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Pacífico i el Atlántico, entónces desadvertida, i posteriormente publicada i celebrada, i que á la postre le dará renombre i gloria, igual, cuando ménos, á la de Balboa, el descubridor del grande océano. Andando Illingrot con sus marineros por el ismo de Cupica se metió en el rio Napipí, pasó de este al Atrato que desemboca en el mar del norte, i se volvió de allí para el del sur en donde habia dejado su corbeta (*), dejando así descubierto ese camino apénas maliciado por los sábios en el siglo anterior.

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Volviendo ya al presidente Aimerich, decimos que, instruido de la insurreccion de Guayaquil, dispuso que vinieran de Pasto algunas fuerzas veteranas para engrosar las que tenia en Quito. Encargó el mando en jefe de este ejército al coronel don Francisco González, de los derrotados en Boyacá, en lugar de otro coronel del mismo apellido i de nombre de pila Vicente, que fué el destinado por el virei Pezuela á que sustituyese á Calzada.

Al salir las fuerzas de Urdaneta para la sierra fué cuando Calzada se encontró en Machachi, camino de su destierro para España. La revolucion de Guayaquil habia alentado, como dijimos, á los pueblos de lo interior, i se levantaron aquí i allá muchas partidas armadas de lanzas i palos, á falta de mejores elementos de

(*) En 1852 tuvimos la satisfaccion de oir de su propia boca la narracion de aquel paso con todos los pormenores que posteriormente se han publicado por la prensa.

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guerra con que hacerla. Una de estas partidas obraba en el pueblo de Machachi i atacó á la escolta que llevaba á Calzada, el cual, cambiando su condicion de preso en jefe de tal escolta, se sostuvo gallardamente contra los amotinados i los obligó á desparramarse. En los conflictos de no poder continuar su viaje de temor de irá dar con otras partidas patriotas, ni de retroceder por no faltar á la resolucion de su estrañamiento, prefirió sin embargo faltar á esta i se vino para Quito á ofrecer de nuevo sus servicios al presidente, no como jefe, sino como soldado. Aimerich no alcanzó á comprender la noble fidelidad del agraviado, i ordenó, testarudo, que siguiera adelante por el norte, i entónces tuvo que seguir hasta Pasto, bien que para volver mas tarde á figurar nuevamente en Venezuela. Miéntras llegaran las fuerzas pedidas á Pasto, despachó el presidente al coronel Fulminaria con quinientos milicianos bastante bien organizados á que defendiese el punto llamado Camino real, por donde Urdaneta debia asomar con las fuerzas de Guayaquil; i Fulminaria ocupó efectivamente ese desfiladero, Al llegar Urdaneta á Babahoyo, dirijió multitud de postas en distintas direcciones, i remitió proclamas seductoras con que exitar el patriotismo de los pueblos de la sierra. La provincia de Cuenca, á donde partió don José Maria Noboa como comandante jeneral, fué tomada despues de una lijera escaramusa que tuvo con el coronel don Antonio Garcia, comandante militar de dicha plaza. Noboa llevaba el encargo de organizar alguna coluna de importancia; pero solo consiguió levantar unos pocos hombres, bien porque no tenia jenio para ello, bien porque no encontró en los hijos de la provincia disposicion para favorecer su causa, Varios de los patriotas de Ambato, entre ellos don Francisco Flor, rogando i seduciendo á doña Josefa Calisto, consiguieron que su esposo, don Jorje Ricaurte, correjidor de dicho asiento, abrazase la causa de los insurjentes, i consiguieron tambien, por medio de la misma señora, que se uniese á ellos igualmente don Ignacio Arteta, correjidor de Latacunga. Unidos Flor i los señores Miguel Espinosa, Ramon Paez i Calisto Pino se vinieron á Latacunga, se concertaron con Arteta i se comunicaron con los patriotas de Quito residentes en Pujilí. Situándose luego en la hacienda de Tilipulo, propiedad del marques de Sanjosé, echaron á escamusar algunas partidas volantes por diferentes puntos, en tanto que ellos mismos pensaban tomarse el cuartel de Latacunga. Hallándose ya en esta disposicion, las avanzadas del sur dieron el aviso de que Fulminaria, incapaz de resistir con sus milicianos á las fuerzas de Urdaneta, se habia resuelto prudentemente á volverse para Quito, i que se venia en efecto. Casi al mismo tiempo las avanzadas del norte les comunicaron que se movian ya las tropas de esta capital con direccion á Latacunga, i aunque tales noticias debieron retraerlos de su intento, puesto que andaban amenazados por el frente i espaldas, se resolvieron á hacerse del cuartel de Latacunga acometiéndole de sobresalto. Unos como cien hombres comandados por don Feliciamo Checa, aquel antiguo capitan de la revolucion del año de nueve, i por los oficiales don Luis An

