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las demás cláusulas del convenio de Girón; y poniendo por obra la amenaza se preparó de nuevo á la guerra, reforzando á Guayaquil y autorizando otros actos de hostilidad.

Bolívar aceptó con dolor la prosecución de la guerra, pero decidido á emplear antes los medios conciliatorios; y de esto trataba cuando un acontecimiento inesperado la hizo innecesaria. Aunque el Gobierno de Lima había aprobado la conducta de Lamar, la guerra era impopular en el Perú, y el orgullo nacional excitado con la derrota de Tarquí, no podía tolerar que aquel Colombiano continuara ejerciendo la Presidencia, una vez que el éxito no había coronado sus aventuras.

Ocurrió, pues, una revolución militar en el Perú al mando del general Gutiérrez de Lafuente; y el Presidente en campaña fué destituido y reemplazado poco después por

el

gran mariscalGamarra, nombrado provisionalmento por el Congreso, que Lafuente convocó durante el corto período de su dictadura.

El nuevo Gobierno peruano se apresuró á hacer la paz con Colombia, y el tratado definitivo quedó firmado en Setiembre de 1829. La ciudad de Guayaquil fué devuelta á Colombia, y las relaciones entre ambos países volvieron á ser cordiales. Lamár fué expulsado del Perú y embarcado para Costa-Rica, donde murió algún tiempo después, probablemente de tristeza.

Apenas se había restablecido Bolívar de la grave enfermedad que padeciera en esta campaña, y que casi le puso a las puertas del sepulcro, por la imprudencia de haberla emprendido en la estación de las lluvias, y en un país azotado por las fiebres, cuando tuvo el dolor de saber que

el general Córdova, con una fuerza insignificante, se había sublevado en Medellin, desconociendo su autoridad.

El levantamiento de Córdova, jefe éste que fué, sin duda, uno de los más fervorosos admiradores de Bolívar, no puede explicarse sino por las intrigas que contra él pusiera en juego, de largo tiempo atrás, el coronel Tomás Cipriano de Mosquera, á la sazón general. No entra, sin embargo, en nuestro plan mencionar aquí los pormenores de la enemistad de ambos jefes.

Bastará decir que era Córdova un joven pundonoroso, de temerario valor y con cierto talento natural

que

cultivaba con esmero. Aspiraba él, como todos los de su posición, al renombre histórico, y calumniado sin razón de infiel á Bolívar desde la aciaga noche del 25 de Setiembre, había sido víctima posteriormente de tantas acusaciones indignas, que al fin el ánimo de Bolívar se predispuso, aunque sin justo motivo, contra él, y Córdova se lanzó por despecho en el camino de la rebelión.

Sea de esto lo que fuere, el general O'Leary recibió la orden de batir al insurgente, y no lo efectuó sin haberle dirigido antes las más generosas proposiciones de arreglo. Apenas tenía Córdova 400 reclutas, en tanto que O'Leary traía consigo una columna de 800 veteranos. Córdova, empero, no aceptó ningún arreglo : « Es imposible vencer, » le dijo el enviado de O'Leary. «¡Pero no es imposible morir !... » replicó el insurrecto, y probó más tarde que tales palabras, pronunciadas por un hombre de tan gran corazón, no eran mero alarde de valor.

Dióse el combate, y por supuesto, en él quedó vencido Córdova. En vano desplegó su admirable valor aquel día; en vano peleó con temeridad inaudita al lado de sus compañeros. Las tropas de O'Leary le derrotaron, y Córdova, al verse casi solo, se refugió apenas con 20 hombres en una casa inmediata, en la cual continuo defendiéndose, aunque herido. Atacado allí de órden de O'Leary hasta rendirlo, por una fuerza al mando de Castelli

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de Ruperto Hand, que procedía de la escoria social de Irlanda, no quiso entregarse. La fuerza penetró, y Hand acabó de matarlo de dos sablazos.

Así concluyó sus días uno de los vencedores en Pichincha y Ayacucho.

Cuando O'Leary, noble oficial y perfecto caballero, tuvo noticia de la indigna acción de Hand, á quien despreciaba, porque con frecuencia estaba ébrio, lo separó de la división.

Bolívar recibió la noticia de este triste suceso en el tránsito de Guayaquil á Bogotá, y condolido de la infausta suerte de Córdova, indultó á todos sus parientes y amigos, complicados en el alzamiento.

Entre tanto había llegado á Bogotá, como ántes llegara á Carácas el Señor de Bresson, enviado del Gobierno francés, en compañía del duque de Montebello, que no llevaba misión alguna para examinar el estado de las cosas, y decidir si Francia podría entrar decorosamente en relaciones diplomáticas con el nuevo país. Hizo el enviado francés el día de su recepción un discurso, al final del cual manifestó que los votos de su Gobierno eran por la tranquilidad de Colombia, por el restablecimiento

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consolidación de instituciones libres y fuertes

que dieran á la Europa garantías de que el orden público se conservaría en los nuevos países de América.

Como el Congreso constituyente estaba en vísperas de reunirse, y la cuestión de la monarquía surgia de nuevo, por una imprudencia de Bolívar que referiremos después, varios diputados preguntaron confidencialmente al enviado francés, si Carlos X recibiría con gusto la exaltación de un príncipe de su

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