.

Dios guarde á V. E.

M. Candamo, Presidente del Congreso.-). M. Pinzas, Se. cretario del Congreso.-Federico Luna y Peralta, Secretario del Congreso.

Al Excmo. Señor Presidente de la República.

Lima, Setiembre 9 de 1892.

Cúmplase, comuníquese, regístrese y publíquese.

Rúbrica de S. E.

PUIRREDOR.

El Poder Ejecutivo remitió al Congreso nuevas ternas para la provisión de la Diócesis del Cuzco, y fué elegido el Señor Dr. don Juan A. Falcón, quien gobierna actualmente esta Diócesis.

REPRESENTACIÓN DEL EPISCOPADO NACIONAL SOLICITANDO LA

CELEBRACIÓN DE UN CONCORDATO. .

La Santa Sede sigue dignamente representada en Lima, por el Ilustrísimo y Excelentísimo Monseñor José Macchi, como Delegado Apostólico y Enviado Extraordinario, quien, dotado de un espíritu eminentemente conciliador, ha conservado las más amistosas relaciones con este Ministerio, el que, sin embargo, solo sirve de órgano de comunicación con el Winisterio del Culto, por el que se resuelven, de acuerdo con el Jefe del Estado, las cuestiones concernientes á la Iglesia Pe. ruana.

Con todo, mi honorable colega, el señor Ministro Serpa, me remitió la representación que el año pasado elevaron á su Despacho el Muy Reverendo Arzobispo y Obispos Sufraganeos, solicitando la celebración de un Concordato entre la Igle. sia y el Estado. Mereciendo la más respetuosa consideración cuanto emana del Venerable Episcopado Peruano, y no pudiendo el Poder Ejecutivo ocuparse de asunto tan trascedental [como lo prescribe el inciso 18 del artículo 94 de la Constitución] sin, préviamente, recicibir las instrucciones que ten. ga á bien dar el Congreso, hallaréis, entre los anexos á esta memoria, [página 505) la referida petición Episcopal, á fin de que, en vista de ella, podáis resolver lo que inás convenga á los intereses de la Nación.

Si fuera Ministro de Justicia y Culto, yo me atrevería á ofrecer algunas recomendaciones sobre tan interesante asun. to, probando la necesidad de un Concordato en las condicio. nes exigidas por la proximidad del siglo XX; pero debo abstenerme, por considerar que las relaciones del 'stado con la Iglesia carecen en lo absoluto del caracter internacional; pues, como dice un habilísimo defensor de jos fueros eclesiásticos, [en un notable folleto recientemente publicado en Lima], "la Igiesia no es extranjera en el Estado".

(Memoria del Señor Ministro de Relaciones Exteriores, presentada al Congreso Ordinario de 1892].

Ministerio de Justicia, Culto, &.

Lima, Octubre 3 de 1891. .

Señor Ministro de Estado en el Despacho de Relaciones Exte.

riores.

Señor Ministro:

Tengo la honra de remitir á US., para que se sirva acordar la resolución conveniente, la representación que han eleva. do al Supremo Gobierno el muy Reverendo Arzobispo y Obispos sufragáneos, referente á la celebración del Concordato entre la Iglesia y el Estado.

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Excmo. Señor:

El Arzobispo y Obispos sufragáneos que suscribimos, henios tenido la satisfacción de saber que el Supremo Gobierno, en cumplimiento del artículo 134 de la Constitución del Estado, en el que se preceptúa que se celebrará á la mayor brevedad un Concordato para que se establezcan sobre bases sólidas las relaciones existentes entre la Iglesia y el Estado, ha hecho al. gunas gestiones ordenadas á este objeto.

Tan fausta nueva nos ha colmado de regoeijo, al par que nos obliga á tributar el merecido aplauso á VE., y á su próri. do Gobierno por tan acertado procedimiento.

Y, en verdad, Excmo. Señor, no es posible dudar de la necesidad y conveniencia suma de un Tratado de este género, orde. nado hace treinta y un años por nuestra Carta Fundamental, reclamado por un sin número de circunstancias, y que se dirige á arreglar asuntos de indiscutible gravedad.

La necesidad que el hombre tiene de alcanzar, á la vez, el fin sobrenatural y eterno en el orden religioso y el fin natural y temporal en el político, puesto que pertenece al Estado por su nacimiento, y por su renacimiento en el bautismo á la Iglesia; todo esto, y cuanto pudiera decirse á este respecto demuestra evidentemente que es indispensable que se armonicen las leyes de la Iglesia y del Estado para evitar deplorables conflictos de conciencia y perturbaciones más o menos graves en las relaciones de ambas Potestadas,

No se oculta al Supremo Gobierno que las leyes vigentes ofrecen constantemente en la práctica sérias dificultades que solo pueden desaparecer mediante un acuerdo con la Santa Se. de. Y tan cierto es esto, que diversas naciones de Europa y América, aún protestantes, convencidas de esta necesidad, se han apresurado á regularizar, por medio de Convenciones, sus relaciones con la Iglesia.

Este hecho habla muy alto en pro de la necesidad y conreniencia de ajustar un Tratado definitivo que, estrechando los suaves y antiguos vínculos que unen á esta República con el Padre Santo, salve ó prevenga una multitud de conflictos en nuestras indispensables relaciones con el Supremo Jerarca de la Iglesia, y á los que no es ni puede ser extraña la paz de las conciencias.

Para facilitar este arreglo, nos permitirá V. E. que señale. mos, aunque ligeramente, algunos puntos más culminantes, que deben ser materia de él.

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