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pompa i ndo todos endarte, i

un vecino que no tiene oficio ni renta, se le grave con el censo de mantener todo el año un caballo de movimiento solo para salir un dia con la continjencia de que llueva o no llueva.

“Por todos estos motivos, le parece al fiscal mui prudente el acuerdo de este cabildo, justicia i rejimiento; i que con mas pompa i lucimiento se podrá solemnizar la funcion concurriendo todos en coches i calesas al acompañamiento del real estandarte, i despues a la iglesia a las vísperas i fiesta, cuando saliendo a caballo, quedaban todos montados, i ninguno entraba a la iglesia; sobre lo que V. S. mandará lo que fuere de justicia, que pide-Santiago i junio 6 de 1764.-Doctor Aldunate."

En virtud del precedente dictámen i de otros que se dieron en el mismo sentido, el presidente Guill i Gonzaga, "a fin de exonerar a los vecinos de la pension que les resultaba de mantener para este solo dia los caballos i jaeces correspondientes, i de facilitar con este arbitrio el mayor concurso i acompañamiento en la festividad a que deberian concucurrir todos sin escusa so la multa pecuniaria de veinte i cinco pesos aplicados en la forma ordinaria, entendiéndose que so la misma habian de asistir a caballo los oficiales de milicias con sus res. pectivas compañías,” declaró con fecha 19 de junio de 1764 que el paseo del estandarte se hiciera en calesas; pero el rei, a quien naturalmente se dió cuenta de una resolucion recaída en tan importantísimo asunto, ordenó, por cédula de 18 de enero de 1767, que se guardara la costumbre de hacerse el paseo a caballo.

Sin embargo, la lluvia i el barro obligaron todavía en ocasiones a tributar en carruajes, i no a caballo, este solemne i periódico homenaje a la insignia real.

II.

soberano, en lengu lica consig

Paso a presentar un segundo ejemplo, tan característico como el anterior, del culto que se daba a la majestad del soberano, advirtiendo que para ello voi a limitarme a poner en lenguaje corriente i moderno lo que un ministro de fe pública consignó en un instrumento que tengo a la vista, usando el difuso i desgreñado estilo curial.

El 7 de setiembre de 1609, salió de Santiago el gobernador del reino don Alonso García Ramon, acompañado de todos los caballeros i jente principal de la ciudad, i de gran número de sus vecinos i moradores, para ir a encontrar a los oidores de la nueva audiencia don Luis Merlo de la Fuente, don Fernando Talaverano, don Juan Cajal i don Gabriel de Zelada, que venian llegando de Valparaíso, i que le aguardaban en una quinta inmediata.

Los oidores traian consigo el real sello fabricado en plata.

Despues de los saludos de costumbre, entregaron aquella venerada joya, metida en una cajita de hierro dorada, al gobernador, quien la tomó con toda reverencia, i se la colgó al pecho con una banda de tafetan.

La ilustre comitiva se dirijió entonces al con.vento de San Francisco, que a aquella fecha estaba todavía fuera de la ciudad.

En el convento se habia tapizado de seda una gran pieza.

En la testera, se habia levantado un dosel.

Bajo el dosel, se habia construido un tablado de casi una vara de alto, con gradas, i cubierto de una alfombra turquesa.

Encima de este tablado, habia un bufete con una sobremesa de seda.

En aquel bufete, habia dos cojines de terciopelo carmesí, colocados uno sobre otro.

Habiendo entrado los del acompañamiento a aquella pieza, el gobernador i el oidor Merlo de la Fuente subieron al tablado i se arrodillaron.

El gobernador colocó entónces sobre los cojines la cajita del sello.

El oidor Merlo de la Fuente cubrió en seguida la cajita i los cojines con un paño de tafetan rosado, cuajado de muchas flores de seda de todos colores.

Encima de todo, se puso una corona de plata dorada.

El gobernador i los acompañantes se retiraron, ménos el oidor Merlo de la Fuente i el escribano mayor del reino Melchor Fernando de la Serna, que quedaron dentro de la pieza, custodiando el real sello.