da i don Lizardo Ruiz, fueron á aumentar sus brios. Pino, entre tanto, habia comprometido al pueblo de Latacunga i tratado tambien, aunque en vano, de seducir á Moráles, comandante de la guarnicion de esta plaza, quien, conservándose fiel á la corona, se encerró en su cuartel de Santodomingo i se apercibió para la defensa. Pino i Ruiz se pusieron entónces á la cabeza de una partida de los de Pujilí, se fueron luego al estanco de pólvora, intimidaron á la escolta que lo guardaba i se apoderaron de él i de las armas que encontraron. Casi de seguida pasaron al cuartel para tomárselo; pero fueron rechazados por un vivo tiroteo de fusilería. Ruiz se parapeta atras del pasamano del atrio de Santo Domingo, i rom¿ sus fuegos contra la bóveda del templo, á onde habian subido los realistas para dominar con los suyos á los enemigos. Cae muerto el sarjento que comandaba el peloton de la bóveda, i bajan los soldados á refujiarse en el cuartel. En estos instantes se incorporan á los asaltadores los del pueblo, se iluminan de súbito las calles porque entraba ya la noche, suenan las campanas con repetidos repiques i, reunidos todos en motin, arremeten contra el cuartel. Si Moráles hubiera salido en oportuno tiempo, habria de seguro escarmentado á esa desconcertada turba de asaltadores; mas cuando lo verificó fué tarde. Casi en el instante mismo que mandó abrir las uertas del cuartel i descerrajar á quema ropa as pistolas de municion que se conocian entónces, tambien Moráles recibió otra descarga á boca de cañon que le dejó hecho cadáver. Amedrentadas sus tropas con tan lijera desgracia,

botaron las armas i fugaron por donde pudieron; i el pueblo, embriagado de este triunfo de tan poca importancia, quedó aun mas embriagado con los licores que encontró en la aguardenteria. Una partida de veinte i cinco realistas habria bastado, en el desconcierto i criminal desórden en que quedaron los vencedores, para hacer una horrible carniceria.

A las seis de la mañana del dia siguiente, despues de ocupada toda una noche en impedir que siguiera á mas semejante desconcierto, se logró al fin medio organizar una coluna de sesenta hombres, á cuya cabeza pusieron á Pino, con órden de que partiese inmediatamente para Ambato, i que, uniéndose con otras fuerzas patriotas de las ya arregladas en este asiento, rindiese la corta guarnicion que en él se hallaba, i estorbase la retirada de Fulminaria, para obligarle á que se rinda á Urdaneta. Flor i otros hombres acomodados proporcionaron los ausilios necesarios para el movimiento de la coluna, i Pino salió con ella á las doce del dia por el camino de Sanmiguel. En este pueblo le alcanzó la noticia de la rendicion de Fulminaria, verificada ya sin necesidad de la concurrencia de la coluna.

Fulminaria, en su contramarcha, habia entrado en Ambato en dia domingo que, como saben los ecuatorianos, es de féria mui concurrida. Fulminaria tenia acuarteladas ya sus tropas, cuando unos cuantos armados de escopetas i pistolas, i otros de palos i piedras, acometieron contra el cuartel de un modo tan simultáneo i arrojado, que el capitan español, creyendo que todos

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