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estén siquiera á media centuria de distancia. ¡Quién sabe si mi humilde canto de Junín despierte en algún tiempo la fantasía de algún nieto mío!...» ()

Conocidas ya todas las piezas importantes del proceso histórico-literario-confidencial relativo al célebre poema de Olmedo, examiné— moslo directamente para ver hasta qué punto merecen crédito las censuras ó defensas que aquellas contienen.

(r) Torres CAICEDo: Ensayos biográficos, tomo I, págs. 126, 27 y 28.

OBSERVACIONES ACERCA DE «LA VICTORIA DE JUNÍN.»

cioso fuera detenerse á exponer el plan y el desarrollo de esta celebérrima composición poética. Trazado está minuciosamente por el autor en sus cartas á Bolívar, y apreciado y juzgado en las del caudillo venezolano reproducidas fielmente en el capítulo anterior. Alguerrero insigne que Olmedo quiso que fuese héroe principal del poema tocó el papel de primer crítico. del canto destinado á encomiar y realzar sus hazañas; y aunque no lo formula en sus observaciones de una manera explícita y terminante, déjase conocer desde luego que Bolívar supo entrever antes que ningún otro el defecto capital de la oda: su falta de unidad de acción. Habíase propuesto el poeta, desde que lle

garon á sus oídos noticias de la victoria conseguida en Junín por el ejército libertador en los primeros días de agosto de 1824, celebrar aquel hecho memorable y encarecer al valeroso capitán que le dió cima. El asunto era digno de la inspiración de tan alto ingenio y se prestaba grandemente á un cántico de vigorosa unidad, por lo mismo que era uno solo, claro y bien determinado el fin á que había de dirigirse. Mas antes de realizar tal propósito (el 9 de diciembre de aquel mismo año), la batalla de Ayacucho, efectuada bajo la inspira– ción de Bolívar, pero mandada por Sucre como General en jefe, dando el triunfo á las armas libertadoras consumó la ruina de nuestro ejército del Perú, y con ella la independencia de aquel antiguo virreinato y de otros paises de la América Austral descubiertos, civilizados y regidos por nuestros mayores. La importancia de esta segunda victoria no podía menos de ofuscar hasta cierto punto el brillo de la primera, y reclamaba del entusiasmo patriótico de los emancipadores mayor consideración y aplauso, porque fué la verdaderamente decisiva para la causa americana. Olmedo lo comprendió así; mas no quiso cejar en el propósito de que su canto celebrase principalmente á Bolívar, por ser éste el alma del movimiento emancipador, y por deberse á él, más que á ningún otro hijo de aquellas regiones, cuanto allí se hizo para conseguir la libertad de la América del Sur. Tratándose de cantar triunfos de la gente americana, hubiera sido injusto no conceder el primer lugar al hombre que más había trabajado por conseguirlos, y que gozaba el singular privilegio de ser mirado entonces como un ídolo por todos aquellos pueblos. En esto no cabe duda, á pesar del mérito indiscutible de Sucre y de algunos otros generales. Pero el camino que Olmedo tomó para rendir á Bolívar el tributo de admiración que exigían de los americanos amantes de su independencia el superior talento, la incansable actividad, el desinterés, la abnegación, cuantas prendas nada comunes le adornaban, pudiera haber sido más acertado. Si en vez de titular su oda La Victoria de 7unín, y de empeñarse en hacer asunto primordial del poema aquel concreto hecho de armas, el vate guayaquileño hubiese dirigido su canto á ensalzar los héroes de la libertad americana, las glorias del ejército libertador, ó cualquiera otro tema tan general y comprensivo como los citados, fácilmente habría podido conseguir su objeto y formar un plan menos defectuoso que el de la brillante composición que le ha dado tanto renombre. Y ¡cosa singular! Olmedo, que tan descon

tento de sí mismo se muestra una y otra vez respecto al modo de expresar su idea; que se confiesa, no sólo batido, sino abatido por la persuasión de no poder medir las fuerzas con tan gigantesco asunto, y que borraba, rompía, enmendaba, y siempre juzgaba malos cuantos versos de su canto iba componiendo, no vacila ni un solo instante en el favorable juicio que desde luego había formado de su propia concepción. «El plan es magnífico,» decía con candorosa ingenuidad, según ya hemos visto en una de sus cartas á Bolívar. «Si me llega el momento de la inspiración y puedo llenar el magnífico y atrevido plan que he concebido, » añadía en la misma carta cuando apenas tenía compuestos cincuenta versos. Y terminada la composición, de cuyo mérito llegó á desconfiar hasta el punto de figurarse, modesta pero equivocadamente, que no tenía derecho á es— perar por ella aplauso ni piedad, todavía seguía creyendo que el plan era grande y sublime, y se esforzaba porque sus explicaciones lo hiciesen comprender así al caudillo de la independencia, para que no le tachase de mentiroso viendo que faltaban en el poema la grandeza y sublimidad anunciadas y no realizadas por el autor. Tan arraigada estaba en su mente la idea de que lo mejor en La Victoria de 7unín era el pensamiento fundamental, que des

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