A la puerta de esta pieza, se colocó una guardia de alabarderos; i a la del convento, otra de arcabuceros.

Al dia siguiente, 8 de setiembre, se reunieron en las casas reales, situadas en la plaza principal, el gobernador, los otros oidores, los alcaldes, rejidores i demas individuos del cabildo, vestidos con ropas rozagantes i gorras de raso carmesí; el obispo, los prelados de las órdenes relijiosas, la clerecía i las comunidades, todos los caballeros i vecinos de la ciudad i un gran concurso de jente.

De allí se dirijieron al convento de San Francisco.

Habiendo entrado a la pieza del real sello todos los que cupieron, el gobernador i el oidor don Luis Merlo de la Fuente subieron las gradas del tablado, i se arrodillaron delante del bufete.

El oidor abrió la cajita con una llave que tenia consigo.

Despues, sacó el real sello envuelto en un tafetan de seda rosado, matizado de seda de diferentes colores, i lo colocó respetuosamente encima de los cojines de terciopelo.

El gobernador lo tomó entonces con el mismo tafetan i con la reverencia debida, lo beso, lo puso sobre su cabeza, i lo volvió a poner sobre los cojines.

El obispo don frai Juan Pérez de Espinosa repitió la misma ceremonia.

En seguida, hicieron otro tanto los oidores; i luego despues, los alcaldes.

El oidor Merlo tornó a envolver el real sello en el tafetan i a colocarlo en el cofrecito, que cerró con llave.

A continuacion, el gobernador i el oidor tomaron el cofrecito, el uno a la derecha i el otro a la izquierda; i precedidos de la cruz i de los relijiosos de San Francisco revestidos, entraron en la iglesia, donde fueron recibidos debajo de un palio de raso carmesí con cenefas de terciopelo, i guarnecido por la parte de afuera con una gran flecadura de oro, i por la de adentro con otra flecadura del mismo tamaño de plata, el cual llevaban los alcaldes i once individuos del cabildo.

A la puerta de la iglesia, estaba un caballo overo aderezado con gualdrapa i guarniciones de terciopelo negro.

El gobernador i el oidor Merlo pusieron la cajita del sello real en la silla de este caballo, i la cubrieron con una banda de tafetan rosado guarnecida de plata, i luego colocaron encima la otra que le habia servido de cubierta en el bufete; i teniendo con sus manos, el uno a la derecha i el otro a la

PIwud.

izquierda, esta banda i el cofrecito, se encaminaron a la plaza en orden de guerra.

La cruz i los relijiosos revestidos se quedaron en la puerta de la iglesia.

Los oidores Talaverano i Cajal llevaron del diestro el caballo overo en que iba el sello real, cada uno a su lado, asidos de una banda de tafetan carmesi guarnecida de plata.

En pos del caballo overo, del gobernador i del oidor Merlo, seguian el estandarte de la ciudad i las autoridades civiles, militares i eclesiásticas, i toda la jente que habia podido salir de sus casas.

Cerraban la procesion dos compañías de infantería i tres de caballería, tocando cajas, trompetas i pífanos, i disparando mucha arcabucería.

La calle del Rei, ahora del Estado, por donde marchó la comitiva, i la plaza a donde fué a parar, estaban mui bien aderezadas.

La procesion dió una vuelta por la plaza.

La tropa tomó posicion, colocándose la caballería en las cuatro esquinas de la plaza, i formando la infantería una ancha calle por la cual la comitiva se dirijió a las casas reales, donde se habia preparado el salon de despacho para la audiencia.

Debajo del dosel del alto tribunal, se habia arreglado una armazon semejante a la que habia habido en San Francisco.

El gobernador i el oidor Merlo pusieron sobre ella la cajita del real sello.

El oidor Merlo abrió la cajita con la llave que llevaba al cuello, i sacando el sello con la mayor reverencia, lo puso sobre los cojines de terciopelo que estaban encima de la mesa.

El gobernador, los oidores i el obispo, como en la pieza de San Francisco, fueron sucesivamente

llevaba aia, lo puso de la mes i el obispo-sivamente

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