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conmovida : « ¿Queréis matarme de gozo, ya que no he muerto de dolor? »

En efecto, aquellas horas fueron las más amargas que pasó durante su vida, y fácil es comprender cuál no sería su dolor al verse refugiado bajo un puente en las altas horas de la noche, apénas vestido, dentro del agua, ignorando lo que pasaba, puesto que sólo sabía, en aquellas mortales horas, que sus grandes servicios á la patria habían sido desconocidos, ¡ hasta el punto de buscarle para asesinarlo!

Bolívar regresó al palacio á las cuatro de la mañana, é hizo llamar en el acto al Presidente del Consejo Castillo Rada, para que lo convocara inmediatamente, á fin de que este cuerpo se encargara, por renuncia suya, de la autoridad que los pueblos le habían confiado, y se promulgara al mismo tiempo un indulto en favor de los conjurados, á quienes no quería conocer. Agregó que estaba decidido á partirse del país.

¡ Cuán noble fué Bolívar en aquel momento! ¡ César le habría envidiado! Desgraciadamente no perseveró en su generosa resolución, porque el general Urdaneta, Córdova y los jefes de las tropas, y otros personajes que en tales ocasiones recetan patíbulas para demostrar los quilates de su lealtad, se presentaron en cuerpo ante Bolívar apénas supieron cuál era su resolución, y lograron influir en su ánimo, hasta hacerle variar. ¡ Error funesto, del cual se arrepintieron los mismos que lo habían aconsejado!

Catorce individuos fueron pasados por las armas, entre ellos cinco sargentos de la brigada de artillería. Al general Padilla y al coronel Guerra se les exhibió en una horca después de fusilados, y Azüero, joven distinguidísimo, fué pasado por las armas.

La exhibición de los cadáveres de los dos jefes nombrados produjo malísima impresión, y fué un alarde de crueldad, indigno del noble carácter americano.

Santander, condenado á muerte, obtuvo por recomendación del Consejo de Estado que se le conmutara la pena por la de destierro. Igual suerte cupo á Florentino González, joven de 23 años, que tan brillantes servicios prestó después á su patria. El comandante Canijo salvó la vida á cambio de delaciones que le infamaron, y el distinguido joven Vargas Tejada, huyendo hacia Casanare, se ahogó al pasar un río.

Este fué el triste desenlace de la conjuración del 25 de Setiembre. Por grande que sea el horror que inspire tan injustificable crimen, la posteridad cubrirá con el manto de su compasiva indulgencia la memoria de algunos de los que en aquella infausta noche asumieron el carácter de asesinos. Más que ésto, fueron fanáticos y víctimas de sus propios errores, como lo reconocieron después. Ésta ha sido, á lo menos, la opinión de su propia patria, que honró más tarde á los que sobrevivieron con altos empleos, y á algunos de los muertos, con la erección de estatuas.

Por supuesto, no merecen tan piadosas indulgencias los advenedizos que tomaron parte en la comisión de aquel crimen, ni los que por realistas carecían de motivo para inquietarse por las opiniones de Bolívar.

Refiramos para completar la relación de este desgraciado asunto, un episodio que ocurrió aquella noche con el general Córdova, y que fué tal vez causa del levantamiento y muerte de tan heroico soldado. Córdova había dado grandes pruebas de fidelidad á Bolívar. En la Asamblea que le proclamó Dictador, Córdova fué uno de sus más fervorosos partidarios, y aun poco faltó para irse á vías de hecho contra el Dr. Juan Vargas, partidario de Santander. Al oir los cañonazos y las descargas de fusilería durante la noche, Córdova salió de su casa á caballo en dirección de la plaza, como lo hicieron los demás amigos de Bolívar, los generales París, Vélez, Herrera y otros. En el tránsito encontró á Carujo, que acababa de matar á Fergusson; y habiéndole dirigido una pregunta igual á la que le hizo éste, Carujo le hizo creer que venía replegándose, porque las tropas de Vargas se habían insurreccionado. Á tiempo que esto pasaba, llegó una compañía de Vargas, haciendo fuego sobre la fuerza de Carujo, al grito de « ¿ Quién vive?». Córdova, comprendiendo su engaño,

contestó, « ¡ Viva el Libertador! » Canijo desapareció, y los de Vargas acompañados por Córdova siguieron á la plaza. Pero el incidente sirvió de pretexto para que la calumnia se cebara en su nombre, precipitándole más tarde en la rebelión.

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